domingo, 27 de noviembre de 2011

UNA NUEVA VIDA. 19ª Parte: La Vuelta a Casa.

Mañana es un día muy especial para una gran amiga mía, es su cumpleaños. Con el permiso de todas aquellas personas que visitan este blog, quisiera dedicarle este capítulo a esa gran amiga.
¡¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS, QUERIDA LADY AGATHA!!!

Carlos abrazaba a María, le había hecho muy feliz el retorno de su maestra y de Juan a casa. María también le abrazaba sonriente y le daba besos en la cabeza del muchacho que reía de lo contento que estaba.
- ¡Como me alegra vuestro regreso a casa!- le decía Carlos lleno de júbilo.
- También me alegra a mí estar de nuevo en casa.- le decía María, mientras le alborotaba el pelo.- ¿Que es todo este alboroto y disparos?
- Mi Padre me está enseñando a disparar, por fin ha aceptado enseñarme como se usan las armas de fuego.- le respondió.
- ¡Oh,,, vaya que bien!- dijo María con ironía, mientras me miraba, su mirada parecía acusadora, como si estuviese enfadada conmigo. Lo que hizo que me sintiera un poco incómodo, sus ojos se clavaban en mí como si fuesen dos puñales. Me temo que a María no le hacía mucha gracia que Carlos andase con armas.
- ¿Que tal os ha sido el viaje de Luna de miel?- le pregunté a los recién llegados y para romper ese incómodo silencio que se había creado.
- Ha sido un viaje formidable y encantador.- me respondió Juan, que pareció darse cuenta de las miradas que me dirigía María.- Os estoy muy agradecido por tal regalo.
- No es para tanto amigo mio. Debéis estar cansados del viaje, subid a vuestra alcoba y descansad un poco antes del almuerzo.- les aconsejé.- La clase ha terminado por hoy.
Los cuatro dirigimos nuestros pasos hacia la casa, Carlos y María caminaban juntos y aun seguían abrazados. Pedí a uno de los sirvientes que subiera el equipaje de Juan y de María a su nueva habitación, y estos les acompañó para asearse y descansar un poco antes del almuerzo, Carlos también subió a sus aposentos un momento antes del almuerzo, yo por mi parte fui a mi despacho para arreglar ciertos asuntos administrativos de la Hacienda, de los que me había estado ocupando mientras Juan estaba de viaje, ahora que Juan estaba de vuelta y una vez que comience el próximo curso, Juan volvería a ocuparse de estos menesteres.
Estando en el despacho todavía, alguien llamó a la puerta, yo autoricé que entrara, era María y aún parecía enfadada conmigo, entró como un torbellino en mi despacho cerrando la puerta dando un portazo.
- ¿Es qué habéis perdido la razón?- gritó María.
- Tranquilizaos María, sentaos y calmaos.- le pedí intentando relajarla.
- ¡Enseñarle a Carlos a disparar!- dijo mientras tomaba asiento.- ¡Estáis loco, completamente loco!
- ¡Por favor, María, relajaos, estáis muy alterada!- realmente estaba fuera se sí.
- ¿Es que no os importa la seguridad de Carlos? Podría hacerse daño o herirse con las armas de fuego.- aún seguía enojada.
- Por eso he decidido enseñarle a usar las armas de fuego.- le dije.
- ¡Loco, realmente habéis perdido la cabeza!- María se levantó y empezó a caminar de un lado para otro de la habitación, parecía como si mi respuesta le hubiese hecho enfadar aun más.
- Dejadme que os explique.- le pedí.
- No me pareció nunca buena idea que Carlos aprendiera esgrima, pero usar las armas de fuego es toda una locura.- comentó María sin dejar de moverse de un lado para otro, y las lágrimas asomaban en sus ojos.- Carlos podría darse un tiro accidentalmente.
Me levanté de la silla donde estaba sentado, me acerqué a María, y la cogí de los hombros deteniéndola en seco, la llevé hasta un sillón y la senté en él casi a la fuerza. Le serví un vaso de agua fresca que María bebió de un solo trago, ya por fin parecía algo más tranquila.
- ¡Bien! Ahora que parecéis más calmada, si me lo permitid os explicaré las causas, por las que le he enseñado el uso de las armas de fuego, ¿me escuchareis en silencio?- le pregunté mientras le miraba fijamente a los ojos y apoyaba mis manos en sus hombros.
María simplemente asintió con la cabeza, mientras clavaba sus ojos en los mios, todavía podía percibir su enfado en su mirada, pero parecía dispuesta a escucharme.
- En un principio pensaba como vos...- comencé a explicarle.
- Entonces, ¿por qué....?- protestó María.
- Sssshhhh...- le interrumpí.- En silencio, escuchadme en silencio, hasta que termine mi explicación.
María parecía conforme y guardó silencio, para escuchar lo que tenía que decirle.
- Yo también tenía miedo de que Carlos pudiera herirse con las armas, y en un principio me negué a hacerlo cuando Carlos me lo pidió, y mi hijo se enfadó mucho, incluso me negó la palabra durante todo un día.- María parecía querer decir algo, pero antes de que abriese la boca, apoyé mis dedos en su boca, con lo que María rehusó hablar.- Después de mucho meditarlo, llegué a pensar que Carlos en su curiosidad, como niño que es, podría llegar a buscar un arma y manipularla sin saber como, lo que sería muy peligroso para él, pensé que la mejor opción para evitar este riesgo era que Carlos aprendiese a manejarlas. Si Carlos aprendía a usarlas se elimina el riesgo de accidente por un mal uso de ellas. ¿Habéis comprendido mis razones para hacer lo que he hecho?- le pregunté a María, y de esta manera le dejaba hablar de nuevo, quería conocer su opinión.
El rostro enfadado de María pareció cambiar, durante unos segundos parecía estar pensando que contestarme, se levantó del sillón y paseó lentamente por el despacho, con los brazos cruzados, mientras meditaba su respuesta. Por un momento se detuvo en silencio unos segundos, pero al instante comenzó con su paseo mientras pensaba, cosa que le llevó unos minutos, mientras yo esperaba pacientemente.
- Creo que os debo una disculpa.- me dijo María, deteniéndose delante de mí.
- No es necesaria, vuestra preocupación, me indica el cariño que le tenéis a Carlos.- le dije.
- Admito, que tenéis mucha razón en vuestra lógica.- afirmó María.- Ahora os comprendo.
- Bien, ahora entendéis porque lo he hecho de este modo.- le dije.- ¿Ya pasó vuestro enojo?
- La próxima vez informadme de estas cosas.- me dijo dándome un leve golpe en el hombro, y volviendo a sonreír.- Perdonadme por enfadarme antes de hablar con vos.
- No os preocupéis por ello.- le dije a María.- Se el aprecio que le tenéis a Carlos, y es muy normal vuestra preocupación por él.
- Gracias por vuestra comprensión.- me agradeció María.
- No es nada, María.- le resté importancia.- Pero la próxima vez antes de enfadaros, mejor lo hablamos.
- Es que soy muy impulsiva y en ocasiones no pienso las cosas antes de decirlas.- decía a la vez que se daba un ligero golpe en su cabeza.
- Sois directa y muy sincera, y esa es una virtud que me agrada de vos.- le dije a María mirándole directamente a los ojos.- ¿Que tal si vamos al comedor para almorzar? Seguro que ya nos están esperando.
- Tenéis razón, Carlos y mi esposo deben estar esperándonos.- exclamó María, como si se hubiese olvidado de la hora que era.- Os vuelvo a pedir mil perdones por mi actitud de hace unos minutos.
- No seáis necia, ya todo está olvidado. ¿Vamos a almorzar?- le pregunté ofreciéndole mi brazo.
María regalándome una de sus hermosas sonrisas se abrazó a mi brazo y ambos nos fuimos hacía el comedor, donde ya nos estaban esperando Juan y Carlos. Al entrar María y yo al comedor Juan y Carlos nos saludaron levantándose de sus asientos.
- ¡Por fin! Tengo hambre.- protestaba Carlos.
- Lo siento, nos hemos retrasado un poco.- se disculpaba María.
Juan nos miraba algo extrañado, y con su mirada parecía querer preguntar, pero con una simple mirada él comprendió. Nos conocemos desde hace tanto tiempo que nos entendemos con tan solo mirarnos a la cara.
Todos nos fuimos sentando en la mesa y estuvimos almorzando disfrutando de una agradable conversación, como era normal todos teníamos preguntas que hacer después de tanto tiempo sin vernos.

- ¿Y como fue vuestra Luna de Miel?- preguntó Carlos con curiosidad.
- Fue muy divertida y agradable.- comentó María.- Estuvimos visitando toda la ciudad de París, todas sus calles y rincones, los Campos Elíseos, el Arco del triunfo...
- ¿Qué es lo que más os gustó del viaje?- les pregunté.
- Sin lugar a dudas, El Palacio de Versalles.- respondió Juan.
- Realmente es precioso, sus jardines, sus fachadas, sus hermosos salones...- añadió María mientras parecía recordar.



- Verdaderamente es asombroso e impresionante, con tanta pompa y lujo.- les dije.- Quedé muy impresionado la primera vez que lo visité.
- Debo agradeceros vuestra recomendación, sin vuestra ayuda nunca nos habrían dejado visitarlo.- agradeció María.- Mesiè Baudelaire os manda saludos.
- El gran granuja y bribón.- recordé con alegría.- Aún tengo buenos amigos en París.
- Eso me recuerda que os hemos traído unos regalos.- nos informó Juan.
- ¿Qué me habéis traído de Francia?- preguntó impacientemente Carlos.
- Un momento, enseguida vuelvo.- Juan se levantó de la mesa y salió del comedor.
Carlos miró a María con curiosidad, esperando que ella contestase a su pregunta, pero esa respuesta no llegó.
- Es una sorpresa, espera a que Juan llegue y lo sabrás.- le dijo María con una sonrisa picarona dibujada en su rostro.
En cuestión de unos minutos Juan volvió portando, una caja alargada y un portadocumentos, en sus manos. Entregó la caja alargada a Carlos.
- Aquí tenéis vuestro regalo, podéis abrirlo.
Carlos no tardó en abrir la caja, que contenía un juego de floretes, y sacó uno de la caja.
- Son unos floretes formidables, os lo agradezco mucho.- Carlos estaba muy contento con su presente.- Mirad Padre, de hoy en adelante practicaremos con estos nuevos floretes.
- Y este es vuestro regalo.- Juan me dijo ofreciéndome el portadocumentos.
Lo abrí con sumo cuidado y estaba lleno de partituras de música, que eran desconocidas para mí.
- Gracias, amigos mios.- les agradecí.
- Son partituras de composiciones recientes para piano.- me informó María.
- Os lo agradezco mucho, así ampliaré mi repertorio con nuevas obras.- comenté.
- ¿Y solamente estuvisteis visitando lugares y comprando regalos durante vuestra estancia en París?- preguntó Carlos.
- Claro que no, también conocimos las costumbres francesas, su moda, sus vinos, su gastronomía...- señaló María, y con típica sonrisa burlona continuó.- Y también hicimos otras cosas.
- ¿Que cosas fueron esas?- la curiosidad de Carlos no tenía límites.
- Esos es algo que no os importa.- le respondió María a Carlos a la vez que le pellizcaba la mejilla.
- ¿Y como fue vuestro viaje de regreso a casa?- preguntó Juan algo avergonzado tratando de cambiar de tema.
- Emocionante, muy didáctico y disfrutando de todas las ciudades que estuvimos visitando.- le respondí.
- Y hasta nos asaltaron en Zaragoza.- añadió Carlos.
- ¿Pero os hirieron, os dañaron, estáis bien?- María parecía muy alarmada por esta información.
- Tranquila, no pasó nada, ni corrimos ningún riesgo. Solo era un pobre hombre que tenía que alimentar a su familia.- intenté tranquilizarla.
- ¿Pasastes mucho miedo?- preguntó María a Carlos.
- Nada he de temer cuando mi Padre esta a mi lado.- dijo mi hijo.- Mi Padre desarmó al asaltante rápidamente, no hubo ningún peligro, y al final le dió unas monedas a ese pobre hombre.
- Ufffff, menos mal que no pasó nada.- María respiró aliviada.- Menuda experiencia.
- Fue un viaje muy divertido y conocí muchos sitios y lugares.- comentó Carlos.
- Eso me recuerda una cosa.- María miró fijamente a Carlos.- ¿Recortais que os dije que os haría un examen de vuestro viaje?
- Por favor, que aun estamos de vacaciones.- protestaba Carlos.
- Demos un paseo por los jardines, mientras os hago algunas preguntas sobre lo que habéis visto en vuestro viaje.- propuso María.
- Esta bien.- a Carlos no parecía agradarle mucho la idea.- ¿Me guardáis los floretes, Padre?
- Vale, yo cuidaré de guardarlos.- le dije.
Carlos y María se levantaron y salieron al jardín juntos, María le echo su brazo a Carlos sobre los hombros, como si quisiera evitar que Carlos huyera de su lado. Mientras Juan y yo pasamos a la Sala, para tomar una copa de brandy.
- ¿Qué tal os ha ido con María?- me preguntó Juan.- Estaba que se la llevaban los demonios.
- Estaba totalmente fuera de control cuando vino a verme al despacho.- le comenté.
- Lo lamento, no pude detenerla.- se disculpó Juan apenado.
- No tiene la menor importancia.- le dije.
- Se puso de tan mal humor cuando vió que estabais enseñándole a Carlos a disparar, pensaba que podría herirse con un arma.- me explicó.- Y es tan temperamental, que no sabía como iba a actuar María.
- Jajajajaja.., llegó hecha una furia, y me costó explicarle que le enseñé a Carlos a usar las armas de fuego, para evitar que en el futuro, pudiera herirse con una por no saber manejarlas.
- Sabía que teníais una buena razón.- exclamó Juan.
- Yo no quería enseñarle, pero después de consultarlo con... la almohada, cambié de opinión.- le informé.
- ¿Os ha molestado el enfado de María?- preguntó Juan.
- Para nada, María quiere mucho a Carlos, y era normal que estuviese preocupada por él.- le dije.- Una vez que le expliqué mis razones pareció comprenderlo.
- Pensé que podríais enfadaros con María, por esa actitud tan impulsiva.- comentó Juan.
- No, amigo mio, no podría enfadarme por una cosa así.- le informé.- Esa actitud tan impulsiva que tiene María es algo que me divierte mucho, es parte de ella.
- Si, cuanta razón tenéis, ella es como es.- meditó.- Por cierto, he de agradeceros el nuevo alojamiento, pero no debisteis molestaros.
- No es ninguna molestia, es lógico pensar que ahora necesitáis más espacio y algo de intimidad.- le dije.- Además esas habitaciones están vacías, no se le puede dar un mejor uso que ese.
- Sois muy amable, siempre os habéis portado muy bien con nosotros.- agradeció.
- Recordad que siempre os he considerado, tanto a vos como a María, como de la familia.- le dije.
La conversación cambió de tema, y estuvimos charlando de nuestros respectivos viajes, de todo lo que Juan y María habían vivido en su Luna de Miel y del viaje con mi hijo recorriendo diversas ciudades de España. Mientras Carlos y María disfrutaban de un placentero paseo por los jardines, al menos para María era placentero, para Carlos no lo parecía tanto.
Esa misma noche poco antes de irme a la cama, estaba en la sala del piano, interpretando algunas de las nuevas partituras que me habían regalado Juan y María, tenía mucha curiosidad por escuchar como sonaban, y no pude esperar mucho tiempo para ponerme al piano e interpretarlas. Eran unas sinfonías verdaderamente muy bellas, cargadas de sensibilidad y sentimientos, se notaba que sus autores las habían creado con el corazón y el alma.
- Hermosa melodía, Amor mio.- me saludó Ella apareciendo de improviso, como solía hacer siempre.
- Buenas noches, Vida mía.- le saludé, dejando de interpretar al piano.- Son unas partituras que me han traído Juan y María de Francia, de su Luna de Miel.
- Es algo que ya sabía.- exclamó.- Me alegra mucho que ya estén en casa, se les echaba mucho de menos.
- Eso sin duda, ya son partes de esta casa.- le dije.- Son parte de esta familia.
- También sé lo de esa discusión con María.- me informó sonriente.
- Más que una discusión, fue una malentendido.- le corregí.
- Jajajajaja..., menudo genio que tiene María.- se reía Ella.- Se nota el cariño que siente por Carlos.
- Así es, lo quiere mucho.- le dije.- Es por eso que le estoy muy agradecido a María.
- Es una chica única.- comentó Ella.- Y muy especial.
- Me costó explicarle mis razones.- le comenté.- Pero una vez explicadas, me entendió, comprendió porque había actuado de esa manera.
- En el fondo María es muy comprensiva.- dijo.- Aunque en ocasiones también es muy temperativa.
- Siempre ha sido muy clara y directa.- le dije.- Pero eso lo considero como una virtud, no como un defecto. También sé que se preocupa mucho por todos nosotros.
- Verdaderamente es toda una joya esta chica.- comentó Ella.- Me alegro mucho de que Juan se haya casado con una mujer así.
- Son una pareja muy feliz.- afirmé.- Y siempre serán felices.
- ¿Tan felices como nosotros?- preguntó Ella.
- Tan felices como nosotros.- le respondí.
Ella se acercó a mi y me dió un cálido beso en los labios, se sentó junto a mí en el taburete del piano, y apoyando su cabeza en mi hombro me pidió:
- ¡Por favor!, continuad tocando esa dulce melodía, que tocabais anteriormente.
- Solo os pido una condición para ello.- le pedí.
- Decidme, ¿que es lo que deseáis?- me preguntó.
- Tan solo deseo pasar esta noche con vos.- le contesté.
- En ese caso vuestro deseo será concedido.- me permitió Ella.
Yo besé su negra cabellera y volví a tocar el piano, mientras que Ella continuaba con su cabeza apoyada en mi hombro, cerró sus ojos y comenzó a disfrutar de los sonidos que salían de las teclas de mi piano.
Pasado poco más de una hora en la sala del piano, Ella y yo nos fuimos a mi alcoba y nos metimos en la cama, tan solo nos metimos en la cama abrazados, a Ella le encantaba apoyar su cabeza en mi pecho para poder oír los latidos de mi corazón, Ella sabía que mi corazón latía por Ella, y a mí me encantaba sentirla junto a mí, sentir su piel rozando con la mía, y poder deleitarme con su aroma, un encantador aroma a jazmín. Y así los dos abrazados, no habíamos tardado mucho tiempo en quedarnos placidamente dormidos, totalmente felices, el uno abrazado al otro, los dos juntos.
En los siguientes días Juan se fue incorporando poco a poco a sus tareas como administrador de la Hacienda, lo que me permitía disfrutar de más tiempo libre a mí. Yo seguía dándole clases a Carlos, de piano, equitación, esgrima y ahora también me había convertido en su maestro de armas, pero por las tardes me ocupaba de los asuntos del Colegio y del Conservatorio de Música, María se estaba ocupando de estos menesteres durante casi todo el día, pero por las tardes siempre le echaba una mano. Día a día se acercaba la fecha de inicio del nuevo curso, la mayoría de los profesores ya habían regresado de sus vacaciones y preparaban los nuevos temarios para el siguiente curso. También algunos de los alumnos que venían de lejos habían vuelto al Colegio, y para nuestra gran sorpresa, muchos nuevos alumnos se habían inscrito en nuestro colegio, la mayoría de estos nuevos alumnos eran familiares o amigos de nuestros alumnos habituales y habían deseado continuar los estudios en nuestras instalaciones.
Una tarde, faltando unos pocos días para el comienzo del curso, recibimos en casa una grata visita de ciertas Damas, a las que tenía cierto respeto y admiración, estas dos Damas, no eran otras que la Madre de Ella y su preciosa nieta Annabella.
- ¡Mi Señora, querida Annabella, bienvenidas a mi hogar!- les dí la bienvenida, y las hice pasar a usa sala para poder hablar con ellas.
- ¡Gracias, Querido! Siempre tan cortés.- me saludó la Madre de Ella.
- ¡Buenas tardes, Profesor!- me saludó Annabella.
- ¡Buenas tarde, pequeña Damisela!- le devolví el saludo.
- ¿Podría preguntaros, donde se encuentra Carlos?- me preguntó la pequeña.
- Claro jovencita, sino estoy confundido, creo que se encuentra en los jardines jugando o dando un paseo.- le contesté.
- ¿Os importaría si fuese a verle?- volvió a preguntarme.
- Por supuesto que no.- le respondí.- Seguro que Carlos se alegra mucho de veros.
- Muchas gracias.- me agradeció Annabella.- Con vuestro permiso, abuela.
- Puedes ir a ver a Carlos.- le concedió su abuela.
La joven Annabella salió de la sala y se dirigió a los jardines, para poder reunirse con su amigo. Se habían hecho muy buenos e inseparables amigos.
- ¡Esta chica! Ha echado mucho de menos a Carlos.- afirmó la Madre de Ella.
- Carlos también ha echado de menos a Annabella, ellos se han hecho muy buenos amigos.- le comenté.
- Perdonad que nos hayamos presentado en vuestra casa sin avisar, justo acabamos de llegar de Nápoles.- se disculpó.
- No hay nada que disculparos.- le dije.- Hoy cenaréis aquí y así podremos charlar tranquilamente, hace meses que no nos vemos.
- No quisiera molestaros.- dijo la mujer.
- Insisto, me lo tomaría como una ofensa, si rechazáis mi invitación.- le dije sonriéndole.
- En ese caso aceptaré.- dijo.- Lamentaría mucho ofenderos.
- Por cierto, mi hijo Alberto os manda saludos.- me informó.
- Espero que se encuentre bien, cuantos años hace que no le veo.- le dije.
- ¿Y como les va a los recién casados?- preguntó la Dama.
- Viven contentos y felices.- le informé.- Seguro que le agradaría volver a veros.
- A mí también me encantaría volver a verlos.- dijo.
- Durante la cena nos reuniremos todos y podremos charlar todos juntos.- le dije.
Poco tiempo después llegó la hora de la cena, a Carlos, a María y a Juan, les agradó mucho que tuviesemos invitados a la mesa. Durante la cena nuestras invitadas nos pusieron al día de los acontecimientos que les ocurrieron durante las vacaciones en Italia, y nosotros hicimos lo propio contándoles todo lo que habíamos hecho durante el verano, y sobretodo prestaron mucha atención a lo que contaban María y Juan sobre su Luna de Miel. Siempre es agradable tener visitas en casa, y más cuando las visitas son personas tan queridas.
Después de la cena la velada concluyó en la sala del piano, tomando unas copas de vino, pero los más jóvenes tomaron un vaso de limonada fresca. Como era habitual en estas veladas acabé dando un recital para mis invitadas, y estuve interpretando las nuevas melodías de las partituras que me habían regalado Juan y María, a decir verdad, nadie me había oído interpretar ninguna de estas melodías salvo Ella. La velada se alargó hasta casi la media noche, cuando esta acabó nuestras visitantes se marcharon a su Mansión acompañadas por sus sirvientes, que fueran acompañadas me hacía sentir mejor, no es muy seguro para dos mujeres andar por la noche a solas.
Esta misma noche mientras estaba tumbado en mi cama, estaba pensando en lo que me había ocurrido durante el día de hoy, y como era tan habitual siempre que estaba a solas recibía la visita de la persona más amada para mí.
- ¿En que estáis pensando en esta estrellada noche?- me preguntó Ella.
- En los acontecimientos de hoy.- le respondí.
- ¿En serio?- volvió a preguntarme.
- No puedo evitar pensar en vos cada vez que veo a Annabella.- le contesté.- Recuerdo esos momentos de cuando eramos unos niños y jugábamos juntos.
- Al ver a Annabella y a Carlos juntos, yo también recuerdo esos momentos felices.- me dijo.- Pero no os pongáis triste por ello.
- No estoy triste, es todo lo contrario.- le dije.- Me siento feliz cada vez que recuerdo esos hechos, y los recuerdo todos y cada uno de ellos.
- Me ha encantado volver ver a mi Madre y a mi sobrina.- dijo Ella con voz melancólica.
- Ahora parece que sois vos la que estáis triste.- le dije acariciándole la mejilla.
- Hice mi elección, y elegí quedarme con vos, a vuestro lado.- me dijo Ella sonriéndome.
- ¿Os habéis arrepentido alguna vez de vuestra elección?- le pregunté.
- ¡No, nunca! Soy feliz a vuestro lado.- me respondió tumbándose a mi lado.- Pero no puedo evitar echar de menos a mi familia.
Me sentía impotente, no sabía como ayudarle, comprendía lo que Ella sentía, pero por mucho que le daba vueltas a la cabeza no encontraba ninguna solución a esta cuestión. Lo único que pude hacer fue abrazarla para intentar consolarla. Ella se quedó dormida mientras le abrazaba, pero yo apenas pegué ojo en toda la noche, pensando en esas cosas.
A la mañana siguiente Ella no estaba a mi lado, debí quedarme dormido por un momento antes de que Ella abandonara mi lado. Durante los siguientes días estuve pensando una solución para el problema de Ella, y creo haber encontrado una solución para ello, solo espero que mi solución sea la más adecuada.