sábado, 5 de noviembre de 2011

UNA NUEVA VIDA. 18ª Parte: Cargad, Apuntad, Disparad.



Durante un mes aproximádamente recorrí mi país con mi hijo, disfrutando de los bellos paisajes de España, de las distintas ciudades que fuimos visitando y de sus gentes. A Carlos le gustaba mucho las grandes construcciones, como las catedrales y los palacios de las grandes ciudades que nos acogieron durante nuestra vuelta al hogar, a mí también me gustaba estas construcciones, desde siempre me ha apasionado la arquitectura y estas construcciones eran verdaderas obras de arte, no importaban de que época fuesen, de la época de la ocupación Romana o Musulmana, de la Edad Media, del Renacimiento, o algo más modernos, todas esas obras me encantaban. La arquitectura era algo que nos gustaba a los dos, tanto a mi hijo como mí. Ambos disfrutábamos mucho de este viaje de vacaciones juntos.
Mientras estábamos visitando Zaragoza, paseando entre callejuelas disfrutando de las casas más viejas de la ciudad, mucha gente nos habían aconsejado no ir por esa zona sin escolta, pues como era una de las zonas más pobres de la ciudad había mucha delincuencia, y muchas de esas casas estaban en ruinas con peligro de derrumbarse, desde la Guerra de la Independencia, contra las tropas Napoleónicas. No hice mucho caso a estas advertencias y al final quise pasear por esos lugares y Carlos me acompañó, Carlos decía, que si yo no temía pasear por esa zona, él tampoco debería temer nada, Carlos era muy orgulloso y valiente.
Mientras dábamos ese paseo nos saltó al paso un hombre vestido con ropas viejas y muy dañadas, este hombre estaba armado con un cuchillo viejo y oxidado, Carlos se sobresaltó un poco, pero permaneció firme.
- ¡Por favor, Señores! Dadme vuestro dinero y demás objetos de valor.- nos pidió este hombre bastante nervioso, mientras no dejaba de temblar.
- Padre, tiene un cuchillo.- me señaló Carlos.- ¿Nos está asaltando?
- Eso parece, Hijo Mio.- le conteste a Carlos.
- El dinero y las joyas.- gritó nuestro asaltante cada vez más nervioso, y blandiendo su cuchillo de un lado para otro, lo que hacía la situación un poco peligrosa.
Al ver este comportamiento de nuestro atracador, decidí actuar, no podía permitir que en su nerviosismo este hombre me hiriera a mí o a mi hijo, no parecía que quisiera hacernos daño, pero sus nervios era lo que me preocupaba, no se sabe como puede actuar una persona nerviosa.
Con un movimiento rápido y certero le arrebaté el cuchillo de su mano, el hombre cayó de rodillas muy asombrado y asustado a la vez.
- ¿Me vais a matar?- preguntó este hombre con temor.
- No, no lo haré.- le dije dejando caer el cuchillo al suelo.
- ¡Pero, os he asaltado!- señaló con lágrimas en sus ojos.
- Lo sé, pero lo le arrebataré la vida a un hombre por intentar cuidar de su familia.- le dije señalando a unos críos que nos observaban escondidos desde una esquina cercana, también vestidos con ropas rasgadas y sucias, y con los pies descalzos.
Le dí a este hombre unos cuantos reales de oro, y dándole la espalda continué mi paseo con Carlos, dejando atrás la escena de estos últimos hechos.
- ¡Gracias Señor, que Dios os bendiga!- me gritó el asaltante entre sollozos, conforme nos alejábamos.
Durante unos minutos Carlos y yo seguimos caminando sin hablar, Carlos caminaba a mi lado y de vez en cuando me miraba de reojo sin decir nada, lo notaba nervioso y con ganas de decirme algo, pero guardaba silencio.
- ¿Habéis pasado miedo, Hijo?- le pregunté a Carlos, para romper este incómodo silencio.
- Me sobresalté al verle con el cuchillo, pero al veros tan tranquilo, me calmé un poco.- me respondió Carlos.
- ¡Sueltalo ya!, ¿que os pasa?- le interrogué.
- Quisiera preguntaros algunas cosas.- me respondió.
- Podéis preguntar lo que queráis.- le concedí.
- ¿No teníais miedo?- me preguntó intrigado.
- Solo un poco, si os fijasteis ese hombre nos pidió el dinero y joyas, con un "por favor". Él si que estaba asustado y muy nervioso.
- Pero podía habernos acuchillado.- señaló Carlos.
- No creo que esa fuese su intención.- le dije.- Pero al ver la manera como movía el cuchillo y con su nerviosismo, decidí quitárselo antes de que nos hiciera algún daño, aunque fuese sin querer. Con lo nervioso que estaba ese hombre, era difícil saber como iba a reaccionar.
- Y al final, ¿por qué le habéis dado esas monedas de oro?- me preguntó muy extrañado.
- Creo que este hombre nos atracó para poder alimentar a su familia, a sus hijos.- le respondí.- Por esa razón le di esas monedas.
- ¿Sus hijos?- preguntó Carlos cada vez más sorprendido.
- ¿Habeis visto a los críos que estaban escondidos tras una esquina mientras ese hombre nos atracaba?- le pregunté.
- Sí, los recuerdo, parecían asustados.- me respondió.
- Estoy completamente seguro que eran sus hijos.- apunté.
- ¿Por qué decís eso?- volvió Carlos a interrogarme.
- Esos niños miraban la escena muy tranquilos, y cuando le arrebaté el cuchillo a ese hombre y cayó de rodillas, mi el miedo en sus ojos, temían por su padre. No estaban asustados por ver un atraco, estaban asustados por la suerte de su padre.
- ¿Tenéis pensado denunciarlo a las autoridades?- preguntó.
- No es necesario hacer tal cosa.- le respondí.- ¿Quién cuidaría de esos chicos si su padre acaba en prisión?
- Ahora comprendo porque habéis actuado de esa forma- recapacitó Carlos en voz alta.
- Un padre por sus hijos es capaz de hacer muchas cosas, desde las más maravillosas, hasta las locuras más tontas, y mucho más cuando te empuja la desesperación.- le dije a Carlos mirando hacia el cielo azul.
- ¿Vos haríais esas locuras por mí?- me preguntó Carlos sonriente.
- Pues claro que sí.- le dije mirándole a los ojos y colocando mi mano sobre su pelo despeinándolo.- Esa locura y muchas otras más.
- Que estropeáis mi peinado, no me gusta que me hagan eso.- se quejaba Carlos.
- Ya lo sé, es por esa misma razón que lo hago.- le dije mientras soltaba algunas carcajadas.
- ¡Padre!, sois un hombre sorprendente.- me dijo sonriente.
- Y tengo el mejor hijo del mundo.- le dije apoyando mi mano sobre su hombro y sonriéndole.
Nuestro paseo continuó tranquilamente por las calles de Zaragoza, hasta llegar a la Basílica de la Virgen del Pilar, allí estuvimos durante una hora y media, más o menos, contemplándola, tanto sus fachadas externas como todo su interior, sin dejar ni un solo rincón sin observar, ni estudiar.



Después de nuestra visita a la Basílica del Pilar nos dirigimos hacia nuestro hotel, la noche ya estaba cayendo y se acercaba la hora de la cena, y tras la cena, nos fuimos a descansar había sido un día muy largo y agotador.
El día del regreso a casa llegó y toda la servidumbre nos dio la bienvenida a Carlos y a mí. El viaje fue agradable y divertido, pero uno siempre añora su casa, siempre se hecha de menos al propio hogar, por muchos bellos lugares que uno visite siempre se hecha de menos nuestro hogar. Durante casi dos meses habíamos estado fuera de casa, pero la servidumbre se habían ocupado de todo y habían hecho un buen trabajo. No es que pensara encontrarme la casa ardiendo o algo así, pero el no estar Juan ni yo, organizando las cosas de la casa, me había dejado un poco intranquilo,,,, pero solo un poco. Me había preocupado en vano, todo estaba perfecto y todo bien organizado, tenemos una servidumbre muy cualificada y todos sabían hacer muy bien su trabajo.
El regreso de Juan y María estaba previsto para dentro de unos diez días, y pensé en darles una sorpresa a su regreso a los recién casados. Había pensado en prepararles una gran habitación para los dos, ya que la que se le preparó cuando se casaron era algo pequeña para un matrimonio, y estaba muy cerca de las habitaciones de Carlos y la mía, supongo que les agradarían tener una alcoba más espaciosa y también algo más apartada para poder disfrutar de su intimidad.
En estos días mientras María y Juan seguían disfrutando de su Luna de Miel, yo me ocupaba de las tareas administrativas de la Hacienda, y de ir preparando el Colegio y el Conservatorio de Música para el próximo curso, que estaba a punto de comenzar.
Por supuesto también me ocupaba de Carlos, seguía dándole clases de piano, aunque en realidad siempre terminábamos tocando juntos a dúo, también seguíamos con la equitación y con la esgrima. Pero Carlos quería más, quería que le enseñara a usar armas de fuego.
- Padre, ¿cuando me enseñaréis a usar las armas de fuego?- me preguntó Carlos, mientras guardaba los floretes tras la clase de esgrima.
- Ya os dije que os enseñaría, pero creo que es pronto, sois aún muy joven.- le respondí, intentando evitar la conversación, no me agrada la idea de que Carlos manejara armas de fuego.
- Pero ya soy mayor, me falta poco para cumplir los trece años.- protestaba Carlos.
- ¿Y crees que con trece años ya eres mayor?- le pregunté.
- Sí que lo creo.- respondió, estaba claro que Carlos no iba a olvidar el tema.
- No creo que estés preparado todavía para usar las armas de fuego.- le dije, la verdad de todo el asunto es que no quería enseñarle el uso de armas de fuego.
- Pero me prometisteis que me enseñaríais a disparar.- protestó Carlos algo enfadado.
- Os enseñaré, pero a su debido tiempo, cuando hayáis crecido.- le dije en un tono muy serio, esta conversación comenzaba a enfadarme y no quería enojarme con Carlos.
Carlos no dijo ninguna palabra más, terminó de guardar los floretes y abandonó la sala sin despedirse. Carlos estaba realmente enfadado y es la primera vez que se enfadaba conmigo, y me sentía muy mal por ello. Es cierto que le prometí enseñarle a manejar las armas de fuego, pero temía que Carlos pudiera herirse con ellas, sé de muchos críos que se han herido manipulando las armas y algunos han llegado a morir por ello, me aterraba que a Carlos pudiera pasarle algo así.
Carlos no se calmó durante el día, seguía enfadado conmigo y sin dirigirme la palabra, no me habló durante el resto del día, ni durante la cena, ni cuando nos fuimos a dormir a nuestras alcobas, yo le deseé buenas noches como siempre, pero esta vez Carlos no me respondió como solía hacer siempre, el verlo así de enfadado me dolía mucho.
Durante la noche no podía dormir pensando en lo ocurrido con Carlos, estaba tumbado en la cama con la vista perdida mirando hacia arriba, lo cierto es que no sabía como manejar esta situación, por mucho que pensaba y pensaba, no encontraba la manera de solucionar el enfado de Carlos.
- Parece que estáis muy preocupado por algo.- me dijo Ella sentada en el borde de mi cama.
- Carlos se ha enfadado conmigo.- le informé.
- Lo he visto todo, Cariño.- me dijo Ella.
- ¿Que podría hacer para que Carlos me perdonase?- le pregunté, necesitaba de su consejo.
- Enséñale, si es lo que quiere, enséñale a usar las armas de fuego.- me respondió Ella sin pestañear.
- ¿Pero que estáis diciendo?- exclamé muy sorprendido, sentándome en la cama de un salto.- ¿Y si, y si...?
- ¡¿Y si tiene un accidente con ellas y se hace daño?!- me interrumpió.
- Si, me aterra que pudiera pasarle algo así.- le dije.- Es algo que no soportaría.
- Por eso creo que lo mejor es que Carlos aprendiese a usar las armas de fuego.- me dijo Ella.
- ¡Perdonadme, pero no os comprendo!- me quedé muy sorprendido.- ¿por qué tenéis esa opinión?
- Carlos es muy curioso, y seguro que algún día coge alguna de las armas que hay en la casa, y es posible que pueda tener un percance con ellas.- me dijo Ella.
- Tenéis razón, esconderé todas las armas de la casa, para que no las encuentre.- apunté.
- No me habéis entendido.- señaló Ella.- Aunque escondáis las armas, puede que algún día encuentre alguna por casualidad, por eso creo que lo mejor es que Carlos sepa como se usan, de esta manera será mucho más difícil que le pueda pasar algo malo con las armas.
- Tiene su lógica..., tenéis mucha razón.- le dije.- Sabiendo como usarlas se evita que se pueda dañar con ellas.
- Exacto, veo que lo habéis comprendido.- me dijo Ella con una gran sonrisa en su rostro.
- Gracias, Amor mio.- le agradecí devolviéndole la sonrisa.- Me habéis ayudado mucho.
- ¿Acaso lo dudabais?- me preguntaba dándome un beso en los labios.- Es que yo soy muy lista, jajajajaja...
- Nunca he dudado de vuestra inteligencia.- le respondí devolviéndole el beso.- Tan solo es que me ha sorprendido vuestra idea.
- Siempre podéis contar conmigo.- me dijo.- Pedidme consejo siempre que lo necesitéis, será todo un placer ayudaros.
- Siempre estáis conmigo ayudándome.- le agradecí.
Ella se quedó conmigo toda la noche, y no fue precisamente dormir lo que hicimos. Sí,,, también dormimos un poco, pero después de disfrutar un poco de la compañía. A la mañana siguiente me desperté más contento y animado, y dispuesto a acabar con el enfado de Carlos, enseñándole a usar las armas de fuego.
Cuando me encontré con Carlos en el comedor, a la hora del desayuno, le deseé unos buenos días, pero Carlos no me respondió, al parecer él seguía enfadado conmigo, durante todo el desayuno Carlos no se dignó a dirigirme la palabra y en su rostro no había rastro de su sonrisa, a la que estaba tan habituado ver. Una vez que Carlos terminó su desayuno se levantó de su asiento y se marchó, pero antes de salir del comedor.
- ¡Carlos!, quisiera veros en cuestión de una hora en el jardín, si no es mucha molestia.- le pedí.
- Esta bien, Padre, allí estaré.- me contestó muy secamente, dándome la espalda, ni siquiera se volteó para responderme, y después continuó su camino.
Posteriormente le pedí a uno de los criados que fuese a la armería y que sacase algunas armas, y las depositara en una de las mesas del jardín cubiertas con una tela, pero tan solo unas armas, ni munición, ni pólvora.
Estaba esperando a Carlos en el jardín cuando este llegó, se había retrasado un poco, y su rostro aun reflejaba su enfado.
- Aquí estoy, Padre, ¿en qué puedo serviros?- me preguntó muy fríamente.
- Hoy, os voy a enseñar algo nuevo, algo diferente.- le dije.
- ¿Y se puede saber qué me vais a enseñar?- preguntó sin cambiar su tono.
- Os enseñaré como se manejan las armas de fuego.- le informé a la vez que retiraba la tela que cubrían las armas.

El rostro de Carlos cambió al ver las armas depositadas en la mesa, una escopeta de caza, un par de carabinas, un trabuco, y tres pistolas de diferentes tamaños, una sonrisa se dibujó en su rostro, por fin volvía a sonreír.
- ¡¿De verdad, me vais a enseñar a disparar?!- exclamó Carlos muy contento.
- Pues claro que sí, siempre cumplo mis promesas.- le dije.
- Pero, pensé que no queríais enseñarme aun.- replicó Carlos.
- Puedo cambiar de opinión, ¿no?- le dije guiñándole el ojo.
- Gracias Padre, sois el mejor. ¿Que arma puedo disparar primero?- preguntó muy emocionado.
- Hoy no vamos a disparar ningún arma.- le informé.
- ¿Como?, ¿por qué?- me preguntó algo decepcionado.
- ¿Recordáis?- le pregunté.- "Antes de correr hay que aprender a caminar".
- Si, lo recuerdo.- me contestó.- pero no os comprendo.
- Antes de que empecéis a disparar, es necesario que conozcáis las armas y os acostumbréis a ellas.- le informé.- Coged una de ellas.
Carlos ni corto ni perezoso, se acercó a la mesa y después de meditar un poco, escogió la más grande, la escopeta de caza, una escopeta de dos cañones.
- Es muy pesada esta escopeta.- se quejaba Carlos.
- ¿Como pretendéis dispararla. cuando apenas podéis levantarla?- le pregunté en tono burlesco.
- Pues..., pues...,- balbuceaba Carlos sin saber que responder.
- Veis, primero hay que conocerlas.- le volví a repetir.- Ahora amartillad el arma.
A duras penas Carlos amartilló la escopeta, tuvo que apoyar su culata en el suelo para poder hacerlo.
- Ya lo he hecho, Padre.- me informó.
- Lo siguiente que debéis hacer es colocar su culata en el hombro y disparar los dos gatillos.- le pedí.
Carlos hizo lo que le pedí, apoyó la culata en su hombro derecho, levantó el arma apuntando hacia el frente, lo que le costaba mucho por el peso del arma, y a penas conseguía guardar el equilibrio, por lo que le tuve que ayudar un poco agarrando el doble cañón. ¡Click..., click! Carlos apretó los dos gatillos, uno tras otro.
- Perfecto, ahora repetid la operación.- le ordené.- amartilladla, apoyadla en vuestro hombro y disparad.
Varias veces le hice repetir esa operación, y no solo con la escopeta de caza, le hice repetirlo una y otra vez, con cada una de las armas que habían en la mesa. Está claro que con las que más cómodo se sentía era con las pistolas, puesto que eran las menos pesadas, pero incluso así necesitaba cogerlas con las dos manos para que no cayeran al suelo.
- Ya está bien por hoy, dejémoslo ya, mañana continuaremos.- le propuse a Carlos.
- Esta bien, me duele los brazos, pesan mucho.- protestó.- ¿Mañana dispararé?
- Jajajaja,,, aun no, es pronto todavía.- le respondí.- Tengo que enseñaros algunas cosas antes.
- Esta bien, vos sois el profesor. Pero, ¿puedo haceros una pregunta?- me pidió Carlos.
- Adelante, preguntadme.- le otorgué.
- ¿Como es que nunca os he visto disparar un arma?- me preguntó Carlos.- Incluso poseyendo armas de caza, jamás os he visto ir de caza.
- Hace años que no disparo un arma.- le dije.- Y cuando lo he hecho, ha sido como práctica de entrenamiento.
- ¿Solo como prácticas?- preguntó mi hijo.
- Nunca he disparado contra nadie y espero no tener que hacerlo nunca.- le respondí.- No desearía tener que matar nunca a nadie, ni siquiera a animales, es por eso que nunca he ido de cacería.
- ¡Aaaahhh!- respondía Carlos a mis explicaciones.
- Venga, vamos a tomarnos una limonada fresca.- le propuse.
- Sí, me apetece mucho.- señaló sonriente.- Estoy sediento.
Ambos nos dirigimos a la casa para refrescarnos con una limonada, me alegraba mucho ver a Carlos sonreír de nuevo, ya no estaba enfadado conmigo, había conseguido mi propósito.
Al día siguiente le enseñé a Carlos a limpiar las armas, para tenerlas siempre bien cuidadas y bien conservadas, dispuestas para su uso. Un arma descuidada, sucia o el mal estado puede ser muy peligrosa para quien la maneja. Por supuesto que durante las tardes seguíamos con las lecciones de esgrima y de equitación, claro está, sin olvidar el piano.
Y al tercer día:
- Hoy te tengo una sorpresa.- le dije a Carlos.- Hoy aprenderás a cargarlas.
- ¿Voy a poder disparar, hoy?- preguntó entusiasmado.
- Dispararas, pero solo con salvas.- le informé.
- ¿Con salvas?- preguntó, no comprendía nada.
- No usaremos municiones por ahora.- agregué.
Una a una fuimos cargándolas entre los dos, Carlos prestaba mucha atención y ayudaba mucho, incluso él solo cargó algunas.
- Ahora que están todas cargadas, coge el trabuco y dispáralo.- le pedí.

Carlos amartilló el trabuco y se lo apoyó en el hombro, a la vez que yo me situé detrás de él, y apretó el gatillo. ¡Baumm!, sonó la salva.
- ¡Aahh!- gritó Carlos cayendo hacia atrás por el retroceso del arma.
- ¡Ves!- le indiqué a la vez que lo sujetaba por los hombros.- Debéis tener cuidado con el retroceso, o acabaréis en el suelo. Tenéis que estar preparado para ello.
- Gracias por detenerme en la caída.- me agradeció Carlos.
- Os toca, cargadla vos solo y volver a dispararla.- le ordené.
Carlos la cargó muy nervioso, pero lo hizo bien, y a continuación la disparó, yo volví a colocarme a su espalda, por si volvía a caer, pero no fue así, se tambaleó un poco, pero guardó el equilibrio. Al igual que había hecho con anterioridad, le hice repetirlo varias veces, y con todas las armas, excepto con la escopeta de caza, Carlos es pequeño para manejar un arma tan grande. Era divertido verlo aguantando el retroceso de las armas largas, o como se le levantaba los brazos hacia arriba cada vez que disparaba alguna de las pistolas.
Después de la lección sobre armas de fuego de hoy, le hice a Carlos limpiarlas todas, ante todo no le iba a dejar que se olvidara de como se deben cuidar las armas, para su perfecto funcionamiento.
Para la lección del siguiente día creí oportuno que ya era hora de que Carlos disparara con munición real, así que para la siguiente clase ordené preparar unas dianas colocadas sobre unas balas de paja, que servirían para amortiguar los disparos, y no dañar nada.
Encima de la mesa del jardín junto a las armas, la pólvora y demás utensilios de las armas, esta vez si había munición, las pequeñas bolas de plomo usadas como balas.
- ¿Hoy me vais a enseñar a disparar?- preguntó Carlos muy entusiasmado.
- Sí, hoy por fin vais a disparar con munición real.- le respondí.
- Bien, bien...- gritaba Carlos lleno de júbilo.
- Coged una de las pistolas y cargadla como ya sabéis, pero ahora al final introducid una bala.- le dije.
Carlos sin pensarlo dos veces obedecido, rápidamente se apoderó de una pistola y la cargó, añadiéndole una bala.
- Ya está hecho padre.- me informó Carlos con una gran sonrisa en su rostro.
- ¡Muy bien, hijo! Ahora apuntad a la diana, alinead bien el punto de mira con el alza, para apuntar y disparad cuando estéis preparado.- le dije.- Tranquilo, no hay prisa, tomáos vuestro tiempo.
Carlos cogió la pistola con sus dos manos, sosteniéndola con mucha fuerza, estiró sus brazos, apuntó lentamente, se tomó su tiempo como yo le había dicho y entonces,... ¡baumm! Carlos disparó. El disparo se le fue un poco alto.
- ¡Maldición, he fallado!- exclamó Carlos algo enfadado consigo mismo.
- No os preocupéis.- le dije para tranquilizarlo.- Repetidlo de nuevo.
Carlos me obedeció y repitió toda la operación de nuevo, y nuevamente el disparo se le fue un poco alto, no dando en el blanco.
- Otra vez he fallado.- se quejó Carlos.- ¡Que mala puntería tengo!
- No os preocupéis, fijáos en los disparos y decidme lo que véis.- le dije a Carlos.
- Pues..., dos disparos que no han dado en el blanco.- dijo después de observar la diana durante unos segundos.
- Pero fijáos,- le señalé.- ambos disparos han salido algo altos, pero los dos muy juntos.
- Sí, ya lo veo.- observó Carlos.- Pero no entiendo a donde queréis llegar.
- Pues, que no es que tengáis mala puntería.- le indiqué.- Simplemente es que el disparo se os desvía hacia arriba por el retroceso del arma.
- ¿Y que debo hacer, para acertar en el blanco?- preguntó el chico con curiosidad.
- Tenéis dos opciones.- le señalé.- Podéis apuntar un poco más abajo, para que el disparo de en el blanco, o podéis doblar ligeramente el codo cuando apuntéis, y cuando apretéis el gatillo estirar el brazo hacia adelante, como si empujaseis la pistola. Con cualquiera de estos consejos que sigáis, podréis neutralizar el retroceso al disparar.
- ¡Gracias Padre, aplicaré vuestros consejos ahora mismo!- me agradeció.
- Ya sabéis lo que tenéis que hacer.- le remarqué.- Repetid, y volver a repetid.
Carlos como buen alumno, repitió todo el proceso una y otra vez siguiendo mis consejos, hasta corregir poco a poco el movimiento del retroceso de la pistola al disparar. Disparo tras disparo se iba acercando cada vez más al blanco, hasta que por fin acertó a su objetivo.
- Bien, bien, lo logré.- gritaba y saltaba de alegría.- Mirad Padre, he dado en el blanco.
- Muy bien, hijo mio.- le felicité.- Y ahora a....
- A repetirlo.- me interrumpió.- Ya lo sé, volver a repetir todo.
Carlos disparaba una y otra vez, se le veía tan contento cada vez que daba en la diana, y una vez que su puntería con la pistola era casi perfecta, hizo lo mismo con las carabinas. Al igual que con la pistola, el disparo con la carabina se le iba algo alto, pero poco a poco fue corrigiendo el efecto del retroceso, y lo cierto es que no tenía mala puntería.
Al día siguiente hicimos lo mismo, disparar y pulir la puntería, con la única diferencia que cada vez las dianas estaban más alejadas, pero Carlos era muy inteligente y corregía sus defectos rápidamente. Y ahora le tocaba aprender una lección más complicada, la de disparar a blancos en movimiento, esa mañana para sus clases ordené preparar una media docena de sandías, cultivadas en la misma Hacienda, atadas con cuerdas y colgadas de las ramas de los árboles del jardín.
- La lección de hoy consistirá en disparar a un objeto en movimiento.- le indiqué a mi joven alumno.
- ¿Os referís a las sandías?- preguntó Carlos extrañado al ver las sandías colgadas de las ramas.
- Efectivamente.- le respondí conforme me acercaba a las sandías y las empujé todas para que se balancearan.- Ahora carga la carabina y dispara a una de las sandías.
Carlos obedeció, cargó la carabina, apuntó y disparó a la sandía, pero falló su disparo.
- Si se mueve la sandía es imposible darle.- se quejaba Carlos, totalmente desilusionado por su fracaso.
- No es lo mismo disparar a una diana inmóvil, que a una sandía balanceándose.- le dije.
- ¿Qué es lo que debo hacer?- preguntó con mucha curiosidad.
- Tenéis que seguir el movimiento de la sandía, y adelantáos a ese movimiento.- le aconsejé.
- Perdonadme Padre, pero ¿por qué he de adelantarme?- preguntó el aprendiz.
- A igual que en clases anteriores, vuestro disparo se iba algo alto por el retroceso, y apuntabais un poco más bajo para acertar en el blanco, aquí debéis adelantaros al movimiento de la sandía para acertar en ella, le lo contrario siempre el disparo se quedará atrás.- le expliqué.- Desde que disparáis hasta que llega la bala a su objetivo, aunque sea un espacio de tiempo tan corto, la sandía se mueve y ese pequeño movimiento te puede hacer fallar el disparo.
- Ahora si que lo comprendo.- me dijo con una gran sonrisa en su cara.
Carlos volvió a cargar la carabina, apuntó balanceando el arma siguiendo el movimiento de la sandía y volvió a disparar, esta vez solo consiguió rozar la sandía, pero no se desilusionó, volvió a hacerlo, una y otra vez, algunas veces fallaba y otras apenas le rozaba o daba sus disparos más bien en los bordes, pero su objetivo era acertar en el centro. Después de unos quince intentos fallidos Carlos estaba muy frustrado y enfadado consigo mismo.
- Maldita sea.- gritó.- es imposible, no consigo darle.
- Tranquilo esto es más difícil, que todo lo que has aprendido hasta ahora.- le dije.- Ten paciencia, con la práctica llegarás a perfeccionar tu puntería.
- Disculpadme, Padre.- me dijo Carlos.- Pero no os he visto disparar, me estáis enseñando a disparar, y me gustaría poder ver vuestra puntería.
- Escoged una sandía y balanceadla.- le dije a Carlos sonriéndole.
¿Carlos me había lanzado un reto? Esto me divertía, ¿acaso pensaba mi hijo que tenía mala puntería, ya que no me había visto disparar? Cogí una de las pistolas y la cargué yo mismo, apunté a mi objetivo y disparé, pero no disparé a la sandía. De un disparo certero corté la cuerda que unía la sandía con la rama del árbol, justo en el punto más cercano a la sandía, la sandía es estrelló contra el suelo rompiéndose en multitud de trozos.
Carlos observó con sorpresa mis actos y se quedó con la boca abierta al igual que sus ojos, no era capaz de pronunciar palabra, solo me miraba con una gran cara de sorpresa.
- Si yo he logrado hacerlo, vos también lo lograréis, con paciencia y práctica.- le dije al sorprendido alumno.
Carlos solo asintió con la cabeza, aun estaba sin habla, volvió a disparar, y cada vez se iba acercando más al centro de la sandía. Parece que mi demostración le había animado a esforzarse más.
- Carlos atendedme un momento.- le pedí.- La última lección, es algo que no os puedo enseñar, depende de vos, de darle un buen uso a las armas y a no usarlas sin pensar, antes de usar un arma tenéis que pensar a qué o a quién vais a disparar y lo que queréis lograr con ello, así que no lo hagáis a la ligera. Las armas pueden matar o defender, quien las maneja es quien decide que uso se le dan.
- No lo olvidaré Padre.- me dijo.- Usaré con responsabilidad las armas de fuego.
- Eso espero, Carlos.- añadí.- Continuad practicando.
Miraba como Carlos, afinaba su puntería sobre las sandías, y pensaba sobre el último consejo que le había dado, solo espero que nunca tenga que ver a Carlos empuñando las armas contra otro ser humano, que nunca se tenga que ver en la situación de tener que quitar una vida, ni en tiempos de guerra, ni en tiempos de paz.
Estaba tan absorto en mis pensamientos y Carlos con sus prácticas, que no nos dimos cuenta que dos personas se acercaban a nuestra posición.
- ¡Menuda bienvenida!- dijo María.- Con fuegos artificiales, y todo.
- ¡María!- gritó Carlos, dejó su carabina en la mesa y corrió hacia su profesora, recibiéndola con un abrazo, que María le devolvió.
- Ya estamos de vuelta, Señor.- me saludó Juan.
- ¡Bienvenidos a casa, pareja!- les saludé.

1 comentario:

Łądў Λġą┼ђą dijo...

hay que ver como son los niños de testarudos cuando quieren algo (esto tambien lo dice otra testaruda cabezotas)

" si se mueve la sandia es imposible darle" me encanto eso

un capitulo muy bonito Sir Batoosahi, siempre me divierto mucho con Carlos.

ohhh.. y por fin la pareja a regresado de su viaje de bodas, con uno que otro susto que se ha llevado maria :)

por favor publica pronto..... deseo tanto saber mas de esta historia...

abrazos!!!!