sábado, 11 de junio de 2011

FALLEN ANGEL, DE L'ÂME IMMORTELLE.

UNA NUEVA VIDA, 13ª Parte: Lo Conseguiremos.



A media mañana me encontraba en mi despacho, realizando las tareas administrativas de la Hacienda, una tarea muy aburrida, pero alguien tenía que hacerla. Mientras realizaba estas tareas alguien llamó a la puerta del despacho.
- Toc, toc, toc.- golpearon en la puerta.
- Adelante, pueden pasar.- autoricé a que entraran.
- ¡Hola, Señor!- me saludó Juan al abrir la puerta.- ¿Me permite robarle un poco de su tiempo?
- ¡Juan, entrad, no os quedéis en la puerta!- le dije.- Decidme, ¿en que os puedo ser útil?
- Es que, quería tratar un asunto con vos.- me indicó.- quería hablarlo con vos en privado, por eso, durante el desayuno no os he comentado nada, y aprovecho ahora que estáis solo, y Carlos y María están en clase.
- Sentáos, ¿de qué queréis hablarme?- le pregunté a Juan.- me tenéis intrigado.
- Quería pediros permiso para...- comenzó Juan a hablar, pero se detuvo un momento, se le notaba muy nervioso.
- No os calléis.- le dije a Juan.- ¿Para qué necesitáis de mi permiso?
- Quisiera que me diérais permiso, para poder cortejar a María.- me pidió Juan muy nervioso.- María y yo nos queremos.
Nunca había visto a Juan tan nervioso, y su petición me cogió por sorpresa, no entendía por que me hacía a mí esa petición, ¿por qué necesitaba Juan mi permiso para cortejar a María? Por mucho que lo pensaba, seguía sin comprenderlo.
- No lo entiendo, Juan.- le dije muy sorprendido.- ¿Por qué necesitáis mi autorización para cortejar a María? Eso es algo entre vosotros dos, si ambos os amáis, yo no me interpondré. La verdad es que me alegro mucho por vosotros dos.
- Lo normal, sería que se lo pidiese al Padre de María.- me dijo Juan.
- Pues sí, así que no lo entiendo.- le dije.- ¿yo qué pinto en esta historia?
- La cuestión es, que como la familia de María está tan lejos, y ella os ve a vos como a un hermano mayor...- comentó Juan.- Pienso que sería conveniente que vos, como representación de su familia, me diérais la autorización para poder cortejarla.
- La verdad, es que me siento muy feliz por vosotros dos.- le dije.- Así, que si es tan importante para vos, os doy mi consentimiento, tenéis mi permiso para cortejar a María.
- Gracias, Señor.- me agradeció Juan, se le veía muy contento por ello.- esto significa mucho para mí, os lo agradezco mucho.
- No tiene la menor importancia.- le dije a Juan.- Espero que tanto María como tú, seáis muy felices juntos.
- Seguro que lo seremos, seremos muy felices.- me comentó Juan.
- Tengo que admitir.- le dije.- Que ya sospechaba algo de esto, os he estado observando últimamente, mientras Carlos y yo practicábamos equitación y esgrima, y sospechaba que entre ambos, había algo más que una buena amistad.
- No se os escapa nada.- apuntó Juan con una gran sonrisa en su cara.- Siempre habéis sido muy observador.
- Bueno, es que tengo un espía por ahí, que me informa de estas cosas.- le dije a Juan bromeando, aunque Ella también me había comentado que entre ellos estaba surgiendo el amor, en cierta medida no le estaba mintiendo.
- Siempre vos tan bromista.- me dijo Juan.- Os agradezco mucho, que me permitáis hacerle la corte a María. Pero ahora, he de retirarme, tengo trabajo por hacer.
- Esta bien Juan, continuad con vuestras tareas.- le dije a Juan conforme se marchaba del despacho.- Y os deseo toda la felicidad del mundo.
- ¡Muchísimas gracias, Señor!- me agradeció Juan, antes de salir y cerrar la puerta del despacho tras él.
Durante unos minutos me quedé pensando en toda la conversación que había tenido con Juan. Juan y María juntos, me parecía estupendo y me alegraba mucho por los dos. Ambos se merecen ser felices y tengo el convencimiento de que lo serán, serán muy felices juntos.
- Os lo dije, no me he equivocado.- me dijo Ella por detrás, mientras colocaba sus manos sobre mis hombros.
- ¿A qué os referís?- le pregunté, a la vez que besaba su mano, apoyada sobre mi hombro izquierdo.
- No disimuléis.- se quejó Ella.- Me refiero a lo de Juan y María.
- ¡Ah, eso!- le contesté irónicamente.
- Las mujeres vemos esas cosas a una legua de distancia .- señaló.- La intuición femenina nunca se equivoca.
- Pues sí, tenéis mucha razón.- le dije con tono burlón.- Las mujeres para eso tenéis un sexto sentido.
- Somos mucho más intuitivas que los hombres.- presumía Ella.
- Y también mucho más cotillas y celestinas.- me burlé de Ella.
- No os burléis de mí.- se quejó Ella, y se desquitó, dándome un tirón de orejas.
- ¡Ay! Eso duele, Mi Vida.- le protesté.- ya sabéis que estoy de broma.
- Yo también estoy de broma.- replicó Ella.- de lo contrario os hubiese arrancado las orejas.
- Sí, os creo capaz de ello.- le dije, a la vez que me volví hacia Ella para poder darle un beso, al que Ella me respondió con mucha dulzura.
- ¿Sabéis? Me agrada mucho la idea de que Juan y María formen una familia.- observó Ella.
- A mi también me gusta mucho esa idea, los dos son muy buenos amigos mios y quiero lo mejor para ellos.- le dije.
- Si, eso ya lo sé, y se merecen ser felices juntos.- apuntó Ella.
- ¡Querida! ¿Quisiera consultaros algo, si no os importa?- le pregunté, con mucha seriedad y mirándola fijamente a sus bellos ojos.
- Os habéis puesto muy serio.- se percató.- ¿Decidme que es lo que queréis consultarme?
- Desde que estoy dándole clases de piano a Carlos, me he percatado de lo mucho que hechaba de menos el piano, es cierto que lo toco muy a menudo, pero a veces siento que necesito algo más.- le dije.
- ¿Acaso queréis volver a recorrer el mundo dando conciertos de piano?, ¿Y dejar todo lo que habéis conseguido?- preguntó Ella.
- No, eso no, nunca más me alejaré de mi hogar, de mi hijo, de mi nueva familia.- le dije algo alterado por lo que estaba pensando.
- Entonces, contadme, ¿qué es lo que estáis planeando?- me preguntó con mucha curiosidad.
- Estoy pensando en crear un colegio.- le respondí sin más rodeos.
- ¿Un colegio? Es genial, creo que es estupendo.- me dijo Ella.
- Quiero crear una escuela, y un conservatorio de música.- le dije entusiasmado.- El señor Garrido quiere vender su Hacienda, que está junto a la mía, y he decidido comprarla y transformar la mansión en un colegio.
- Creo que a la Villa le vendría bien un nuevo colegio.- dijo Ella.- y a vos también os vendría muy bien volver a la música.
- ¡Gracias! Sabía que podía contar con vuestro apoyo.- le agradecí.
- ¡Siempre! Yo siempre os apoyaré, pase lo que pase, os apoyaré siempre.- me dijo Ella dándome un beso en los labios.
Horas más tarde, durante la hora del almuerzo, como siempre estábamos a la mesa María, Juan, Carlos y yo.
- Quisiera hablaros de algo muy importante, a todos vosotros.- les comuniqué a todos los comensales.
- ¿No estaréis enfadado por mi relación con Juan?- preguntó María.
- No, nada de eso. Juan ya me ha hablado de ello.- le respondí.- y me alegro mucho por vosotros dos, espero que seáis muy felices.
- ¿Pero, que relación es esa?- preguntó Carlos con su curiosidad tan característica.
- María y yo, somos novios.- le contestó Juan.
- ¡Ah, eso!- dijo Carlos.- eso era algo que ya sospechaba.
- Parece que no soy el único que ya me había fijado en ello.- les dije.- hace tiempo que sospechaba lo vuestro. Y hoy Juan, me ha hablado de ello, y por supuesto, tenéis mi bendición.
- Muchas gracias.- agradeció Juan.
- Me alegro muchísimo, de que seáis novios.- comentó Carlos muy contento.
- Muchas gracias, Carlos.- le agradeció María.
- Pero, yo quería hablaros de otro asunto.- les dije.- y quisiera saber vuestra opinión, al respecto.
- ¿Y qué asunto es ese?- preguntó María.- ¿de qué se trata?
- Como sabéis el Señor Garrido, tiene su hacienda en venta.- les informé.
- Así es, Don Gabriel, quiere vender esta hacienda para irse a Sevilla, donde también tiene algunas tierras.- apuntó Juan.
- Pues, estoy pensando en comprarla.- les dije.
- ¿Queréis ampliar vuestra Hacienda?- me preguntó María.
- Además de ampliar la Hacienda, quiero crear un colegio.- les dije.- tengo la intención de transformar la mansión de Don Gabriel en un colegio para los niños del pueblo, pero también quiero crear una escuela de música.
- Es una idea estupenda.- apuntó Juan.
- A mí también me parece muy buena idea.- dijo María.
- Es algo genial, una idea genial.- comentó Carlos.
- Pues si todos estamos de acuerdo, trataré con Don Gabriel para adquirir su Hacienda.- les dije.- pero voy a necesitar de toda vuestra ayuda.
- ¡¿De nuestra ayuda?!- preguntaron los tres al unísono.
- Pues así es, hay una misión para cada uno de vosotros.- les dijo.
- ¿Que es lo que queréis que haga?- preguntó María, con su habitual curiosidad.
- Vos, os ocuparéis del colegio, he pensado que podéis ser la directora del colegio.- le dije a María.
- No sé, es algo muy importante, quizás sea demasiado para mí.- comentó María, algo nerviosa.- no sé si sería capaz de ocuparme de tal cometido.
- Yo confío en vos, se que estáis preparada para ello.- le dije a María para tranquilizarla. -Estoy completamente seguro de que seréis una directora estupenda.
- Después de ese voto de confianza, creo que no podré negarme.- dijo María muy animada.- esta bien, lo intentaremos.
- ¿Y qué es lo que tenéis pensado para mí?- preguntó Juan muy entusiasmado.
- Muy bien mi amigo, vos os ocuparéis de la Hacienda, volveréis a ser el administrador de la Hacienda, como lo fuisteis mientras yo estuve fuera por mucho tiempo.- le dije.
- ¿Por qué?, ¿Acaso os vais a marchar de nuevo?- me preguntó Juan algo preocupado.
- No, no pienso marcharme.- le respondí.- Solo es, que voy a estar muy ocupado y no podré ocuparme de la administración de la Hacienda. Tengo la intención de ocuparme del Conservatorio de música.
- Esta bien, yo me ocuparé de la administración de la Hacienda, como ya hice antes.- dijo Juan.- Me parece genial que volváis al mundo de la música.
- ¿Y yo, que es lo que voy a hacer?- preguntó Carlos muy entusiasmado.
- Tú seras el mejor alumno del colegio y del conservatorio.- le dije a Carlos.
- Vaya, ¿solo eso?- preguntó Carlos muy desanimado.
- No Carlos, era una broma.- le dije sonriéndole.- además de estudiar, necesitaré que de vez en cuando me ayudes en las clases.
- Eso ya me parece mejor.- dijo Carlos más animado.
- Yo también necesitaré que me ayudéis, en alguna ocasión.- le dijo María a Carlos.
- Puede que yo también necesite ayuda alguna vez.- comentó Juan.
- Ufff! No sé si podré con tanto trabajo, eso será demasiado para mí.- dijo Carlos echándose las manos a la cabeza.
Cosa que nos hizo mucha gracia a todos, y nos reímos los cuatro a la vez.
Al día siguiente, fui a visitar al Señor Garrido, para tratar sobre la compra de su Hacienda, Don Gabriel era un hombre muy anciano y muy simpático, y un gran amigo de la familia, mis padres y él se conocían desde que eran unos niños. Tratar con Don Gabriel no fue nada complicado, desde que se quedó viudo hace unos años, quería irse a Sevilla, donde tenía algunas tierras, y donde vivían sus hijos. Él añoraba a sus hijos y quería estar cerca de ellos, desde la muerte de su esposa era su único deseo.
La negociación, parecía más una charla de viejos amigos, que una reunión de negocios, no dejaba de contarme anécdotas de su juventud, y las batallitas que vivieron él y mi padre. A Don Gabriel le encantaba contar estas historias, y porque no decirlo, a mí también me encantaba escucharlas.
Después de varias horas, en las que incluso Don Gabriel me invitó a almorzar con él, lleguemos a un acuerdo. él estaba entusiasmado con la idea de que su casa se convirtiese en un colegio, y el precio de la propiedad no era muy elevado, podría considerarse casi como un regalo, era poco dinero por esta Hacienda, pero Don Gabriel no quiso aceptar más dinero, decía que la Villa necesitaba un colegio, y que de alguna manera era su regalo para la Villa, y yo acepté. El colegio sería gratuito para todos los niños de La Villa.
Y los beneficios obtenidos por el Conservatorio, servirían para cubrir los gastos del Colegio. Don Gabriel estuvo deacuerdo con este plan, era un hombre que se preocupaba mucho por los demás, y no veía con buenos ojos, que solo los hijos de gente adinerada, pudiesen ir al colegio, pues aquellos que no tenían recursos económicos, no tenían ninguna posibilidad de poder estudiar.
Don Gabriel y yo nos pusimos de acuerdo en todos los detalles, y después de todo lo sucedido volví a mi casa, cuando era casi la hora de la cena. Al entrar en casa, Juan, María y Carlos, salieron a mi encuentro, estaba claro que todos ellos esperaban saber que era lo que había ocurrido en la Casa de Don Gabriel.
- Antes de que empecéis a atosigarme con vuestras preguntas.- les dije.- vayamos a cenar, y allí os cuento todo lo que ha ocurrido.
Y así lo hicimos, nos dirigimos al salón-comedor para cenar, y durante unos cuantos minutos estuvimos comiendo en silencio, la tensión era tan espesa, que podía cortarse con un cuchillo, hasta que ya no pudieron soportar más la espera.
- ¡Padre, por favor, contadnos lo que ha pasado!- me pidió Carlos.
- ¡Si, hablad!, ¿que ha sucedido?- preguntó María.
- ¡Señor, la espera nos está matando!- comentó Juan.
- Esta bien, si tanto lo queréis saber, os lo contaré.- les dije.- Don Gabriel ha consentido en venderme su Hacienda.
- ¡¡Qué bien!!- gritaron los tres a la vez, a la vez que aplaudían.
- Pero ha puesto una condición.- les informé.
- ¿Una condición?- preguntaron de nuevo a vez, mis tres oyentes.
- Así es.- les contesté.- me vende la Hacienda a muy bajo precio, con la condición que que el colegio sea gratis para todos los niños de la Villa, que no puedan costearse los estudios. Él quiere ayudar a los niños del pueblo, y por supuesto que yo he aceptado de muy buen grado, ya que esa era mi idea.
- Don Gabriel siempre ha sido un hombre muy bondadoso y generoso.- comentó Juan.- con un enorme corazón.
- Cierto.- le repliqué.- Como Don Gabriel hay pocos hombres, en este mundo, toda una pena.
- Si todas las personas adineradas fuesen como el Señor Garrido y como vos, este mundo sería mucho mejor.- reflexionó María.
- En eso si que os doy toda la razón.- le dije a María.- Mañana Don Gabriel y yo, iremos a ver al Licenciado Gutiérrez, para que inicie todos los trámites necesarios, para la compra de la Hacienda, y arreglar la nueva escritura de ésta.
- Que bien, cuanto antes mejor.- dijo Carlos.
- La verdad, es que Don Gabriel tiene prisa por irse a Sevilla, para estar más cerca de sus hijos.- les informé.- y lo cierto, es que yo también tengo mucha prisa por emprender esta empresa, espero que todo salga bien.
- Todo saldrá como la seda.- afirmó Juan.
- Desde luego, no me cabe la menor duda.- dijo María.
- Pues claro que sí.- apuntó Carlos.
- Eso espero, amigos.- les dije.- eso espero, realmente lo deseo mucho.
Al día siguiente Don Gabriel y yo estuvimos con José Manuel, el Licenciado Gutiérrez, en la Notaría y en el Registro de la Propiedad, para arreglar todo el papeleo relacionado con la compra de la Hacienda. Gracias a José Manuel, todo fue muy rápido y sencillo.
Por supuesto también estuvimos en el Banco arreglando el asunto económico. Y en el Ayuntamiento, solicitando todos los permisos necesarios para la apertura del Colegio y del Conservatorio de música.
Unos días más tarde Don Gabriel dejó su Hacienda, Juan, Carlos, María y yo fuimos a despedirle. Estábamos en la entrada, a los pies de unas escaleras de mármol blanco que daban al porche de entrada de la casa y Don Gabriel me hizo entrega de las llaves de la Hacienda.
- Amigo mio, os entrego vuestra nueva propiedad, y aquí tenéis sus llaves.- me dijo Don Gabriel, al darme las llaves.
- Muchas gracias, Don Gabriel.- le agradecí.- Le daremos muy buen uso a su casa.
- Ya no es mi casa.- dijo.- ahora es vuestra, y sé que le daréis el mejor uso posible.
- Si me lo permitís, me gustaría ponerle vuestro nombre al Colegio.- le pedí a Don Gabriel.
- ¡Ummm! Mi nombre al Colegio.- exclamó.
- Se llamaría "Colegio Don Gabriel Garrido", de esta manera, nadie en La Villa se olvidaría de vos.
- Me parece muy bien, es más, sería todo un honor.- me dijo Don Gabriel.- podéis ponerle el nombre que más os plazca.
- Muchas gracias, Don Gabriel, pues ese nombre le pondremos al Colegio.- le dije.
- Lo único que me importa es que todos los niños de este estupendo pueblo, tengan la oportunidad de poder estudiar, y de esta manera poder labrarse un futuro mejor.- comentó Don Gabriel.
- No os preocupéis, nosotros nos ocuparemos de todo eso. Seguro que todos los niños aprovecharan esta oportunidad.- le dije.- y todos ellos le estarán muy agradecidos.
- Espero que estudien mucho, se que dejo todo esto en buenas manos.- dijo Don Gabriel.
- Espero no defraudaros, pondré todo mi empeño en esta empresa.- le prometí a Don Gabriel.
- De eso no me cabe la menor duda, amigo mio.- me dijo.- Ya se esta haciendo tarde, será mejor que emprenda viaje, es un viaje muy largo, y quisiera llegar a mi primera parada antes del anochecer. Por favor mantenedme informado de como van las cosas.
- Perded cuidado, os escribiré muy a menudo.- le dije.- Por favor, transmitidle mis saludos a vuestros hijos, que hace muchos años que no nos vemos.
- Lo haré, seguro que ellos también se sentirán contentos de tener noticias vuestras.- me comentó.
Acompañé a Don Gabriel hasta su carruaje, le abrí la puerta y le ayudé a subir.
- Espero que tengáis un agradable viaje.- le deseé.- y gracias por todo Don Gabriel.
- No tenéis que agradecerme nada, voy a hechar de menos esta casa.- dijo mirando la casa a través de la ventanilla del carruaje, con cara apenada.
- La sabremos cuidar.- le dije para animarlo un poco.
- Lo sé, amigo mio, lo sé.- me replicó.
Don Gabriel ordenó a su conductor emprender viaje, y el carruaje se puso en marcha. Su carruaje iba seguido por un par de carros que transportaba su equipaje y algunos de sus enseres.
- ¡Adios! Don Gabriel.- le grité, conforme se alejaba el carruaje.
- ¡Buen viaje, Señor Garrido!- le dijo Juan.
- ¡Id con Dios, Señor!- le dijo María.
- ¡Que os vaya bien, Don Gabriel!- le deseó Carlos, mientras agitaba su brazo despidiéndose.
-¡Adiós amigos, adiós!- Gritaba Don Gabriel, asomándose por la ventanilla y moviendo su brazo.
En cuestión de unos pocos minutos el carruaje de Don Gabriel y los dos carros desaparecieron de nuestra vista, rumbo a Sevilla.
- ¿Que tal, si hechamos un vistazo a la casa?- preguntó María, con su sonrisa picarona dibujada en su rostro.
- Si, veamos la casa.- pidió Carlos.
- Yo ya la he visto antes.- comentó Juan, restándole importancia.
- Lo cierto es que yo también la he visto muchas veces.- les dije.
- ¡Por favor, por favor!- suplicaron María y Carlos a la vez, juntando sus manos.
- ¡Esta bien! Si lo deseáis tanto, entonces veremos la casa.- les dije, mientras Juan y yo nos reíamos.
Era una casa inmensa, con muchas habitaciones muy espaciosas, perfectas para emplazar las aulas. Estuvimos durante mucho rato viendo todas las habitaciones de la casa, en la mayoría de ellas Don Gabriel había dejado los muebles y muchos enseres.
- Es una casa muy grande.- comentó María.
- Si que lo es.- dijo Carlos muy sorprendido.
- Realmente es muy grande.- dije.- Pensé en dejar el ala Este de la casa para el colegio, y el ala Oeste para el Conservatorio de música. Y las habitaciones de la planta superior se destinarían a dormitorios para los alumnos que vengan de lejos. En las salas más grandes pondríamos los comedores, por fortuna esta casa dispone de unas cocinas muy bien equipadas.
- Realmente, lo tenéis todo pensado.- dijo Juan.
- Jajajajaja..., así es.- dije mientras todos reíamos.
- Quedará todo estupendo.- comentó María.
- Seguro que sí.- dijo Carlos.
- Para facilitar las cosas también he pensado en contratar a la misma servidumbre que tenía Don Gabriel, cocineros, criados, camareras, mozos de establo, jardineros,...- les dije.
- Eso nos ahorrará mucho trabajo.- dijo Juan.- pero habrá que contratar a algunos profesores.
- Desde luego, profesores para las asignaturas del Colegio, matemáticas, historia, literatura, ciencias,..., y profesores de música para el Conservatorio, profesores de instrumentos de cuerda, de viento, de percusión, etc...- les dije.- nos queda una ardua tarea por hacer todavía.
- Y no nos podemos olvidar de los pupitres, y los encerados, y de todo el material necesario para los alumnos.- resaltó María.
- Por supuesto que no me he olvidado de todo ello.- le dije a María.- tenemos mucho trabajo que hacer, todos tenemos que arrimar el hombro, para lograr nuestros propósitos.
- Contad conmigo.- dijo Juan.
- Conmigo también.- señaló Carlos.
- Y por supuesto, también conmigo.- dijo María.
- Sabía que podía contar con todos vosotros.- les agradecí.- Todos juntos lo lograremos. ¡Lo conseguiremos!

jueves, 9 de junio de 2011

SAY (ALL I NEED), DE ONE REPUBLIC.

EL ÁNGEL DE LO EXTRAÑO, UNA EXTRAVAGANCIA; DE EDGAR ALLAN POE.

Era una fría tarde de noviembre. Acababa de dar fin a un almuerzo más copioso que de costumbre, en el cual la indigesta trufa constituía una parte apreciable, y me encontraba solo en el comedor, con los pies apoyados en el guardafuegos, junto a una mesita que había arrimado al hogar y en la cual había diversas botellas de vino yliqu eur. Por la mañana había estado leyendo el Leónidas, de Glover; la Epigoniada, de Wilkie; el Peregrinaje, de Lamartine; la Columbiada, de Barlow; la Sicilia, de Tuckermann, y las Curiosidades, de Griswold; confesaré, por tanto, que me sentía un tanto estúpido. Me esforzaba por despabilarme con ayuda de frecuentes tragos de Laffitte, pero como no me daba resultado, empecé a hojear desesperadamente u n periódico cualquiera. Después de recorrer cuidadosamente la columna de casas de alquiler, la de perros perdidosy las dos de esposas y aprendices desaparecidos, ataqué resuelto el editorial, leyéndolo del principio al fin sin entender una sola sílaba; pensando entonces que quizá estuviera escrito en chino, volví a leerlo del fin al principio, pero los resultados no fueron más satisfactorios. Me disponía a arrojar disgustado este infolio de cuatro páginas, feliz obra que ni siquiera los poetas critican, cuando mi atención se despertó a la vista del siguiente párrafo:

Los caminos de la muerte son numerosos y extraños. Un periódico londinense se ocupa del singular fallecimiento de un individuo. Jugaba éste a soplar el dardo, juego que consiste en clavar en un blanco una larga aguja que sobresale de una pelota de lana, todo lo cual se arroja soplándolo con una cerbatana. La víctima colocó la aguja en el extremo del tubo que no correspondía y, al aspirar con violencia para juntar aire, la aguja se le metió por la garganta, llegando a los pulmones y ocasionándole la muerte en pocos días.

Al leer esto, me puse furioso sin saber exactamente por qué.
-Este artículo –exclamé- es una despreciable mentira, un triste engaño, la hez de las invenciones de un escritorzuelo de a un penique la línea, de un pobre cronista de aventuras en el país de Cucaña. Individuos tales, sabedores de la extravagante credulidad de nuestra época, aplican su ingenio a fabricar imposibilidades probables… accidentes extraños, como ellos lo denominan. Pero una inteligencia reflexiva (como la mía, pensé entre paréntesis apoyándome el índice en la nariz), un entendimiento contemplativo como el que poseo, advierte de inmediato que el maravilloso incremento que han tenido recientemente dichos accidentes extrañoses en sí el más extraño de los accidentes. Por mi parte, estoy dispuesto a no creer de ahora en adelante nada que tenga alguna apariencia singular.
-¡Tíos mío, que estúpido es usted, ferdaderamente! –pronunció una de las más notables voces que jamás haya escuchado.
En el primer momento creí que me zumbaban los oídos (como suele suceder cuando se está muy borracho), pero pensándolo mejor me pareció que aquel sonido se asemejaba al que sale de un barril vacío si se lo golpea con un garrote; y hubiera terminado por creerlo de no haber sido porque el sonido contenía sílabas y palabras. Por lo general, no soy muy nervioso, y los pocos vasos de Laffitte que había sido saboreado sirvieron para darme aún más coraje, por lo cual alcé los ojos con toda calma y los paseé por la habitación en busca del intruso. No vi a nadie.

-¡Humf! –continuó la voz, mientras seguía yo mirando-. ¡Debe estar más borracho que un cerdo, si no me fe sentado a su lado!

Esto me indujo a mirar inmediatamente delante de mis narices y, en efecto, sentado en la parte opuesta de la mesa vi a un estrambótico personaje del que, sin embargo, trataré de dar alguna descripción. Tenía por cuerpo un barril de vino, o una pipa de ron, o algo por el estilo que le daba un perfecto aire a lo Falstaff. A modo de extremidades inferiores tenía dos cuñetes que parecían servirle de piernas. De la parte superior del cuerpo le salían, a guisa de brazos, dos largas botellas cuyos cuellos formaban las manos. La cabeza de aquel monstruo estaba formada por una especie de cantimplora como las que usan en Hesse y que parecen grandes tabaqueras con un agujero en mitad de la tapa. Esta cantimplora (que tenía un embudo en lo alto, a modo de gorro echado sobre los ojos) se hallaba colocada sobre aquel tonel, de modo que el agujero miraba hacia mí; y por dicho agujero, que parecía fruncirse en un mohín propio de una solterona ceremoniosa, el monstruo emitía ciertos sonidos retumbantes y ciertos gruñidos que, por lo visto, respondían a su idea de un lenguaje inteligible.

-Digo –repitió- que debe estar más borracho que un cerdo para no ferme sentado a su lado. Y digo también que debe ser más estúpido que un ganso para no creer lo que esdá impreso en el diario. Es la ferdad… toda la ferdad… cada palabra.
-¿Quién es usted, si puede saberse? –pregunté con mucha dignidad, aunque un tanto perplejo-. ¿Cómo ha entrado en mi casa? ¿Yqué significan sus palabras?
-Cómo he endrado aquí no es asunto suyo –replicó la figura-; en cuanto a mis palabras, yo hablo de lo que me da la gana; y he fenido aquí brecisamente para que sepa quién soy.
-Usted no es más que un vagabundo borracho –dije-. Voy a llamar para que mi lacayo lo eche a puntapiés a la calle.
-¡Ja, ja! –rió el individuo-. ¡Ju, ju, ju! ¡Imbosible que haga eso!
-¿Imposible? –pregunté-. ¿Qué quiere decir?
-Toque la gambanilla –me desafió, esbozando una risita socarrona con su extraña y condenada boca.

Al oír esto me esforcé por enderezarme, a fin de llevar a ejecución mi amenaza; pero entonces el miserable se inclinó con toda deliberación sobre la mesa y me dio en mitad del cráneo con el cuello de una de las largas botellas, haciéndome caer otra vez en el sillón del cual acababa de incorporarme. Me quedé profundamente estupefacto y por un instante no supe que hacer. Entretanto, él seguía con su cháchara.
-¿Ha visto? Es mejor que se guede guieto. Y ahora sabrá guien soy. ¡Míreme! ¡Vea! Yo soy el Ángel de lo Extraño.
-¡Vaya si es singular! –me aventuré a replicar-. Pero siempre he vivido bajo la impresión de que un ángel tenía alas.
-¡Alas! –gritó, furibundo-. ¿Y bara qué quiero las alas? ¡Me doma usted por un bollo?
-¡Oh, no, ciertamente! –me apresuré a decir muy alarmado-. ¡No, no tiene usted nada de pollo!-Pueno, entonces quédese sentado y bórtese pien, o le begaré de nuevo con el buño. El bollo tiene alas, y el púho tiene alas, y el duende tiene alas, y el gran tiablo tiene alas. El ángel no tiene alas, y yo soy el Ángel de lo Extraño.
-¿Y qué se trae usted conmigo? ¿Se puede saber…?
-¡Qué me draigo! –profirió aquella cosa-. ¡Bues… que berfecto maleducado tebe ser usted para breguntar a un ángel qué se drae!

Aquel lenguaje era más de lo que podía soportar, incluso de un ángel; por lo cual, reuniendo mi coraje, me apoderé de un salero que había a mi alcance y lo arrojé a la cabeza del intruso. O bien lo evitó o mi puntería era deficiente, pues todo lo que conseguí fue la demolición del cristal que protegía la esfera del reloj sobre la chimenea. En cuanto al ángel, me dio a conocer su opinión sobre mi ataque en forma de dos o tres nuevos golpes en la cabeza. Como es natural, esto me redujo inmediatamente a la obediencia, y me avergüenza confesar que, sea por el dolor o la vergüenza que sentía, me saltaron las lágrimas de los ojos.
-¡Tíos mío! –exclamó el ángel, aparentemente muy sosegado por mi desesperación-. ¡Tíos mío, este hombre está muy borracho o muy triste! Usted no tebe beber tanto… usted tebe echar agua al fino. ¡Vamos beba esto… así, berfecto! ¡Y no llore más, famos!

Y, con estas palabras, el Ángel de lo Extraño llenó mi vaso (que contenía un tercio de oporto) con su fluido incoloro que dejó salir de una de las botellas-manos. Noté que las botellas tenían etiquetas y que en las mismas se leía: Kirschenwasser.

La amabilidad del ángel me ablandó grandemente y, ayudado por el agua con la cual diluyó varias veces mi oporto, recobré bastante serenidad como para escuchar su extraordinarísimo discurso. No pretendo repetir aquí todo lo que me dijo, pero deduje de sus palabras que era el genio que presidía sobre los contratiempos de la humanidad, y que su misión consistía en provocar los accidentes extraños que asombraban continuamente a los escépticos. Una o dos veces, al aventurarme a expresar mi completa incredulidad sobre sus pretensiones, se puso muy furioso, hasta que, por fin, estimé prudente callarme la boca y dejarlo que hablara a gusto. Así lo hizo, pues, extensamente, mientras yo descansaba con los ojos cerrados en mi sofá y me divertía mordisqueando pasas de uva y tirando los cabos en todas direcciones. Poco a poco el ángel pareció entender que mi conducta era desdeñosa para con él. Levantóse, poseído de terrible furia, se caló el embudo hasta los ojos, prorrumpió en un largo juramento, seguido de una amenaza que no pude comprender exactamente y, por fin, me hizo una gran reverencia y se marchó, deseándome en el lenguaje del arzobispo en Gil Blas, beaucoup de bonheur et un peu plus de bon sens.
Su partida fue un gran alivio para mí. Lospoquís imosvasos de Laffitte que había bebido me producían una cierta modorra, por lo cual decidí dormir quince o veinte minutos, como acostumbraba siempre después de comer. A la seis tenía una cita importante, a la cual no debía faltar bajo ningún pretexto. La póliza de seguro de mi casa había expirado el día anterior, pero como surgieran algunas discusiones, quedó decidido que los directores de la compañía me recibirían a las seis para fijar los términos de la renovación. Mirando el reloj de la chimenea (pues me sentía demasiado adormecido para mi reloj del bolsillo) comprobé con placer que aún contaba con veinticinco minutos. Eran las cinco y media; fácilmente llegaría a la compañía de seguros en cinco minutos; y como mis siestas habituales no pasaban jamás de veinticinco, me sentí perfectamente tranquilo y me acomodé para descansar.
Al despertar, muy satisfecho, miré nuevamente el reloj y estuve a punto de empezar a creer en accidentes extraños cuando descubrí que en vez de mi sueño ordinario de quince o veinte minutos sólo había dormido tres, ya que eran las seis menos veintisiete. Volví a dormirme, y al despertar comprobé con estupefacción quetodaví aeran las seis menos veintisiete. Corrí a examinar el reloj, descubriendo que estaba parado. Mi reloj de bolsillo no tardó en informarme que eran las siete y media y, por consiguiente, demasiado tarde para la cita.
-No será nada –me dije-. Mañana por la mañana me presentaré en la oficina y me excusaré. Pero, entretanto, ¿qué le ha ocurrido al reloj?
Al examinarlo descubrí que uno de los cabos del racimo de pasas que había estado desparramando a capirotazos durante el discurso del Ángel de lo Singular había aprovechado la rotura del cristal para alojarse –de manera bastante singular- en el orificio de la llave, de modo que su extremo, al sobresalir de la esfera, había detenido el movimiento del minutero.
-¡Ah, ya veo! –exclamé-. La cosa es clarísima. Un accidente muy natural, como los que ocurren a veces.
Dejé de preocuparme del asunto y a la hora habitual me fui a la cama. Luego de colocar una bujía en una mesilla de lectura a la cabecera, y de intentar la lectura de algunas páginas de la Omnipresencia de la Deidad, me quedé infortunadamente dormido en menos de veinte segundos, dejando la vela encendida.
Mis sueños se vieron aterradoramente perturbados por visiones del Ángel de lo Singular. Me pareció que se agazapaba a los pies del lecho, apartando las cortinas, y que con las huecas y detestables resonancias de una pipa de ron me amenazaba con su más terrible venganza por el desdén con que lo había tratado. Concluyó una larga arenga quitándose su gorro-embudo, insertándomelo en el gaznate e inundándome con un océano de Kirschenwasser, que manaba a torrentes de una de las largas botellas que le servían de brazos. Mi agonía se hizo, por fin, insoportable y desperté a tiempo para percibir que una rata se había apoderado de la bujía encendida en la mesilla, peronoa tiempo de impedirle que se metiera con ella en su cueva. Muy pronto asaltó mis narices un olor tan fuerte como sofocante; me di cuenta de que la casa se había incendiado, y pocos minutos más tarde las llamas surgieron violentamente, tanto, que en un período increíblemente corto el entero edificio fue presa del fuego.
Toda salida de mis habitaciones había quedado cortada, salvo una ventana. La multitud reunida abajo no tardó en procurarme una larga escala. Descendía por ella rápidamente sano y salvo cuando a un enorme cerdo (en cuya redonda barriga, así como en todo su aire y fisonomía había algo que me recordaba al Ángel de lo Extraño) se le ocurrió interrumpir el tranquilo sueño de que gozaba en un charco de barro y descubrir que le agradaría rascarse el lomo, no encontrando mejor lugar para hacerlo que el ofrecido por el pie de la escala. Un segundo después caí yo desde lo alto, con la mala fortuna de quebrarme un brazo.
Aquel accidente, junto con la pérdida de mi seguro y la más grave del cabello (totalmente consumido por el fuego), predispuso mi espíritu a las cosas serias, por lo cual me decidí finalmente a casarme.
Había una viuda rica, desconsolada por la pérdida de su séptimo marido, y ofrecí el bálsamo de mis promesas a las heridas de su espíritu. Llena de vacilaciones, cedió a mis ruegos. Arrodilléme a sus pies, envuelto en gratitud y adoración. Sonrojóse, mientras sus larguísimas trenzas se mezclaban por un momento con los cabellos que el arte de Grandjean me había proporcionado temporariamente. No sé cómo se enredaron nuestros cabellos, pero así ocurrió. Levantéme con una reluciente calva y sin peluca, mientras ella, ahogándose con cabellos ajenos, cedía a la cólera y al desdén. Así terminaron mis esperanzas sobre aquella viuda por culpa de un accidente por cierto imprevisible, pero que la serie natural de los sucesos había provocado.
Sin desesperar, empero, emprendí el asedio de un corazón menos implacable. Los hados me fueron propicios durante un breve período, pero un incidente trivial volvió a interponerse. Al encontrarme con mi novia en una avenida frecuentada por toda laélite de la ciudad, me preparaba a saludarla con una de mis más respetuosas reverencias, cuando alguna partícula de alguna materia se me alojó en el ojo, dejándome completamente ciego por un momento. Antes de que pudiera recobrar la vista, la dama de mi amor había desaparecido, irreparablemente ofendida por lo que consideraba descortesía al dejarla pasar a mi lado sin saludarla. Mientras permanecía desconcertado por lo repentino de este accidente (que podía haberle ocurrido, por lo demás, a cualquier mortal), se me acercó el Ángel de lo Extraño, ofreciéndome su ayuda con una gentileza que no tenía razones para esperar. Examinó mi congestionado ojo con gran delicadeza y habilidad, informándome que me había caído en él una gota, y –sea lo que fuere aquella gota- me la extrajo y me procuró alivio.

Pensé entonces que ya era tiempo de morir, puesto que la mala fortuna había decidido perseguirme, y, en consecuencia, me encaminé al río más cercano. Una vez allí me despojé de mis ropas (dado que bien podemos morir como hemos venido al mundo) y me tiré de cabeza a la corriente, teniendo por único testigo de mi destino a un cuervo solitario, el cual, dejándose llevar por la tentación de comer maíz mojado en aguardiente, se había separado de sus compañeros. Tan pronto me hube tirado al agua, el pájaro resolvió echar a volar llevándose la parte más indispensable de mi vestimenta. Aplacé, por tanto, mis designios suicidas, y luego de introducir las piernas en las mangas de mi chaqueta, me lancé en persecución del villano con toda la celeridad que el caso reclamaba y que las circunstancias permitían. Mas mi cruel destino me acompañaba, como siempre. Mientras corría a toda velocidad, la nariz en alto y sólo preocupado por seguir en su vuelo al ladrón de mi propiedad, percibí de pronto que mis pies ya no tocaban terra firma: acababa de caer a un precipicio, y me hubiera hecho mil pedazos en el fondo, de no tener la buena fortuna de atrapar la cuerda de un globo que pasaba por ahí.

Tan pronto recobré suficientemente los sentidos como para darme cuenta de la terrible situación en que me hallaba (o, mejor, de la cual colgaba), ejercité todas las fuerzas de mis pulmones para llevar dicha terrible situación a conocimiento del aeronauta. Pero en vano grité largo tiempo. O aquel estúpido no me oía, o aquel miserable no quería oír, Entretanto el globo ganaba altura rápidamente, mientras mis fuerzas decrecían con no menor rapidez. Me disponía a resignarme a mi destino y caer silenciosamente al mar, cuando cobré ánimos al oír una profunda voz en lo alto, que parecía estar canturreando un aire de ópera. Mirando hacia arriba, reconocí al Ángel de lo Singular. Con los brazos cruzados, se inclinaba sobre el borde de la barquilla; tenía una pipa en la boca y, mientras exhalaba tranquilamente el humo, parecía muy satisfecho de sí mismo y del universo. En cuanto a mí, estaba demasiado exhausto para hablar, por lo cual me limité a mirarlo con aire implorante.
Durante largo tiempo no dijo nada, aunque me contemplaba cara a cara. Por fin, pasándose la pipa al otro lado de la boca, condescendió a hablar.
-¿Quién es usted y qué diablos hace aquí? –preguntó-. A esta desfachatez, crueldad y afectación sólo pude responder con una sola palabra: ¡Socorro!
-¡Socorro! –repitió el malvado-. ¡Nada te eso! Ahí fa la potella… ¡Arréglese usted solo, y que el tiablo se lo lleve!
Con estas palabras, dejó caer una pesada botella de Kirschenwasser que, dándome exactamente en mitad del cráneo, me produjo la impresión de que mis sesos acababan de volar. Dominado por esta idea me disponía a soltar la cuerda y rendir mi alma con resignación, cuando fui detenido por un grito del ángel, quien me mandaba que no me soltara.
-¡Déngase con fuerza! –gritó-. ¡Y no se abresure! ¿Quiere que le dire la otra potella… o brefiere bortarse bien y ser más sensato?

Al oír esto me apresuré a mover dos veces la cabeza, la primera negativamente, para indicar que por el momento no deseaba recibir la otra botella, y la segunda afirmativamente, a fin de que el ángel supiera que me portaría bien y que sería más sensato. Gracias a ello logré que se dulcificara un tanto.
-Entonces… ¿cree por fin? –inquirió-. ¿Cree por fin en la bosibilidad de lo extraño?
Asentí nuevamente con la cabeza.
-¿Y cree en mí, el Ángel de lo Extraño?
Asentí otra vez.
-¿Y reconoce que usted es un borracho berdido y un estúbido?

Una vez más dije que sí.
-Bues, pien, bonga la mano terecha en el polsillo izquierdo te los bantalones, en señal de su entera sumisión al Ángel de lo Extraño.

Por razones obvias me era absolutamente imposible cumplir su pedido. En primer lugar, tenía el brazo izquierdo fracturado por la caída de la escala y, si soltaba la mano derecha de la soga, no podría sostenerme un solo instante con la otra. En segundo término, no disponía de pantalones hasta encontrara al cuervo. Me vi, pues, precisado, con gran sentimiento, a sacudir negativamente la cabeza, queriendo indicar con ello al ángel que en aquel instante me era imposible acceder a su muy razonable demanda. Pero, apenas había terminado de moverla, cuando…

-¡Fáyase al tiablo, entonces! –rugió el Ángel de lo Extraño.

Y al pronunciar dichas palabras dio una cuchillada a la soga que me sostenía, y como esto ocurría precisamente sobre mi casa (la cual, en el curso de mis peregrinaciones, había sido hábilmente reconstruida), terminé cayendo de cabeza en la ancha chimenea y aterricé en el hogar del comedor.

Al recobrar los sentidos –pues la caída me había aturdido terriblemente- descubrí que eran las cuatro de la mañana. Estaba tendido allí donde había caído del globo. Tenía la cabeza metida en las cenizas del extinguido fuego, mientras mis pies reposaban en las ruinas de una mesita volcada, entre los restos de una variada comida, junto con los cuales había un periódico, algunos vasos y botellas rotos y un jarro vacío de Kirschenwasser de Schiedam. Tal fue la venganza del Ángel de lo Extraño.

viernes, 3 de junio de 2011

ALONSO EL BRAVO Y LA BELLA IMOGINA, DE MATTHEW LEWIS.

Un aguerrido soldado y una radiante doncella
Conversaban sentados en la hierba.
Con tierno gozo se miraban;
Alonso el Bravo se llamaba el caballero;
La doncella, la hermosa Imogina.

«¡Ay! –dice el joven–, mañana partiré
A luchar en lejanas tierras;
Pronto acabarán vuestros llantos por mi ausencia,
Otro os cortejará, y vos concederéis
A más rico pretendiente vuestra mano.»

«¡Oh, dejad esos recelos –dijo la hermosa Imogina–,
Que ofenden al amor y a mí!
Pues ya estéis vivo o muerto,
Os juro por la Virgen que nadie en vuestro lugar
Será esposo de Imogina.
«¡Si alguna vez, movida por el placer o la riqueza,
Olvidase a mi Alonso el Bravo,
Quiera Dios que para castigar mi orgullo,
Vuestro espectro en mis nupcias se presente
Y me acuse de perjurio, me reclame como esposa,
Y me arrastre con él a su tumba!»

A Palestina marchó el héroe esforzado;
Su amor lloró la doncella amargamente;
Pero apenas transcurridos doce meses,
Se vio a un barón cubierto de oro y joyas
Llegar a la puerta de la hermosa Imogina.

Su tesoro, sus regalos, su dilatado dominio
No tardaron en hacerla quebrar sus votos;
Le deslumbró los ojos, le ofuscó el cerebro;
Y conquistó su ligero y vano afecto,
Y la llevó a su casa como esposa.

Bendecido el matrimonio por la iglesia,
Ahora empezaba el festín.
Las mesas gemían con el peso de los manjares,
Aún no había cesado la diversión y la risa,
Cuando la campana del castillo dio la una.

Entonces vio la hermosa Imogina con asombro
A un extraño junto a ella;
Su gesto era terrible; no hizo ruido,
Ni habló, ni se movió, ni se volvió en torno suyo,
Sino que miró gravemente a la esposa.

Tenía la visera bajada, y era gigantesco;
Y su armadura parecía negra;
Toda risa y placer se acalló con su presencia,
Los perros retrocedieron al verle;
¡Las luces se volvieron azules!
Su presencia pareció paralizar todos los pechos.

Los invitados enmudecieron de terror.
Por último habló la esposa, temblando:
«¡Señor caballero, quitaos ya vuestro yelmo,
Y dignaos compartir nuestra alegría!».
La dama guarda silencio; el extraño obedece,
Y levanta lentamente su visera.

¡Oh, Dios! ¡Qué visión presenció la hermosa Imogina!
¡Cómo expresar su estupor y desmayo,
Al descubrir el cráneo de un esqueleto!
Todos los presentes gritaron aterrados.
Todos huyeron despavoridos. Los gusanos entraban y salían,
Y se agitaban en las cuencas y las sienes,
Mientras esto decía el espectro a Imogina:

«¡Mírame, perjura! ¡Mírame! –exclamó–,
¡Recuerda a Alonso el Bravo!
Dios permite castigar tu falsedad,
Mi espectro viene a ti en tu boda,
Te acusa de perjurio, te reclama como esposa,
¡Y va a llevarte a la sepultura!».

Dicho esto, rodeó a la dama con sus brazos,
Que profirió un grito al desmayarse,
Y se hundió con su presa en el suelo abierto.
Nunca volvieron a ver a la hermosa Imogina,
Ni al espectro que por ella vino.
No vivió mucho el barón, que desde entonces
No quiso habitar más el castillo.

Pues cuentan las crónicas que, por orden sublime,
Imogina sufre el dolor de su crimen
Y lamenta su destino deplorable.
A medianoche, cuatro veces al año, su espectro,
Cuando duermen los mortales,
Ataviada con su blanco vestido de esposa
Aparece en el castillo con el caballero–esqueleto
Y grita mientras él la acosa.

Mientras, bebiendo en los cráneos sacados de las tumbas,
Se ven danzar espectros en torno a ellos.
Sangre es su bebida, y este horrible canto entonan:
«¡A la salud de Alonso el Bravo,
Y su esposa la falsa Imogina!».