miércoles, 13 de julio de 2011

VENUS Y LA MUERTE, DE COVENTRY PATMORE.

En áureos grilletes yacían sus pies cautivos,
Dulcemente asoleados;
En aquella palma la amapola, el Sueño;
En ésta la manzana, la Dicha;
Contra el flanco suave de su Esposa y Madre,
Un pequeño Dios prosperó.
Y en ellos una Muerte En Vida asquerosamente respiró
Por un rostro que era una reja de dientes.
Levantaos, oh Ángeles, levantad sus párpados,
¡No sea que él los devore a los dos!

sábado, 9 de julio de 2011

UNA NUEVA VIDA. 14ª Parte: Annabella.



El asunto del Colegio y el Conservatorio de Música iba viento en popa, todo se estaba resolviendo muy bien, hicimos todos los arreglos pertinentes en la casa de Don Gabriel para adaptarla a nuestros fines. Tuvimos que comprar el mobiliario necesario: pupitres, pizarras, instrumentos musicales, camas para los dormitorios, todos los muebles que necesitábamos para el Colegio. Y después de unas cuantas semanas de duro trabajo todo estaba listo para la apertura. En una semana abriríamos las puertas del Nuevo Colegio y del Conservatorio de Música.
Hicimos correr la voz de la apertura del Colegio y del Conservatorio de Música, y al cabo de poco tiempo las solicitudes de admisión comenzaron a llegar, nos llegaron muchas solicitudes de los niños de la Villa para el colegio, hasta aquí todo normal. Pero para el Conservatorio de Música nos llegaron solicitudes de toda la Alpujarra, de toda Andalucia, y de toda España. Incluso nos llegaron solicitudes del extranjero, y una que me llamó mucho la atención, era la de una muchacha que me escribió desde Nápoles, en Italia, me decía que conocía mi fama como concertista de piano y quería estudiar en mi Conservatorio, quería estudiar con el mejor. Tanto me llamó la atención esa petición que la acepté de momento, pero lo más extraño de todo esto era que en ningún momento esta chica mencionó cual era su nombre.
Por supuesto que cuando todo esto ocurría no dejamos de lado nuestras tareas habituales, María seguía dando sus clases a Carlos y a los demás niños de la Hacienda, yo seguía con mis trabajos administrativos de la Hacienda, en los que Juan me ayudaba mucho, pues pronto le daría el relevo y tendría que hacerlo él solo. Y por supuesto seguía dándole las clases a Carlos, las clases de piano, de equitación y de esgrima. Carlos insistía en que también le enseñara el uso de armas de fuego, pero esa idea no me gustaba mucho, seguía pensando que era demasiado joven para usar armas de fuego, me asustaba que pudiera hacerse daño con ellas, aún tendría que esperar para aprender esas cosas.
Era sábado, un estupendo día de finales del verano, no era un día muy caluroso, a pesar de ser aún verano. El día transcurrió en completa tranquilidad y descanso, era lo propio pues para el lunes estaríamos muy ocupados, el lunes será la gran apertura.
Durante la tarde decidimos ir a merendar al río, para relajarnos y alejarnos de todo este ajetreo de los últimos días. Y después de disfrutar de una deliciosa merienda en compañía de mi hijo y de mis grandes amigos Juan y María, estaba con mi familia, una familia fuera de lo común, pero al fin y al cabo, mi familia, Carlos disfrutaba jugando en el río con los pies metidos en el agua, intentando atrapar a los peces con sus propias manos. María y Juan paseaban por la orilla del río a la sombra de la arboleda, disfrutando de una conversación que parecía muy amena, y de vez en cuando se les podía ver ndose un fugaz beso, un romántico paseo de enamorados. Me sentía muy contento viendo a los demás tan felices y disfrutando de un hermoso día en el río, por mi parte yo me aparte a la sombra de un gran álamo, y sentado a su pie apoyando mi espalda en su tronco, disfrutaba de la lectura de un libro, un libro de poesía.
Así transcurrió la tarde, disfrutando todos junto al río, disfrutando de tanta paz, en momentos como estos suelo acordarme de momentos del pasado, de aquellos momentos con Ella, de como jugábamos en el río cuando eramos niños, chapoteando en el agua, como hoy lo hace Carlos, y unos cuantos años después como solíamos ir a merendar y a pasear por la orilla del río, igual que ahora lo hacía Juan y María, y como olvidar aquel día que le pedí en matrimonio, pero en el que Ella me rechazó y ya sabemos todos por qué lo hizo.Normal que en estos momentos esté acordándome de Ella, pues mañana es un día muy especial.
Después de pasar toda la tarde en el río, volvimos a casa y al llevar la calesa a las cocheras, le ordené al mozo de cuadras que me ensillara a Lucero Negro para salir más tarde, tenía un asunto que resolver, un asunto privado y muy personal.
Tras la cena y después de pasar unos agradables momentos de charla con "mi familia", cuando todos ellos se retiraron a sus alcobas, recogí ciertos utensilios, que metí en las alforjas de mi caballo, monté en él y partí rumbo a la Villa. Era una hermosa noche de Luna Llena, esta noche la Luna brillaba con un tono rojizo, que le daba a la noche un toque de misterio, seguro que los ancianos supersticiosos dirían que es un mal augurio, pero a mí me parecía que la Luna estaba más hermosa que nunca.
Crucé el pueblo en completo silencio, nadie había en sus calles, ni siquiera se veían a los gatos y perros callejeros que siempre estaban rondando por las calles.
A los pocos minutos de cruzar el pueblo había llegado por fin a mi destino, me bajé de la montura, la até al picadero, y después de coger los objetos guardados en las alforjas, abrí la puerta del cementerio, que como siempre chirreaba haciendo un gran estruendo, y pasé adentro.
Me dirigí hacia la tumba de Ella, coloqué las cosas que llevaba sobre la tumba. Los objetos que coloqué sobre la tumba de Ella eran, una manta, dos rosas, una roja y una negra, una botella de vino blanco, y dos copas, y por supuesto un sacacorchos. Extendí la manta en el suelo junto  a la tumba y utilizando el sacacorchos, abrí la botella de vino y serví las dos copas de vino. Justamente en ese momento, en el reloj de la Iglesia del pueblo sonaban las doce campanadas que daba paso a un nuevo día. Levantando mi copa de vino, mirando hacia la tumba, dije:
- ¡Feliz Cumpleaños, Mi Amor!
- Ya veo, que os habéis acordado.- me dijo Ella que apareció tras de mí.
- Como podría olvidarme de vuestro cumpleaños.- le dije a la vez que me giré para poder verla, y le ofrecí una de las copas de vino blanco.
- ¡Gracias Amor mio! Tú siempre tan detallista.- dijo muy sonriente y se acercó para darme un beso.
- ¡Por tu cumpleaños!- dije levantando mi copa, para hacer un brindis.
- ¡Por nosotros!- replicó Ella, golpeando ligeramente mi copa con la suya.
Ambos bebimos unos sorbos de vino de nuestras copas, y Ella tras beber de su copa, me abrazó y volvió a besarme, mucho más apasionadamente de lo que lo hizo antes, y después nos a pusimos cómodos sobre la manta extendida en el suelo, más bien nos tumbamos, los dos en el suelo mientras seguíamos abrazados.
- ¡Gracias por todo, Mi Vida!- me agradeció Ella.- ¡Gracias por este detalle, y por no olvidarte de mi cumpleaños!
- ¡Ehh! Ya sabéis que tengo buena memoria, para las fechas de los cumpleaños.- le informé en tono algo burlón.
- Si ya, tenéis memoria de elefante.- comentó siendo Ella también algo burlona.
- Os he traído unas rosas.- le comenté.
- Ya las he visto.- me replicó, cogiéndolas y acercándoselas a su pequeña nariz para oler su delicado perfume.- me encantan las rosas, siempre me traéis rosas.
- La primera vez que estuve aquí, os traje una rosa negra y otra roja.- le comenté.- y siempre os traigo lo mismo. La rosa roja representa el amor que siento por vos y la rosa negra, esa rosa representa ese terrible dolor que sentí al conocer la noticia de vuestra muerte.
- ¡Un momento!, no os pongáis triste.- me dijo Ella mientras me regalaba una sonrisa y me acariciaba la mejilla.- ahora estoy aquí con vos, siempre estaré con vos.
- Si eso es algo que ya sé.- le repliqué algo apenado.
- ¿Pero?- me preguntó clavando su mirada en mis ojos.
- Pero me gustaría que estuviéseis viva.- le dije.- Para poder despertaros todos los días con un beso y llevaros el desayuno a la cama, para daros las buenas noches con otro beso cada noche, para sentir la suavidad de vuestra piel y el perfume de vuestros cabellos mientras dormimos en nuestro lecho, para regalaros flores todos los días para celebrar un día más con vos, para tocar todos los días el piano mientras vos tocáis el arpa, para poder abrazaros y consolaros cuando estéis triste y apenada, para cuidar de vos cuando os sintáis enferma, para sentir vuestra lida mano sobre mi frente cuando yo esté enfermo, para miraros a los ojos y deciros "Os Amo" tan solo con la mirada miles de veces al día, para escuchar vuestras risas siempre que os riáis de mis chistes, para poder ver todos los atardeceres con vos a mi lado, para estrecharos contra mi pecho y que podáis oír los latidos de mi corazón, oír como con cada latido de mi corazón os digo: "Os Amo, Os Amo, Os amo,..."
- Lo lamento mucho, que no podamos hacer esas cosas.- me dijo Ella.
- No lo lamentéis.- le dije mientras le sonreía.- Cierto es que me gustaría hacer todas esa cosas, pero estoy contento de teneros así.
- A veces pienso que es mejor que me olvidéis.- me dijo Ella.- y que busquéis a una mujer para vivir esas experiencias.
- Nada de eso.- le repliqué mirándole a los ojos muy serio.- Todas esas experiencias solo quisiera vivirlas con vos, con nadie más, solamente con vos, nadie podría ocupar vuestro lugar.
- Es por todas estas cosas que os amo tanto.- me dijo Ella, mientras apoyaba su cabeza sobre mi pecho.- Es cierto, puedo escucharlo.
-¿Qué es lo que estáis escuchando?- le pregunté.
- Vuestros latidos.- me respondió.- realmente dice: "Os Amo, Os Amo", en cada latido, se escucha "Os Amo".
- Recordad siempre que ese corazón late por vos.- le declaré.- Solamente por vos, y que os pertenece por completo.
- Eso es algo que nunca podré olvidar. De igual modo, mi corazón os pertenece a vos.- me dijo Ella antes de volver a besarme.
- ¿Sabeis? Mañana será la apertura de la Escuela y del Conservatorio de Música.- le informé.
- Mañana es el gran día.- comentó Ella.- Seguro que todo será perfecto.
- Eso espero.- le repliqué.- Hemos trabajado mucho en ello.
- Todo ese trabajo se verá recompensado.- afirmó Ella.- ya lo veréis, tened confianza en ello.
- Lo cierto es que me siento muy nervioso con todo esto.- le conté.- ¿Y si todo es un fracaso?
- No fracasareis.- me animó.- Nunca habéis fracasado en nada, y no lo haréis ahora.
- Gracias por vuestro voto de confianza.- le agradecí.
- Siempre confiaré en vos.- me dijo.
- Y yo siempre os estaré agradecido por ello.- le repliqué.
Ella volvió a besarme de nuevo y permanecimos abrazados, tumbados sobre la manta durante mucho tiempo, totalmente en silencio mientras contemplábamos la Luna Llena y ese bello cielo tan lleno de estrellas brillando en el firmamento.
No sé cuanto tiempo estuvimos así, en silencio y abrazados, solamente sé que el sueño y el cansancio lograron vencerme, y al final me quedé dormido, dormido pero abrazado a Ella.
A la mañana siguiente me desperté en el cementerio junto a la tumba de Ella, hacia como un par de horas que ya había amanecido, pero al estar a la sombra de un ciprés, el sol no me molestó en absoluto. Me desperté totalmente descansado y feliz, muy feliz, pero algo me llamó la atención, estaba cubierto por una manta, que no era la mía, era una manta desconocida para mí, y además sobre la tumba de Ella había flores frescas, además de mis dos rosas, había otro ramillete de flores, un ramillete de rosas blancas, a Ella le gustaban mucho las rosas, sin importarle cual fuese su color. Estaba claro que alguien había visitado la tumba de Ella muy temprano, alguien que había depositado esas flores sobre la tumba y que me había abrigado a mí con esa manta mientras dormía.
En primer lugar llegué a pensar en la familia de Ella, pero hacía algo más de un año que sus Padres se habían marchado fuera de España, así que eso lo hacía imposible. En segundo lugar pensé que podía ser cualquiera de la Villa, cualquier amigo que se acercó a visitar la tumba de Ella en esta mañana, en este pequeño pueblo todo el mundo conoce a todo el mundo, y mucha gente quería a Ella. ¿Quien podría haber estado por aquí mientras yo dormía? El número de sospechosos era demasiado elevado.
Dejé de pensar en este hecho y me levanté del suelo, recogí las dos mantas, la botella vacía de vino y las copas. Por unos minutos me quedé mirando la tumba de Ella, le dije:
- ¡Buenos días, mi Amor!
- ¡Buenos días, Cariño!- me respondió Ella.
- ¿Podéis decidme quien ha estado por aquí en esta mañana?- le pregunté.
- ¡No, no, no!- me respondió moviendo su dedo índice en señal de negación.- Eso es un secreto.
- Sois mala, pero que muy mala.- le dije mientras le sonreía.
- Si, ya lo sé.- presumió y acto seguido me sacó la lengua para burlarse de mí.
- Además de mala sois muy graciosa.- le dije en tono burlón.
- Y también soy muy perversa.- añadió en un tono algo tétrico.
- Jajaja...- me reí.- Creo que ya va siendo hora de regresar a casa, deben de estar preocupados por mí en la casa.
- Si, seguramente, se preocupan por vos porque os quieren.- afirmó Ella.- ¡Gracias por una velada tan maravillosa!
- ¡A sido todo un placer, y un honor!- le agradecí mientras le hacia una reverencia y le sonreía.
- Marchaos ya, no seáis necio.- se burló Ella de mí.
Yo me despedí lanzándole un beso y me encaminé hacia la salida del cementerio, donde me esperaba mi montura, guardé todo lo que llevaba en las alforjas de Lucero Negro, monté sobre su lomo y nos pusimos en camino hacia la Hacienda. A estas horas había mucha gente por las calles, y por donde pasaba todo el mundo me saludaba y me daban los buenos días, y yo hacía lo propio con todos ellos. El pueblo parecía tan vivo ahora, todo lo contrario que durante la noche anterior, que parecía un pueblo fantasma, sin un alma por las calles.
No tardé más de media hora en llegar a la casa, dejé a mi caballo en las cuadras, y entré en casa. En el salón-comedor me encontré a Carlos, a Juan y a María, que estaban tomando el desayuno, y como me esperaba Carlos y María parecían preocupados, Juan por el contrario parecía más tranquilo, él me conoce desde hace muchos años y seguramente le sería fácil imaginarse donde he pasado la noche.
- ¡Buenos días!- me saludó Juan tranquilamente.- Por favor, sentaos y tomaos el desayuno.
- ¡Gracias, Juan!- le agradecí.- estoy hambriento.
- ¡Padre!, ¿Donde estabais?- me preguntó Carlos.- Casi os perdéis el desayuno.
- Os vi salir en la noche a caballo.- me informó María.- Y estábamos preocupados, al saber que no habéis pasado la noche en casa.
- ¡Tranquilos!- les dije para calmarlos un poco.- Estuve en el cementerio.
- ¿En el cementerio de noche?- preguntó María muy alterada.
- Pues si, es un lugar muy tranquilo en la noche.- bromeé intentando tranquilizarlos.- Los vecinos no hacen nada de ruido.
- ¡Dejad de bromear!- gritó María muy enfadada.- Estábamos preocupados por vos.
- Pero María.- le recriminó Juan, muy sorprendido.
- Tranquilo Juan.- le interrumpí.- María tiene razón.
- ¡Lo siento!- se disculpó María.- Creo que me he extralimitado.
- No la culpa es mía, quizás debí haberos avisado.- me lamenté.- Hoy es el cumpleaños de Ella, y quise ser el primero en darle mis felicitaciones. Y al final me quedé dormido y acabé durmiendo en el cementerio junto a su tumba, cuando me desperté me volví hacia la casa.
- Me suponía que era algo de eso.- comentó Juan.
- ¡Oh! Ha sido..., ha sido un bonito gesto por vuestra parte.- exclamó María.
- Muy cierto.- comentó Carlos.
- Gracias amigos.- les agradecí.- La próxima vez que haga algo así, os lo avisaré antes.
- Sí, será lo mejor, así no nos preocuparemos tanto por vos.- apuntó María algo burlona.- Antes me he pasado un poco con mi preocupación.
- No tenéis que disculparos.- le dije.- Vuestra preocupación demuestra el cariño que me tenéis.
- Exactamente.- me confirmó María, que se acercó a mi y me dio un abrazo, acto seguido se separó un poco de mí y me dio un ligero coscorrón en la cabeza.- Así que no volváis a preocuparnos más.
- Si mama, no lo volveré a hacer nunca más.- le dije en tono burlón, juntando mis manos pidiéndole perdón.
Después de esta actuación mía todos nos reímos mucho. Es algo formidable sentirse querido y esa preocupación de mis amigos por mí, demuestra claramente lo mucho que me quieren. Es por esta causa que a estos amigos mios los considero como de la familia.
Después de todo esto, desayuné tranquilamente acompañado por los que considero mi familia, mientras seguíamos charlando y bromeando por todo lo ocurrido con anterioridad. Cuando terminé mi desayuno, decidimos ir a la antigua casa de Don Gabriel, para dejar todo listo para la gran apertura del día de mañana. También habíamos citado para este día a todos los trabajadores que trabajarían en el Colegio y en el Conservatorio, no solamente a los profesores sino también a los trabajadores de la casa, criados, mayordomos, cocineros, y todo el personal de servicio.
Al llegar a la Hacienda de Don Gabriel todo el mundo estaba esperando, así que los reuní a todos y les conté cual era los objetivos que perseguíamos. No solo era enseñar a los chavales, sino también educarlos, inculcándole unos buenos valores y prepararlos para el mañana, para que sean capaces de conseguir todos sus sueños, y ayudarles a que sean capaces de lograrlo. Esta reunión también sirvió para que se presentasen entre ellos y que se fuesen conociendo todos los empleados. Una vez acabada la reunión, los nuevos profesores inspeccionaron las instalaciones donde el día de mañana tendrían que dar sus clases, y como algunos de ellos venían de lejos también inspeccionaron sus recámaras, ya que se alojarían en el mismo edificio.
Después de todo esto nos reunimos en el comedor para almorzar y conocernos mejor. Todos, absolutamente todos comimos juntos, sin importar las funciones que íbamos a desempeñar, quería conseguir una hermandad entre todos, como si todos fuésemos una gran familia.
María estuvo hablando durante mucho tiempo con los profesores del Colegio, ya que ella sería su Directora, yo por mi parte hice lo propio con los profesores de música, todos parecían ser muy buenos profesores y se les veía con muchas ganas de empezar a trabajar.  A Juan se le veía como a un pez fuera del agua, lo cierto es que no se le veía muy cómodo, pero en ningún momento se separó de María, y Carlos estaba de un lado para otro conociendo a todo el mundo, aunque se le veía un poco aburrido, supongo que estar rodeado solamente por adultos, no es algo muy divertido para un chico.
Tras un par de horas de charla unos con otros la gente se fue retirando, algunos se retiraron a descansar un poco, otros se fueron a pasear por las instalaciones, entre ellos Juan y María, mientras Carlos y yo nos fuimos a la sala de música, bueno, a una de las salas de música, ya que había varias, fuimos a la más grande donde había un gran piano de cola y un gran arpa.
- ¿Qué hacemos aquí, Padre?- me preguntó Carlos.
- Hemos de afinar el piano, para dejarlo listo para mañana.- le respondí.- y a la vez podemos aprovechar para dar una clase.
- Esta bien, la verdad, es que me estaba aburriendo mucho antes.- me informó Carlos.
- Ya me había fijado.- le dije mientras tocaba las teclas una a una, y afinaba las notas una a una.- ¿te has aburrido mucho, no es cierto?
- Si, como una ostra, algunos adultos no son nada divertidos.- me respondió conforme caminaba acercándose al arpa.- ¿Y esto que es?
- Eso es un arpa.- le respondí.- Es otro instrumento musical.
- Nunca había visto antes algo así.- me dijo mientras tocaba sus cuerdas.- No suena muy bien.
- Jajaja..., También hay que afinar el arpa.- le dije.- verás como luego suena mejor.
Una vez que terminé de afinar el piano, me encaminé hacia el arpa, y fui ajustando sus llaves hasta que el sonido fue el deseado. Cuando terminé de afinarlo intenté tocar algunas notas del arpa, bajo la atenta mirada de Carlos.
- Mejor lo dejáis.- comentó Carlos, mientras se reía y se tapaba la boca con las manos.
- ¿Como?- pregunté intrigado arqueando las cejas.
- No tocáis muy bien.- me respondió, aún riéndose.- mejor os dedicáis al piano.
- ¿Tan mal lo hago?- pregunté mientras miraba el arpa, recordando la veces que he visto a Ella tocar un arpa.
- Pues, lo cierto es que lo hacéis fatal.- me contestó.
- Es verdad, es que el arpa no es lo mio.- le dije.
- ¡Padre! Os veo algo triste.- observó Carlos.- ¿Os ha molestado mis comentarios?
- ¡No, Hijo Mio!- le dije.- Solamente estaba recordando cosas del pasado.
- ¿Cosas tristes?- me preguntó algo preocupado.
- No, en realidad cosas felices.- le respondí a Carlos.- pero son cosas que hecho de menos.
- ¿Es sobre Ella?- preguntó Carlos.
- Pues si.- le contesté, esa pregunta me sorprendió mucho, pero aún así le respondí.- Hace muchos años Ella y yo solíamos tocar juntos, Ella tocaba el arpa y yo hacía lo propio con el piano. Y eso era algo que nos hacía muy felices a ambos, nos gustaba tanto tocar juntos.
- He escuchado muchas historias de Ella y de vos.- me dijo Carlos.- ¿Por qué no me contáis más cosas de vuestro pasado con Ella?
No sé cual fue la causa, quizás fue nostalgia al ver el arpa y acordarme de Ella, pero le conté a Carlos muchas cosas de mi pasado con Ella. Le conté como nos conocimos, como jugábamos juntos cuando eramos críos, de como con el paso del tiempo esa amistad se fue transformando en cariño, y el cariño en amor. Le conté como me declaré a Ella y le pedí en matrimonio, como Ella me rechazó, y a causa de eso yo me marché lejos, muy lejos huyendo de esa tristeza que me estaba destruyendo. Como viajé por el mundo tocando el piano, y sobretodo de como me enteré que una terrible enfermedad estaba acabando con la vida de Ella y regrese corriendo a su lado, pero que cuando llegué ya era demasiado tarde, pues Ella ya había muerto.
Carlos escuchó mi relato en silencio, sin comentar nada, y al final de éste algunas lágrimas rodaron por sus mejillas.
- Es una historia muy triste.- me comentó Carlos.
- Todo lo contrario.- le dije.- Fui muy feliz junto a Ella.
- Pero Ella murió.- me reprochó.
- Pero mientras la recuerde, Ella seguirá viva en mi corazón.- le informé.
- ¡Padre! Después de escuchar esa historia, no tengo muchas ganas de dar clase de piano.- me pidió Carlos.
- Esta bien, Carlos, como queráis.- le concedí.
- Pues yo, entonces me voy.- me dijo.
- Yo me quedo un momento más aquí.- le dije a Carlos.
Carlos se marchó y me dejó solo en la sala, yo me senté al piano y poco a poco empecé a acariciar las teclas del piano y a tocar una delicada melodía. Mientras tocaba el piano, el arpa comenzó a sonar y al alzar la vista pude comprobar que Ella estaba sentada al arpa, tocándola. Yo le sonreí, y Ella me devolvió la sonrisa, y sin decir ni una sola palabra, ambos seguimos tocando nuestros instrumentos musicales, de la misma manera que lo hacíamos cuando Ella aún vivía. Ambos interpretábamos esta melodía sin dejar de mirarnos a los ojos y sin dejar de sonreirnos. Ella parecía muy feliz, y yo realmente si que era feliz, me sentía el hombre más feliz del mundo, volviendo a tener juntos a Ella y a la música.
Estuvimos tocando juntos durante horas, hasta la puesta de Sol. Juntos y abrazados, junto a la gran ventana de la sala, vimos la puesta de Sol, los dos mirando como se escondía el Sol, y sin decir ni una palabra, pues no era necesario, Ella sabía lo que yo sentía, y yo sabía de igual modo lo que Ella sentía. Mirábamos al Sol como intentando atrapar la última pizca de calor del día, y justo en el momento que el último rayo de Sol dejó de brillar, Ella se esfumó de entre mis brazos, pero no sentía pena ni tristeza, como en otras ocasiones, me sentía pletórico y feliz, me sentía completamente lleno de felicidad.
Después de esta experiencia volví a casa, donde me estaban esperando para cenar mi Hijo, Juan y María. La cena transcurrió muy silenciosa se notaba que todos estábamos algo nerviosos por lo de mañana, excepto por alguna que otra mirada de complicidad entre Juan y María, lo que me divertía mucho, se notaba que ambos se querían mucho.
Tras la cena todos se retiraron a sus alcobas a descansar, pero yo no tenía sueño así que salí al jardín, para tomar el aire fresco de la noche, con un vaso de limonada fresquita y tomé asiento para poder contemplar ese cielo tan estrellado, la luna llena brillaba esta noche, y parecía que esta noche las estrellas tenían mucho más brillo. Tomé un par de sorbos de mi limonada, mientras miraba las estrellas, cuando alguien habló a mis espaldas.
- Ya veo que vos tampoco podéis dormir.- me dijo una voz.
- ¡Buenas noches, María!- le saludé.- Los nervios me consumen, y creo que no podré pegar ojo en toda la noche.
- Pues para conciliar el sueño, nada mejor que un vaso de leche calentita.- me aconsejó a la vez que me mostraba un vaso de leche que llevaba en su mano.- Esta noche también me cuesta dormir.
- ¿También estáis nerviosa?- pregunté a María.
- Me temo que sí.- me contestó mientras tomaba asiento junto a mí.
- ¡Uff!- suspiré mirando el estrellado cielo.
María bebió leche de su vaso y miró hacia el cielo, los dos estuvimos durante unos cuantos minutos en silencio, mirando la Vía Láctea, solamente se escuchaba el canto de los grillos.
- El cielo esta muy bello esta noche.- comentó María rompiendo el silencio.
- Realmente esta precioso, hacía mucho tiempo que no veía brillar las estrellas de esta manera.- respondí a su comentario.
- Creo que ya es hora de retirarse a descansar.- dijo María levantándose de su asiento.
- ¡Que descanséis, y tengáis dulces sueño!- le deseé a María.
- ¡Buenas noches!.- me deseó María.- No tardéis mucho en iros a la cama.
María se retiró y yo permanecí allí, sentado en el jardín durante más tiempo, no sé cuanto tiempo estuve allí, hasta que por fin me retiré a mi alcoba para descansar. Me metí en la cama pero aún no podía dormir, solo pensaba en lo que nos esperaba a la mañana siguiente, tanto y tanto le daba vueltas a la cabeza que al final caí agotado y me quedé dormido.
A la mañana siguiente se me pegaron las sábanas, me desperté algo tarde, así que me vestí muy rápido y bajé al salón-comedor para desayunar, y allí me encontré con Juan, éste me informó que tanto Carlos como María, ya habían desayunado y habían salido hacia el colegio, querían llegar pronto para recibir a los estudiantes y poder darles la bienvenida.
¡Por Dios! Que vergüenza, que desastre. Quedarme dormido precisamente hoy, justo hoy que es la gran apertura. Que van a pensar de mí los profesores y los alumnos. Rápidamente tomé algo para desayunar y salí disparado de la casa para dirigirme al Colegio y al Conservatorio de Música.
Cuando llegué allí, pude observar a mucha gente, los alumnos y sus familias estaban recorriendo las instalaciones y observándolo todo con lupa, tanto los alumnos como sus parientes parecían estar satisfechos. Al ser hoy el primer día, era un día de convivencia, para que todos se adaptaran a las aulas y a las instalaciones.
Al entrar todo eran saludos y dar la bienvenida a todo el mundo, algunos eran conocidos, pero la gran mayoría eran desconocidos para mí, perdí la cuenta de la cantidad de personas a las que saludé y de los apretones de manos que dí. Al final logré encontrar a María que estaba haciendo de anfitriona, y parecía muy calmada, yo ya estaba de los nervios al ver a tanta gente por todos lados.
- ¡Buenos días, María!- le deseé.
- ¡Buenos días!- me devolvió el saludo, mientras me sonreía pícaramente.- ¿Habéis dormido bien?
- Estupendamente.- le contesté sonriente.- Lamento haber llegado tan tarde.
- No os preocupéis.- me dijo.- Es que Carlos y yo hemos venido muy pronto.
- Muchas gracias, María.- le agradecí.
- ¿Gracias, pero por qué?- preguntó muy sorprendida.
- Por estar aquí, por ayudarme tanto con todo esto, gracias por ser como sois.- le dije haciéndole una reverencia.
- De nada, pero no es para tanto.- me dijo regalándome una de sus sonrisas y dándome un leve golpe con su codo en mi hombro.
- Si que lo es, vuestra ayuda significa mucho para mí.- le volví a agradecer.
- Pues sí, ¿verdad? Si no fuese por mí, no sé que haríais, jajajaja.- me dijo María en tono burlón mientras se reía.
- Por cierto, ¿donde está Carlos?- le pregunté, ya que no lo había visto aún.
- Creo que está en alguna de las salas de música.- me contestó.
- En ese caso voy a ver si lo encuentro.- le dije.- Después nos vemos, María.
- Hasta luego, yo seguiré recibiendo a nuestros visitantes.- me informó María.
Me encaminé hacia las salas de música y al llegar pude escuchar como alguien estaba tocando el piano, pero a la vez también había alguien tocando el arpa. Al entrar en la sala de donde salía esa música pude comprobar que era Carlos quien tocaba el piano, y quien tocaba el arpa era una jovencita de cabellos largos muy negros, más o menos de la misma edad que Carlos, no podía ver su rostro pues estaba dándome la espalda, así que me quedé allí, en la entrada, escuchando como tocaban, y lo hacía realmente muy bien, lo cierto, es que me hizo recordar las veces que Ella y yo solíamos tocar.
Cuando terminaron de tocar ambos se percataron de mi presencia y se pusieron en pie y se acercaron a mí. Cuando vi su rostro, no podía creerlo, esa preciosa cara tan blanca, ese pelo largo negro como el azabache, y esos preciosos ojos verdes como esmeraldas. ¿Era cierto lo que estaba viendo, o mis ojos me estaban engañando? Parecía increíble, ese parecido era tan exacto.
- ¡Buenos días, Padre!- me saludó Carlos.- Os presento a....
- ¡¡Ella!!- dije interrumpiendo a Carlos y acercándome a ellos.
- Annabella.- dijo una voz a mi espalda.
Una voz que ya conocía, aunque hacía mucho tiempo que no la escuchaba. Ni siquiera me había percatado de que había alguien más en la sala, una persona a la que no había visto al entrar.
- ¡¡¿Annabella?!!- pregunté incrédulo, sin dejar de mirar a la muchacha.
- ¡Chicos!, pueden salir un momento y dejarnos solos, por favor.- pidió esa voz de la persona que estaba detrás de mí.
Los chicos salieron de la sala mirándome muy extrañados, y pasaron por mi lado sin decir ni una palabra.
- ¡¡Annabella!!- volví a repetir.
- Así es.- me dijo esa persona.- Hola, Querido, ¿como estas?
- Mi Señora.- le saludé girándome y haciéndole una reverencia.- Estoy muy sorprendido, su parecido es asombroso.
- Se parece tanto a mi difunta hija, ¿verdad?- afirmó.
- Es idéntica a Ella cuando tenía su edad.- le dije.- son como dos gotas de aguas.
- Annabella es mi nieta.- me informó.- y es idéntica a su tía.
- ¿Vuestra nieta?, ¿Es la hija de vuestro hijo?- le pregunté.
- Sí, es la hija de mi hijo Alberto.- me respondió la Madre de Ella.- ¿os acordáis de él?
- Claro que lo recuerdo, recuerdo que se casó hace muchos años y se marchó a Italia.- recordé.
- Sí, Alberto vive en Nápoles, desde que se casó.- me informó.
- ¿En Nápoles?, eso quiere decir que...- comencé a decir.
- Annabella os escribió, quería estudiar aquí.- me interrumpió.
- ¿Por qué no me dijo quien era?- le pregunté.
- No quería que la aceptarais solo por ser la nieta de una conocida vuestra.- me dijo la Madre de Ella.- No le gusta los favoritismos, es una chica muy orgullosa.
- Sí, al igual que lo era Ella.- le dije.- Por cierto, creo que tengo algo que os pertenece. Una manta.
- No os quise despertar cuando os encontré en el cementerio.- me dijo.- Me alegró mucho veros allí, cuando fui a dejar unas rosas blancas sobre su tumba y ver que no habéis olvidado su cumpleaños.
- Como podría olvidarme de esa fecha tan importante, no la olvidaría aun pasando mil años.- le dije.- TODAVÍA LA AMO.
- Pero, Ella esta muerta,....- dijo.
- AÚN ASÍ, LA AMARÉ SIEMPRE, POR TODA LA ETERNIDAD.- le dije a la Madre de Ella.

LA DAMA DE SHALOTT, DE LORD ALFRED TENNYSON

En la ribera, durmiendo,
grandes campos de cebada y centeno
visten colinas y encuentran al cielo;
por el campo nace el sendero
hacia las mil torres de Camelot;
y arriba, y abajo, la gente anda,
mirando los lirios que florecen,
en la isla que río abajo emerge:
la isla de Shalott.

Tiembla el álamo, palidece el sauce,
grises ráfagas estremecen los aires
y la ola, que por siempre llena el cauce,
por el río y desde la isla distante
fluye incesante hasta Camelot.
Cuatro muros grises: sus grises torres
reinan el espacio entre las flores,
y en el silencio de la isla se esconde
la dama de Shalott.

Tras un velo de sauces, por la ribera,
las pesadas barcas arrastradas
por lentos caballos; y furtiva,
una vela de seda traza
surcos de espuma, hacia Camelot.
Pero ¿quién la vio saludando?
¿o en la ventana de su cuarto mirando?
¿o acaso es conocida en el reino
la dama de Shalott?

Sólo los segadores, muy temprano,
cuando arrancan los maduros granos,
oyen ecos de un alegre canto
que brota desde el río, alto y claro
hasta las mil torres de Camelot:
Bajo la luna el segador trabaja,
apilando haces en las eras altas.
Escucha y susurra: “es ella, el hada,
la dama de Shalott”.

II.
Ella teje día y noche,
seda mágica de hermosos colores.
Ha oído un rumor sobre
una maldición: como se asome
y mire lejos, hacia Camelot.
No conoce la condena que pueda ser,
ella surce y no deja de tejer,
otra cosa no existe que pueda temer,
la dama de Shalott.

Moviéndose sobre un espejo claro
que cuelga frente a ella todo el año,
sombras del mundo aparecen. Cercano
ve ella el camino que serpenteando
conduce a las torres de Camelot;
Allí el remolino del río gira,
y descortés el aldeano grita,
y de las mozas las capas rojizas
se alejan de Shalott.

A veces un tropel de alegres damas,
un abate, al que portan con calma,
o es un pastor de cabeza rizada,
o de largo pelo y carmesí capa,
un paje se dirige a Camelot;
y a veces cruzan el azul espejo
caballeros de dos en dos viniendo:
no tiene un buen y leal caballero
la dama de Shalott.

Pero en su tela disfruta y recoge
del espejo las mágicas visiones,
y a menudo en las silenciosas noches
un funeral con plumas y faroles
y música, iba hacia Camelot:
O venían, la luna en su camino,
amantes casados de ahora mismo;
“Estoy enferma de tanta sombra”, dijo
la dama de Shalott.

III
A tiro de arco del alero de ella,
él cabalgaba entre la mies de la era;
deslumbraba el sol entre hojas nuevas,
y ardía sobre las broncíneas grebas
del valiente y audaz Sir Lancelot.
Un cruzado al que arrodillado puso
con la dama por siempre en el escudo,
brillaba en el campo amarillo, junto
la lejana Shalott.

Brillaba libre enjoyada la brida:
una rama de estrellas imprevistas
colgadas de una Galaxia amarilla.
Sonaban alegres las campanillas
mientras cabalgaba hacia Camelot:
y en bandolera, plata entre blasones,
colgaba un potente clarín. Al trote,
su armadura tintineaba, sobre
la lejana Shalott.

Bajo el azul despejado del cielo
refulgía la silla de oro y cuero,
ardía el yelmo y la pluma del yelmo,
juntas como una sola llama al viento,
mientras cabalgaba hacia Camelot:
Así en la noche púrpura se viera,
bajo cúmulos sembrados de estrellas,
un cometa, cola de luz, que llega,
a la quieta Shalott.

Su frente alta y clara, al sol brillaba;
sobre los pulidos cascos trotaba;
por debajo de su yelmo flotaban
los bucles negros, mientras cabalgaba,
cabalgaba directo a Camelot.
Desde la orilla, y desde el río,
brilló en el espejo de cristal,
“tralarí lará” cantando en el río
iba Sir Lancelot.

Dejó la tela, y dejó el telar,
tres pasos en su cuarto ella fue a dar,
ella vio el lirio de agua reventar,
el yelmo y la pluma ella fue a mirar,
y posó su mirada en Camelot.
Voló la tela, y se quedó aparte;
se rompió el espejo de parte a parte;
“la maldición vino a mi”, gritó suave
la dama de Shalott.

IV
En la tormenta que de este soplaba,
los bosques de oro pálido menguaban,
y el río ancho en su orilla los lloraba.
Un cielo negro y bajo diluviaba
encima las torres de Camelot.
Ella bajó hasta el río, y encontróse
bajo un sauce, una barca aún a flote,
y escribió, justo en la proa del bote,
“La Dama de Shalott”.

Del río a través del pequeño espacio
como un audaz adivino extasiado
y en trance, viendo ante sí su trágico
destino, y con el semblante impávido,
ella miró lejos, a Camelot.
Y cuando el día por fin se acababa,
ella se tendió, y soltando amarras,
dejó que la corriente la arrastrara,
la dama de Shalott.

Tendida, vestida de un blanco nieve
desbordando por los lados del bote
las hojas cayendo sobre ella, leves,
a través del sonido de la noche,
ella flotaba hacia Camelot.
Y mientras la afilada proa hería
los campos y las esbeltas colinas,
se oyó un cantar, su última melodía,
la dama de Shalott.

Se oyó un cantar, un cantar triste y santo
cantado con fuerza y luego muy bajo,
hasta helarse su sangre muy despacio,
por completo sus ojos se cerraron
fijos en las torres de Camelot.
Porque hasta allí llegó con la marea,
de las primeras casas a la puerta,
y cantando su canción quedó muerta,
la dama de Shalott.

Debajo la torre y la balconada
entre las galerías y las tapias
hermosa y resplandeciente flotaba,
pálida de muerte, entre las casas,
entrando silenciosa en Camelot.
Al embarcadero juntos salieron:
dama y señor, burgués y caballero,
su nombre junto a la proa leyeron,
la dama de Shalott.

¿Qué tenemos aquí ? ¿ Y qué es todo esto ?
Y en el palacio de luces y juegos
el jolgorio real tornó silencio;
Se santiguaron todos con miedo,
los caballeros, allí en Camelot:
Pero Lancelot, meditando un poco,
fue y dijo, “Ella tiene el rostro hermoso,
por gracia de Dios misericordioso,
la dama de Shalott".

miércoles, 6 de julio de 2011

LUZ EN LA OSCURIDAD, DE GEORGE HEATH.

Cuando el alma es abrumada por la penumbra,
La tristeza, el dolor, y la preocupación;
Cuando el futuro parece oscuro como la tumba,
Y el presente un golfo de desesperación;

Cuando la vida parece una plaga solitaria,
Una carga que llevamos diariamente;
Cuando esperanza huye rápidamente,
Y el placer lejos se desvanece;

Cuando el alma se atormenta en soledad,
Y regaña su destino inmutable;
Cuando el corazón en roca parece coagularse,
Detrás del peso insoportable de la desgracia,

Tal vez un dulce e inocente niño
Deposite un beso en tu mejilla pálida,
Y diga: "Cómo le quiero", y sonría
Con una mirada de dicha inefable.

O quizás una esposa cariñosa
Te ofrezca esperanza incluso en el final;
O tu mano sea aferrada firmemente
Por el cálido afecto de un amigo.

Cuando hermosos y elocuentes ojos
Caigan tiernamente sobre los tuyos;
Cuando los corazones se compadezcan del tuyo,
Mostrándote que no estás solo;

Qué un rayo de luz inalcanzable
Emocione tu alma y alcance tu humanidad
Dispersando la penumbra de la noche,
Y barra hacia el día tu oscuridad.

Y así te dará nuevo coraje y esperanza,
Aligerando tu carga, tus tribulaciones;
Te dará fuerza para contener las aflicciones,
Y en la desesperanza ya nunca caerás
.

FLOR LUNAR, DE ERNEST CHRISTOPHER DOWSON.

Yo no cambiaría tus ojos fríos,
Ni alteraría la calma fuente del discurso
Con un arrebato de pasión o sorpresa.
Inalcanzable me resulta tu corazón:
E inalterables tus ojos fríos.

Yo no cambiaría tu mirada fría;
Ni tu sonrisa ni tus lágrimas poseería;
Aunque toda mi vida calle y muera,
El deseo sigue ahí, deseando sueños,
Y tus ojos fríos permanecen allí.

Yo no cambiaría tus ojos fríos;
No los cambiaría incluso si pudiese,
A quien mis rezos ascienden en el incienso,
¡Hija de sueños! ¡Mi luna nocturna!
Nunca borraría tus ojos fríos.

Yo no cambiaría tus ojos fríos,
Con tribulaciones del corazón humano:
Dentro de ellos mi espíritu yace,
Una cosa helada, sola, aislada;
Que jamás me atrevería a cambiar.

lunes, 4 de julio de 2011

UN SUEÑO DE MUERTE, DE DINAH CRAIK.

¿Hacia dónde navegaremos? - Así dijo, creí,
Una voz que sólo podría ser oída en sueños:
Y nos deslizamos sin mástil ni remos,
Un bote maravilloso sobre un espléndido mar.

De pronto la orilla se torció hacia una bahía,
Amplia, tranquila, con magníficas algas ondeando
Bajo el agua, como los pensamientos que se agitan
En el misterioso y profundo corazón de los poetas.

Tan quieta, tan justa, tan rosada en el alba
Dormía esa bahía brillante: aunque parecía respirar,
Tal vez del aire, o de las olas susurrantes,
O de aquella voz, tan cercana como la propia alma.

"Hubo un naufragio anoche". ¿Un naufragio? ¿entonces dónde
El buque, dónde la tripulación? - el mar que todo lo sepulta,
Sobre el cual no hay mandamientos ni crónicas,
Yace sobre ellos con su sonrisa de cristal.

"El naufragio ocurrió anoche". Mirando abajo,
Profundamente debajo de la superficie, advertimos
Los rostros sombríos con sus ojos abiertos
Hacia el amanecer que no podían ver.

Uno fue movido por las algas: otro se estremecía,
Los peces teñidos de rojo se deslizaban sobre su pecho;
Alguien, con el cabello flotando, se mecía silenciosamente
Sobre la aguda horquilla, como un niño.

"El naufragio ha sido" -dijo la voz melódica-
"Y todo está en paz. Los muertos, que, mientras dormíamos,
Lucharon por sus vidas, ahora descansan sin temer a la tormenta:
No lloremos sobre ellos cuando sonríen las olas".

Y navegamos sobre las arenas diamantinas,
Flores de mar brillantes, y caras blancas en una calma pedregosa,
Antes que las olas nos arrastren al mar abierto,
Y el gran sol surgió sobre el mundo.

domingo, 3 de julio de 2011

EL MUCHACHO DE EGREMOND, DE SAMUEL ROGERS.

¿Qué resta cuando huye la Esperanza?
Ella contestó, "un llanto Infinito."
Pues en el ojo del pastor ella leyó
Quién en su yacía en su lecho.
En Embsay rugieron las campanas,
La daga despertó en Barden;
Los sonidos mezclados se hinchaban, muriendo,
Y abajo en el Wharfe tronaban los gritos;
Cerca del refugio en el bosque,
Vestido de tartán y forestal verde,
Con el sabueso amarrado y el halcón en su capucha,
El Muchacho de Egremond fue visto.
Alegre era su canto, un canto de tiempos antiguos;
Pero donde la rocas se parten en dos,
Y el río se precipita,
¡Su voz no volvió a oírse!
¡Sólo un paso! Y el golfo atravesó;
¡Pero aquel paso fue su último!
Como la niebla devora su camino,
(Una nube que se cierne día y noche),
El sabueso amarrado, oliendo
Al Amo y también su halcón.
Aquel estrecho de ruido y batalla
Recibieron el resto de su Vida.
Allí ahora tocan las campanas;
El Miserere, debidamente cantado;
Y hombres santos, encapuchados,
Vagan arriba y abajo de los bosques.
¿Qué provecho hemos sacado?
Señor despiadado,
No te has estremecido cuando la espada
Vació su furia sobre el joven corazón,
Sobre el desvalido y el inocente.
Siéntate ahora y responde por cada gemido.
El niño antes tí es sólo tuyo.
Y aquella que por allí vaga,
Es una madre en su desesperación,
A menudo lo recordará, despertando, durmiendo,
A los que lloraron junto al Wharfe;
A los que nunca serán consolados
Cuando el río se bautizó con sangre.