lunes, 26 de diciembre de 2011

UNA NUEVA VIDA. 20ª Parte: Una Gran Noticia.



Como todos los años por esta fecha, solía salir a caballo para ir a cierto lugar durante la noche. Lucero Negro ya estaba preparado para ser montado y con una manta en sus alforjas, yo guardé en estas una botella de vino blanco y un par de copas, y por supuesto un sacacorchos, como era mi costumbre. Pero antes de partir me acerqué a los rosales del jardín y corté las dos rosas más bellas y hermosas que en ellos crecían, los rosales fueron sembrados para este motivo y el jardinero de la Hacienda hacía un buen trabajo cuidándolos al igual que todo el jardín. Con una preciosa rosa roja y una hermosa rosa negra en las manos me encaminé en busca de mi montura, junto a Lucero Negro pude contemplar una figura femenina que portaba algo en sus brazos, cuando estuve lo suficientemente cerca pude comprobar que la persona que me esperaba junto al caballo era María.
- Buenas noches.- saludé al estar junto a ella.- Os hacía ya en vuestros aposentos descansando.
- ¿Así, que esta noche la pasaréis fuera?- me preguntó.
- Lo más seguro.- respondí.- En menos de una hora será el cumpleaños de Ella.
- Es tan bonito esto que hacéis por su cumpleaños, todos los años.- suspiró María.
- Gracias, os agradezco vuestras palabras.- le dije sonriéndole.
- Os he traído una manta.- me dijo haciéndome entrega de esta.- Durante la noche refresca mucho.
- Siempre preocupada por los demás.- le agradecí cogiéndola.
- No, si solo lo hago para que no os acatarréis ahora que esta apunto de empezar el nuevo curso.- señaló María alzando una de sus cejas.- No quisiera tener que encargarme yo de todo si vos estáis enfermo.
- ¿Con que vuestra preocupación es tan solo por cuestiones egoístas?- la miré sonriente.
- Pues claro.- remarcó burlona.- ¿Pensabáis que me preocupaba por vos?
- La verdad es que así lo pensaba.- le respondí.
- Jajajajaja..., no seáis necio.- se divertía María.
- Muchas gracias María, siempre tan amable.- le cogí su mano y se la besé antes de montar a Lucero Negro.
- No entiendo como os gusta visitar el cementerio a estas horas.- comentó María.
- Quiero estar allí para las doce de la noche, justo cuando empieza el día de su cumpleaños.- le expliqué.- Además a estas horas no hay nadie más por los alrededores, de esta manera nadie me molestará.
- Id con cuidado, y abrigáos con la manta si refresca la noche.- me aconsejó María.
- Perded cuidado, lo haré.- le dije a María.- Ahora regresad a vuestra alcoba junto a vuestro esposo antes de que empiece a preocuparse.
- Creo que tenéis razón.- María acarició mi caballo en el cuello y le dijo al oído.- Lucero, cuidalo bien. Y el caballo le respondió con un relincho.
- Que tengáis dulces sueños, María.- le deseé.
- Y vos una grata velada.- me dijo mientras caminaba hacia la casa.
Una vez que María entró en la casa emprendí camino hacía el cementerio, cabalgué por la zona de los viñedos de la Hacienda, recorrí las oscuras y solitarias calles de la Villa hasta llegar al Campo Santo. Dejé la montura atada en la entrada del cementerio, antes de entrar dentro recogí las mantas, las dos rosas, la botella de vino, las copas y el sacacorchos, y con estos objetos me encaminé hacía la tumba de Ella. Justo al llegar junto a la su tumba el campanario de la iglesia de la Villa daba las doce campanadas que anunciaba el inicio de un nuevo día, volvía a ser su cumpleaños.
- Volvéis a estar aquí un año más por mi cumpleaños.- Ella apareció bella, hermosa y radiante ante mis ojos.
- Ya me conocéis, soy una persona de costumbres.- le dije mientras extendía una manta en el suelo y le ofrecía mi mano para ayudarla a sentarse en el suelo.
Yo me senté a su lado y le hice entrega de las dos rosas, lo que Ella me agradeció con un abrazo y un apasionado beso. Después descorché la botella de vino y vertí parte de su contenido en las dos copas, ofreciéndole una de estas copas a Ella.
- ¡Feliz Cumpleaños, Ángel Mio!- la felicité alzando mi copa.
- Vos sois mi mejor regalo.- respondió Ella chocando ligeramente su copa con la mía.
Acto seguido ambos bebimos unos sorbos de vino, Ella se recostó sobre mi pecho y como empezaba a hacer algo de frío, con la manta que me había ofrecido María cubrí nuestros cuerpos que yacían junto a la tumba.
- He estado meditando sobre nuestra conversación de la noche pasada.- le comenté.
- ¿Os referís a lo que hablemos sobre mi familia?- preguntó levantando la cabeza.
- A eso mismo me refiero.- le dije.
- Yo he elegido estar con vos y no hay nada que hacer.- señaló algo triste.
- Sé que no podéis presentaros ante vuestra familia del mismo modo que lo hacéis ante mí.- exclamé.
- Solo puedo hacerlo ante vos, y no me arrepiento.- me dijo mirándome a los ojos, pero se veían tristes sus dulces ojos.
- Pero si lo hicierais de otra manera, puede que si estuviese permitido.- le informé.
- No os entiendo, explicáos, ¿en que estáis pensando?- preguntó algo alterada.
- He estado pensando en aquel fantástico sueño, el sueño de nuestra boda, vos os introdujisteis en mis sueños.- le dije.
- Lo recuerdo, muy bien, fue algo maravilloso.- comentó algo más sonriente.
- Podríais visitar a vuestra Madre en sus sueños, como en aquella ocasión hicisteis conmigo.- le expliqué.
- Creo que podría funcionar, y no estaría incumpliendo las reglas.- dijo.
- Funcionará Amor mio, tiene que funcionar.- le animé, lo deseaba tanto, solo quería su felicidad, verla sonreír siempre.
Ella volvió a apoyar su cabeza sobre mi pecho, y durante unos minutos estuvo meditando nuestra conversación
- Adoro el delicado perfume de vuestros cabellos.- le dije mientras acariciaba su oscura melena.
- Y a mí me encanta el potente latido de vuestro corazón.- replicó apoyando su oído sobre mi corazón.
- Parece que los años no pasa por vos.- señalé.- Estáis totalmente igual que hace años.
- Esa es una de las ventajas de no estar entre los vivos.- me dijo Ella.
Esas palabras me hicieron sentir algo apenado, el tiempo se había detenido para Ella pero para mí continuaba su incesante camino.
- ¿Me seguiréis amando dentro de unos años cuando mis cabellos se vuelvan blancos y mi rostro se arrugue por el paso de los años?- pregunté algo serio.
Ella levantó la cabeza, clavó sus verdes ojos en los mios y acariciándome la mejilla, me respondió:
- Todo lo que siento por vos no cambiará nunca, aún cuando seáis un anciano con bastón os seguiré amando. Os amaré por toda la eternidad. Vos me salvasteis y por vos estoy aquí.
Era indescriptible el gozo que sentí al escuchar estas palabras, la abracé fuertemente contra mi pecho y solté un suspiro de alivio.
- Si mil vidas consiguiera vivir, sabed que en cada una de esas mil vidas solo podría amaros a vos, solo a vos por siempre, hasta el final de los tiempos. Mi corazón es vuestro.- le declaré.- Vos sois mi única razón de vivir, mi única dueña, la dueña de este corazón que late en mi pecho.
- Es por cosas como estas que me decís que os amo tanto, sois lo más maravilloso que me ha pasado nunca.- me dijo.
Nos besamos apasionadamente e hicimos el amor bajo la luz de las estrellas, y de las luciérnagas que revoloteaban por los alrededores, pues el rió corría a escasos metros del cementerio, y estas solían volar entre las tumbas, lo que asustaba a muchos lugareños, ya que pensaban que eran los espíritus de los difuntos que salían de sus sepulturas algunas noches. Tras disfrutar de la compañía de Ella me quedé dormido allí junto a su tumba, pasé la noche en el cementerio.
A la mañana siguiente cuando ya el sol había salido de su descanso nocturno, algo..., mejor dicho alguien me despertó de mi sueño reparador.
- ¡Buenos días, cariño!- me saludaron.
- ¡Buenos días!- respondí sin saber quien me despertaba, aun estaba adormilado, me puse en pie y me desperecé estirando un poco mis músculos.
- Puedo ver que habéis vuelto a pasar la noche en el cementerio.- me dijo esa persona.
- ¡Mi Señora!- le saludé haciéndole un reverencia a la Madre de Ella.- Es su cumpleaños y tenía que venir a darle mis felicitaciones.
- ¡Feliz Cumpleaños, Hija Mía!- dijo depositando un ramo de rosas rojas y blancas sobre la tumba de su hija, junto a las dos rosas que yo dejé durante la noche, y después se giró hacia mí.- Sois maravilloso, gracias por todo ese cariño que demostráis por mi querida hija.- en sus ojos empezaron a asomar unas lágrimas.
- No hay nada que agradecer.- le repliqué acercándome y abrazándola.- No os pongáis triste, alegrad vuestro rostro.
- No, no estoy triste.- me dijo.- Estoy tan feliz, son lágrimas de felicidad.
- Eso me parece mucho mejor, no perdáis vuestra sonrisa.- le dije a la vez que le regalé una gran sonrisa.
- Quisiera comentaros un sueño que he tenido durante la noche.- me comentó.- He soñado con mi hija.
- ¡Eso me parece estupendo!- al parecer Ella había conseguido visitar a su Madre en sus sueños, y eso me alegraba mucho, me alegraba por las dos.
- Ella se me apareció en mis sueños y tuvimos una larga y agradable charla.- me informó.
- Por favor contadme, más.- le pedí entusiasmado.- ¡Bueno, si deseáis contármelo!
- ¡Claro que quiero contaros!- me dijo la dama sonriéndome.- Me contó mi hija que se encontraba bien, que era feliz donde estaba, siempre rodeada de una cálida felicidad, mucho más feliz de lo que lo había sido en vida, inmensamente feliz. Nunca la había visto tan radiante ni tan hermosa, irradiaba felicidad por todos los poros de su piel. Me pidió que no me sintiera triste por su ausencia, que debía ser feliz, por mí y por todos mis seres queridos. Estuvimos dialogando sobre la familia, sobre su hermano y su esposa, y sobre su sobrina que tanto se le parecía. También estuvimos hablando de vos.
- ¿De mí?- pregunté extrañado y curioso a la vez.
- Me pidió que cuidara de vos.- continuó.- Me dijo que os encontraría aquí dormido junto a su tumba, y no estaba equivocada.
- Se diría que ese sueño vuestro os ha sentado muy bien.- señalé.- Parecéis muy feliz.
- Realmente es así como me siento.- replicó.- Me siento feliz.
- Me alegro mucho por vos, merecéis ser feliz siempre.- le dije.
- Muchas gracias, Cariño, se que lo dices de corazón.- me agradeció la gentil Dama.
Recogí todos los bártulos que había en el suelo y ofreciéndole mi brazo le pregunté:
- ¿Nos volvemos para casa?
- Muy bien, Caballero.- me dijo abrazándose a mi brazo.- Regresemos a casa.
Juntos caminábamos hacía la salida del campo santo, después de ayudarla a subir en su calesa, cabalgué junto a su vehículo hasta que nuestros caminos se separaron, no sin antes invitarme a cenar esa misma noche en su casa, por supuesto la invitación incluía a Carlos, a Juan y a María. Naturalmente acepté esta invitación de cenar en la casa donde había vivido Ella.
La idea de cenar le pareció muy bien a los demás invitados, y así fue como a última hora de la tarde salimos para la Mansión que la familia de Ella poseía muy cercana a nuestra Hacienda, donde residían la Madre de Ella y su joven sobrina Annabella.
Nuestras bellas anfitrionas nos recibieron en la misma entrada de la casa, muy amablemente nos hicieron pasar dentro. Para Carlos y María era la primera vez que visitaban esta casa, para Juan y para mí no era un lugar desconocido. María y Carlos observaban todos los detalles de la casa, mirando para todos lados, observando los muebles, las lámparas, lo cuadros que colgaban de la pared, todo..., lo observaban todo.
Para mí fue algo raro, hacía años que no visitaba esta Mansión, desde pocos días tras la muerte de Ella, muchos bellos recuerdos se agolpaban en mi cabeza, y tenía la sensación que Ella bajaría las escaleras o aparecería atravesando alguna puerta, para venir a saludarme, dándome un abrazo como solía hacer siempre que la visitaba en su casa. Como si lo vivido en estos últimos sueños hubiese sido tan solo un sueño.
- ¿Os encontráis bien, Querido?- La Madre de Ella me despertó y me regresó al mundo real, me había quedado en mitad de la entrada totalmente quieto.
- Si, me siento muy bien.- le respondí.- Tenía la mente perdida en mis recuerdos.
- ¿Buenos recuerdos?- preguntó Annabella.
- Los mejores y más bellos recuerdos.- le contesté a la joven dama con una sonrisa, ver a Annabella hacía que mis recuerdos fueran más una realidad, que eso..., unos recuerdos.
- Sigamos hacia el comedor, la cena está servida.- sugirió la Madre de Ella.
- Tenéis una casa muy grande y es preciosa.- comentó María.
- Gracias por vuestros comentarios.- agradeció nuestra anfitriona.- Realmente es muy grande, y es agradable tener invitados. Solo vivimos aquí mi nieta y yo, con algunos miembros de la servidumbre, en ocasiones parece más grande de lo que es.
En cuestión de muy poco tiempo llegamos hasta el comedor y nos acomodamos a la mesa, la Madre de Ella se sentó en la cabecera de la mesa, a su derecha estaba sentado yo, a mi diestra se sentó María y a continuación Juan, a la izquierda de la anfitriona, justo enfrente de mí, estaba sentada su nieta Annabella, y a su lado estaba mi hijo Carlos, los dos jóvenes amigos quisieron estar juntos. En la mesa podíamos ver deliciosos manjares como faisán con verduras, cordero asado, sopa de verduras, truchas y gran variedad de frutas y postres caseros.
La cena transcurrió agradablemente entre charlas y risas, fue una cena muy divertida y todos parecíamos divertirnos bastante. Una vez todos saciados le agradecí a la Madre de Ella.
- ¡Gracias por una cena formidable! Todo estaba delicioso.
- Gracias a vosotros por asistir.- comentó.- Pero parece que a María no le ha gustado mucho, no a probado el cordero, ni el faisán.
- No, no, disculpadme.- se lamentó María.- Es que no suelo comer carne, pero todo lo demás estaba delicioso, unos platos dignos del paladar de un rey.
- Mi esposa es vegetariana.- señaló Juan.
- ¿Es cierto?, querida. Nunca os he visto comer carne. Quizás debimos haber preparado algún plato especial para vos.- dijo la Madre de Ella.
- No os preocupéis por ello.- dijo María.- Pero si he comido muy bien.
- Es que María tiene unos gustos un poco raritos.- comentó Carlos riéndose, lo que hizo que Annabella riera también.- Pero la cena estaba riquísima.
- Me alegra mucho que hayan disfrutado de esta cena.- comentó la Madre de Ella.- Como sabéis hoy es el cumpleaños de mi difunta hija.
- Él nunca dejaría que olvidáramos una cosa así.- dijo María observándome a mí.
- Siempre os habéis acordado de su cumpleaños.- me dijo la Dama.
- Como olvidar esta fecha.- comenté.- Es una fecha muy especial.
- Para mí esta fecha era motivo de tristeza y dolor, pues el no tenerla a Ella en su cumpleaños es muy doloroso...- empezó a decir la anfitriona muy seria.
- ¿Abuela os encontráis bien?- le preguntó Annabella.
- Tranquila cielo, estoy bien.- le dijo a su nieta cogiéndola de la mano y sonriéndole.- Antes esta fecha era dolorosa para mí, pero a dejado de serlo, sé que allá donde esté mi hija se encuentra bien y es feliz. Y he querido celebrar esta fecha rodeándome de gente querida para mí, y así devolver algo de alegría a esta casa.- remarcó la Madre de Ella, y con su mano derecha que la tenía libre cogió mi mano izquierda.- ¡Gracias por venir esta noche, amigos mios!
- Ha sido todo un placer y un gran honor.- le dije depositando un beso en su mano. Todos mirábamos a la Dama sonriéndole.
- Hoy me siento muy feliz.- dijo la Madre de Ella.- Y quería compartir esta alegría con mis amigos.
Tras la agradable cena, la pequeña Annabella quiso deleitarnos con unas piezas interpretadas con el arpa, la joven quería demostrarme que durante las vacaciones de verano no había perdido su tacto con las cuerdas del arpa. Era agradable escuchar el delicado sonido del arpa, y Annabella interpretaba con una dulzura que parecía como si esta música fuese interpretada por los mismos ángeles, más tarde se le unió Carlos al piano, ambos hacía una muy buena pareja musical, se compenetraban muy bien, como si llevaran toda la vida tocando juntos.
- Deliciosa melodía la que están interpretando vuestro hijo y mi nieta.- me comentó la orgullosa abuela, casi en un susurro.
- Pues sí, verdaderamente lo hacen muy bien.- le respondí.
- Esta escena me trae a la memoria las veces que vos y mi hija interpretabais juntos.- me dijo.
- Es lo mismo que me ocurre a mí.- le repliqué.- Cada vez que los escucho me vienen a la cabeza esos agradables recuerdos, me encantaban esos momentos junto a Ella.
- Yo también era muy feliz viendo como tocabais los dos juntos.- me dijo la Madre de Ella.- Al igual que ahora me siento feliz de ver a estos dos jovencitos interpretando juntos.
- Además de sentirme feliz de escucharles,- comenté.- me siento orgulloso de lo bien que lo hacen, ambos son mis alumnos más aventajados, y como su profesor me siento orgulloso de ellos.
Una vez que los jóvenes terminaron su obra musical, los cuatro adultos le aplaudimos por tal interpretación, la ovación duró unos minutos lo que provocó que se dibujase unas amplias sonrisas en los rostros de los jóvenes artistas, que saludaban una y otra vez haciéndonos unas reverencias, lo que parecía tan divertido que al final todos reíamos a carcajadas.
Una vez concluida la velada Juan, María, Carlos y yo nos despedimos de nuestra anfitrionas, agradeciéndoles por tan deliciosa cena y por los agradables momentos que habíamos pasado en su casa, prometiéndoles volver a repetir esta experiencia en un futuro muy próximo.
Una vez en la intimidad de mi alcoba, tumbado sobre la cama, contemplando el techo, reflexionaba sobro todo lo ocurrido este día.
- Sé que estáis aquí, puedo oler vuestro perfume.- dije en voz alta.
- ¡Buenas Noches, Amor Mio!- me saludó Ella.
- ¡Buenas Noches, Cariño!- le devolví el saludo.- ¿Que tal ha sido vuestro cumpleaños?
- ¡Perfecto, ha sido perfecto!- me respondió.- He tenido los mejores regalos, os tengo a vos y he podido ver a mi querida Madre.
- No sabéis cuanto me alegro por vos.- le comenté.- Me encanta veros así de feliz y contenta.
- Y todo ello os lo tengo que agradecer a vos.- me agradeció acercándose y dándome un beso en los labios.- Vuestro consejo me ha servido de mucho.
- Vuestra Madre ya me ha hablado de ello.- le comenté.- Estaba tan contenta porque la hayáis visitado en sus sueños, la ha hecho muy feliz.
- No solo ha sido eso.- me dijo.- La cena con todos ustedes también le ha hecho muy feliz.
- Nunca hubiese rechazado una invitación así.- le dije.- Ya sabéis que le tengo mucho cariño a vuestra Madre.
- Os tengo que agradecer mucho lo que hacéis por mí y lo que hacéis por mi querida Madre.- me agradeció Ella.
- Siempre me ha gustado ver feliz a la gente que quiero.- le informé.- Pero a vos no solo os quiero, OS AMO Y OS AMO MÁS QUE A MI PROPIA VIDA, PORQUE VOS SOIS MI VIDA.
- No digáis eso, ahora tenéis un hijo, y también tenéis a vuestro lado a Juan y a María.- señaló.
- Y también me siento contento por tenerlos cerca de mí, a todos ellos también les quiero mucho.- le comenté.- Pero si vos no hubieseis estado a mi lado, quizás mi vida hubiese tomado otros rumbos. Yo si que os doy las gracias por estar junto a mí.
- Estoy junto a la persona que amo.- me dijo dándome otro beso.- No tenéis que darme las gracias por ello.
Ella se tumbó en la cama junto a mí y me abrazó con fuerza. Yo también me abracé a Ella y en esta postura me quedé dormido. Fue un día agotador, pero también un día muy feliz para todos, en definitiva fue un gran día.
Unos días después el nuevo curso comenzó y todo volvía a ser trabajo y más trabajo en el Colegio y en el Conservatorio. Las vacaciones se habían terminado y nuestras vidas volvían a ser un poco más estresantes, pero era algo que no me importaba me gustaba sentirme así, me entusiasmaba dar clases y me agradaba sentirme ocupado.
Los días pasaban y poco a poco se acercaban las fechas navideñas, y estaba pensando en celebrar un baile para la celebración de la Navidad. Pensaba celebrar este baile en la Hacienda, y María junto a algunos profesores y profesoras me estaban ayudando de muy buen grado en estos menesteres.
Pero algo raro le notaba a María, no parecía sentirse muy bien ultimamente, parecía como si estuviese enferma y como más débil de lo normal. Cierto día cuando quedaban pocos días para las vacaciones Navideñas, noté como María comenzaba a sentirse mal en los pasillos del Colegio, al verla así me dirigí hacia ella.
- María no tenéis buena cara, parecéis enferma.- le dije.- Si no os encontráis bien, volved a casa y tomaros el día libre.
- No, estoy bien, no me pasa nada.- me dijo María.
- No podéis engañarme, tendríais que visitar al médico.- le aconsejé.
- No os preocupéis tanto.- me dijo con una sonrisa.- Os repito que me encuentro bi....
En ese preciso momento sin terminar María de hablar sus ojos se volvieron blancos y se desplomó, por fortuna estaba lo suficientemente cerca como para agarrarla antes de caer al suelo. Tomé a María que estaba inconsciente en brazos, y me dirigí a mi despacho, por allí andaba Soledad, la profesora de violín, y le pedí a esta que avisara a algún sirviente para que buscase al doctor, lo más urgentemente posible, Soledad corría por los pasillos obedeciendo mi petición.
Recosté a María en un sofá que había en mi despacho, y por mucho que intentaba despertarla María no respondía a mis suplicas. Unos minutos después Soledad llegó a mi despacho portando una palangana con agua fría y un paño.
- Ya han salido en busca del doctor, Señor.- me informó Soledad mientras dejaba la palangana sobre la mesa cercana al sofá.
- Gracias Soledad. María sigue sin reaccionar.- dije angustiado, arrodillado junto a María.
- Por favor, dejadme que me ocupe de María.- me pidió Soledad, que estaba empapando el paño en el agua fría.
- Ocupáos de ella, yo solo sería un estorbo.- le dije dejándole espacio para acercarse a María.
Soledad refrescó la frente de María con el paño húmedo y poco a poco María volvió en sí.
- ¿Que ha pasado?- preguntó María al despertarse.
- Os habéis desmallado.- le respondió Soledad.
- Menudo susto nos habéis dado.- le dije cogiéndola de la mano.
- Lo siento.- se disculpó María.- No era mi intención haceros pasar un mal rato.
- No seáis necia, no os disculpéis por estar enferma.- le dije.- Hemos avisado al médico y en breve estará aquí.
- ¿Como se encuentra María?- preguntó Encarna, la profesora de literatura, que entró corriendo en el despacho muy preocupada.
- Ya está despierta.- le respondí.- ¿Podrías ir a avisar a Juan? Por favor.
- Claro que sí, enseguida voy.- respondió Encarna.
- ¡Esperad!- gritó María.- Por favor, no le aviséis a Juan.
- ¡¿Pero María?!- exclamó Soledad, a todos nos había sorprendido esa petición.
- ¡Por favor!- volvió a pedir María.
- Esta bien María, será como vos queráis.- le concedí.
Poco tiempo después llegó el médico, en realidad era una joven médica, nueva en la Villa, llamada Mónica, esta doctora me hizo salir del despacho, solamente permitió a las damas estar en el despacho mientras reconocía a María. Yo esperaba nervioso fuera del despacho mientras examinaban a María.
Tras unos minutos de espera que a mí me parecieron eternos, la doctora salió de mi despacho.
- ¿Como se encuentra?- pregunté a la doctora abordándola muy nervioso.
- Se encuentra bien, no es nada grave.- me respondió la doctora.
- Disculpad mis modales, la preocupación me mata.- me disculpé.- Mi nombre es...
- Ya sé quien sois, Señor, aunque nunca nos hemos visto antes. Me llamo Mónica.- se presentó con una sonrisa.
- Gracias por venir tan deprisa.- le agradecí devolviéndole la sonrisa.- ¿Como está la paciente?
- Está bien, pero en su estado debe llevar una vida más tranquila y no esforzarse mucho.- me respondió amablemente.
- ¿En su estado?- pregunté deseoso de saber.
- Está embarazada, de unos dos meses.- me contestó volviendo a sonreirme.
- Pero que buena noticia.- exclamé lleno de júbilo.
Acompañé a la doctora hasta la salida y le pagué sus honorarios, pedí a uno de los sirvientes que acompañase a la doctora Mónica hasta la Villa. Después volví corriendo hasta mi despacho. Las tres mujeres estaban muy contentas por la noticia, y tanto Soledad como Encarna felicitaban a María.
- Enhorabuena, María.- le felicité.
- Gracias, era algo que ya sospechaba.- me dijo María.- Pero debo pediros algo.
- Pedidme lo que queráis.- le otorgué a María.
- Dejad que sea yo quien se lo cuente a Juan.- pidió.
- Desde luego, debéis ser vos quien le dé esa noticia a Juan.- le concedí.- Todos guardaremos silencio.
Las dos profesoras asintieron con la cabeza, guardando el secreto de su embarazo.
- ¿Cuando pensáis contárselo a Juan?- preguntó Soledad.
- He pensado hacerlo en el baile de Navidad.- contestó María.
- ¡Que estupenda idea!- exclamó Encarna.
Pocos días quedaban para el baile, me parecía muy bien que María fuese quién le diese a Juan esa gran noticia y la verdad que el hacerlo durante el baile me parecía una genial idea. Sé que a Juan le haría muy dichoso el ser padre, esa noticia hace dichoso a cualquier hombre.
La casa estaba engalanada para el baile y fueron repartidas muchas invitaciones entre las gentes de la Villa, muchas de alto postín y otras de no tan alto rango, también fueron mandadas invitaciones a las familias de los alumnos pero pocas fueron las que confirmaron su asistencia, la distancia era un gran obstáculo para poder venir. Pero por lo demás fueron confirmadas muchas asistencias.
La gente disfrutaba del baile, una orquesta tocaban bellas melodías que los invitados al baile bailaban, Carlos bailaba con Annabella, la Madre de Ella lo hacía con el Alcalde de la Villa, María lo hacía con Juan. No podía evitar dejar de observar a María, que lucía radiante con un hermoso vestido de color rojo, esperaba el momento el cual le contase a Juan la gran noticia, y al parecer no era el único, Encarna y Soledad no apartaban la mirada de la pareja.
- ¡Buenas Noches, Señor! Es un fantástico baile.- me dijo una voz que me hizo dejar de mirar a Juan y a María.
- ¡Buenas Noches, doctora!- saludé a quién me hablaba.
- Gracias por la invitación.- me agradeció la doctora.- Por favor, llamadme Mónica.
- De nada,... Mónica, es un placer teneros en mi casa.- le dije.- Estáis muy bella esta noche.
- Sois muy galante.- agradeció Mónica mi cumplido.- ¿Os apetece bailar?
- Será todo un honor bailar con vos.- le contesté extendiéndole la mano para acompañarla a la pista de baile.
Mónica y yo salimos a la pista y estuvimos bailando algunas piezas, y parecía que eramos el centro de atención, pues todos nos observaban y parecían comentar lo que estaban viendo, los cotilleos inundaron el salón. Pero yo seguía atento a María y Juan.
- Juan, he de contaros algo.- le dijo María a su esposo.
- Pues, vos diréis, querida.- replicó Juan.
- Ya sabéis que llevo unos días sintiéndome mal.- comenzó a contar María.
- Si, que lo sé, me tenéis preocupado.- dijo Juan.- Deberíais visitar al médico, y no dejarlo más.
- Ya me ha visitado el médico.- le informó María.
- ¿Estáis enferma?, ¿estáis bien?- preguntó Juan muy preocupado.
- No es nada grave, solo es que, es que....- María hablaba muy nerviosa.
- ¿Que es lo que os pasa?, me estáis alarmando.- preguntó Juan con mucha preocupación.
- Es que estoy esperando un hijo.- reveló María.- Vamos a ser padres.
Al recibir esta noticia Juan se quedó de piedra, inmóvil en mitad del baile, lo que hizo que todos prestáramos atención a la pareja. Juan seguía sin mover un músculo y sin articular ninguna palabra. María observaba a su marido esperando alguna palabra suya, pero Juan no hablaba, permanecía de pie sin moverse, como si fuese una estatua. María al contemplar la actuación de Juan, y ver la reacción de todos los invitados al baile, ya que todos habían dejado de bailar y estaban contemplándolos a los dos, las lágrimas inundaron los ojos de María, y ésta salió corriendo del salón y subió corriendo las escaleras que conducían a la planta superior de la casa, donde estaban los dormitorios. Pero lo más extraño es que Juan seguía allí, en mitad del salón, sin ni siquiera pestañear. ¿Como se había tomado Juan esta gran noticia?