miércoles, 8 de junio de 2011
lunes, 6 de junio de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
ALONSO EL BRAVO Y LA BELLA IMOGINA, DE MATTHEW LEWIS.
Un aguerrido soldado y una radiante doncella
Conversaban sentados en la hierba.
Con tierno gozo se miraban;
Alonso el Bravo se llamaba el caballero;
La doncella, la hermosa Imogina.
«¡Ay! –dice el joven–, mañana partiré
A luchar en lejanas tierras;
Pronto acabarán vuestros llantos por mi ausencia,
Otro os cortejará, y vos concederéis
A más rico pretendiente vuestra mano.»
«¡Oh, dejad esos recelos –dijo la hermosa Imogina–,
Que ofenden al amor y a mí!
Pues ya estéis vivo o muerto,
Os juro por la Virgen que nadie en vuestro lugar
Será esposo de Imogina.
«¡Si alguna vez, movida por el placer o la riqueza,
Olvidase a mi Alonso el Bravo,
Quiera Dios que para castigar mi orgullo,
Vuestro espectro en mis nupcias se presente
Y me acuse de perjurio, me reclame como esposa,
Y me arrastre con él a su tumba!»
A Palestina marchó el héroe esforzado;
Su amor lloró la doncella amargamente;
Pero apenas transcurridos doce meses,
Se vio a un barón cubierto de oro y joyas
Llegar a la puerta de la hermosa Imogina.
Su tesoro, sus regalos, su dilatado dominio
No tardaron en hacerla quebrar sus votos;
Le deslumbró los ojos, le ofuscó el cerebro;
Y conquistó su ligero y vano afecto,
Y la llevó a su casa como esposa.
Bendecido el matrimonio por la iglesia,
Ahora empezaba el festín.
Las mesas gemían con el peso de los manjares,
Aún no había cesado la diversión y la risa,
Cuando la campana del castillo dio la una.
Entonces vio la hermosa Imogina con asombro
A un extraño junto a ella;
Su gesto era terrible; no hizo ruido,
Ni habló, ni se movió, ni se volvió en torno suyo,
Sino que miró gravemente a la esposa.
Tenía la visera bajada, y era gigantesco;
Y su armadura parecía negra;
Toda risa y placer se acalló con su presencia,
Los perros retrocedieron al verle;
¡Las luces se volvieron azules!
Su presencia pareció paralizar todos los pechos.
Los invitados enmudecieron de terror.
Por último habló la esposa, temblando:
«¡Señor caballero, quitaos ya vuestro yelmo,
Y dignaos compartir nuestra alegría!».
La dama guarda silencio; el extraño obedece,
Y levanta lentamente su visera.
¡Oh, Dios! ¡Qué visión presenció la hermosa Imogina!
¡Cómo expresar su estupor y desmayo,
Al descubrir el cráneo de un esqueleto!
Todos los presentes gritaron aterrados.
Todos huyeron despavoridos. Los gusanos entraban y salían,
Y se agitaban en las cuencas y las sienes,
Mientras esto decía el espectro a Imogina:
«¡Mírame, perjura! ¡Mírame! –exclamó–,
¡Recuerda a Alonso el Bravo!
Dios permite castigar tu falsedad,
Mi espectro viene a ti en tu boda,
Te acusa de perjurio, te reclama como esposa,
¡Y va a llevarte a la sepultura!».
Dicho esto, rodeó a la dama con sus brazos,
Que profirió un grito al desmayarse,
Y se hundió con su presa en el suelo abierto.
Nunca volvieron a ver a la hermosa Imogina,
Ni al espectro que por ella vino.
No vivió mucho el barón, que desde entonces
No quiso habitar más el castillo.
Pues cuentan las crónicas que, por orden sublime,
Imogina sufre el dolor de su crimen
Y lamenta su destino deplorable.
A medianoche, cuatro veces al año, su espectro,
Cuando duermen los mortales,
Ataviada con su blanco vestido de esposa
Aparece en el castillo con el caballero–esqueleto
Y grita mientras él la acosa.
Mientras, bebiendo en los cráneos sacados de las tumbas,
Se ven danzar espectros en torno a ellos.
Sangre es su bebida, y este horrible canto entonan:
«¡A la salud de Alonso el Bravo,
Y su esposa la falsa Imogina!».
Conversaban sentados en la hierba.
Con tierno gozo se miraban;
Alonso el Bravo se llamaba el caballero;
La doncella, la hermosa Imogina.
«¡Ay! –dice el joven–, mañana partiré
A luchar en lejanas tierras;
Pronto acabarán vuestros llantos por mi ausencia,
Otro os cortejará, y vos concederéis
A más rico pretendiente vuestra mano.»
«¡Oh, dejad esos recelos –dijo la hermosa Imogina–,
Que ofenden al amor y a mí!
Pues ya estéis vivo o muerto,
Os juro por la Virgen que nadie en vuestro lugar
Será esposo de Imogina.
«¡Si alguna vez, movida por el placer o la riqueza,
Olvidase a mi Alonso el Bravo,
Quiera Dios que para castigar mi orgullo,
Vuestro espectro en mis nupcias se presente
Y me acuse de perjurio, me reclame como esposa,
Y me arrastre con él a su tumba!»
A Palestina marchó el héroe esforzado;
Su amor lloró la doncella amargamente;
Pero apenas transcurridos doce meses,
Se vio a un barón cubierto de oro y joyas
Llegar a la puerta de la hermosa Imogina.
Su tesoro, sus regalos, su dilatado dominio
No tardaron en hacerla quebrar sus votos;
Le deslumbró los ojos, le ofuscó el cerebro;
Y conquistó su ligero y vano afecto,
Y la llevó a su casa como esposa.
Bendecido el matrimonio por la iglesia,
Ahora empezaba el festín.
Las mesas gemían con el peso de los manjares,
Aún no había cesado la diversión y la risa,
Cuando la campana del castillo dio la una.
Entonces vio la hermosa Imogina con asombro
A un extraño junto a ella;
Su gesto era terrible; no hizo ruido,
Ni habló, ni se movió, ni se volvió en torno suyo,
Sino que miró gravemente a la esposa.
Tenía la visera bajada, y era gigantesco;
Y su armadura parecía negra;
Toda risa y placer se acalló con su presencia,
Los perros retrocedieron al verle;
¡Las luces se volvieron azules!
Su presencia pareció paralizar todos los pechos.
Los invitados enmudecieron de terror.
Por último habló la esposa, temblando:
«¡Señor caballero, quitaos ya vuestro yelmo,
Y dignaos compartir nuestra alegría!».
La dama guarda silencio; el extraño obedece,
Y levanta lentamente su visera.
¡Oh, Dios! ¡Qué visión presenció la hermosa Imogina!
¡Cómo expresar su estupor y desmayo,
Al descubrir el cráneo de un esqueleto!
Todos los presentes gritaron aterrados.
Todos huyeron despavoridos. Los gusanos entraban y salían,
Y se agitaban en las cuencas y las sienes,
Mientras esto decía el espectro a Imogina:
«¡Mírame, perjura! ¡Mírame! –exclamó–,
¡Recuerda a Alonso el Bravo!
Dios permite castigar tu falsedad,
Mi espectro viene a ti en tu boda,
Te acusa de perjurio, te reclama como esposa,
¡Y va a llevarte a la sepultura!».
Dicho esto, rodeó a la dama con sus brazos,
Que profirió un grito al desmayarse,
Y se hundió con su presa en el suelo abierto.
Nunca volvieron a ver a la hermosa Imogina,
Ni al espectro que por ella vino.
No vivió mucho el barón, que desde entonces
No quiso habitar más el castillo.
Pues cuentan las crónicas que, por orden sublime,
Imogina sufre el dolor de su crimen
Y lamenta su destino deplorable.
A medianoche, cuatro veces al año, su espectro,
Cuando duermen los mortales,
Ataviada con su blanco vestido de esposa
Aparece en el castillo con el caballero–esqueleto
Y grita mientras él la acosa.
Mientras, bebiendo en los cráneos sacados de las tumbas,
Se ven danzar espectros en torno a ellos.
Sangre es su bebida, y este horrible canto entonan:
«¡A la salud de Alonso el Bravo,
Y su esposa la falsa Imogina!».
lunes, 30 de mayo de 2011
TOTALMENTE SOLO, DE MARY ROBINSON.
¿Por qué te has extraviado, pequeño muchacho,
En la ribera del camposanto
Tu cabello ondulado en finas rebanadas se oculta,
Tus lágrimas oscurecen el azul;
¿Por qué suspiras quedamente,
Por qué lloras, si te han dejado solo?
No te han dejado solo, muchacho,
Los viajeros se detienen al oír tu historia:
¡Ningún corazón es ajeno a ella!
Aunque la mejilla de tu madre sea pálida,
Y se marchita bajo la piedra,
No te han dejado solo.
Te conozco bien. Cabellos dorados
En ondas sedosas a menudo veía:
Tu rostro arrugado, tan fresco y plácido,
Tu risa pícara, tu aire juguetón,
Eran todo para mí, pobre huérfano,
Antes de que el Destino te abandone.
Tu abrigo rojizo se ha rasgado,
¡Tu mejilla cultiva pálidos gusanos!
Tus ojos se apagan, miran desesperados,
El pecho desnudo se encuentra con el viento fuerte;
Y a menudo escucho gemir en las profundidades
Que te han dejado solo.
Tus pies desnudos están llagados,
Aquella cruz que diariamente recorres;
Vientos invernales rugen a tu alrededor,
El camposanto es tu triste morada;
Tu almohada una gélida piedra.
Y allí eres libre de sufrir, en soledad.
La lluvia es espesa allí, nocturna;
La helada desgarra tu pecho;
Más el tejo te resguarda del cielo.
Oí el lamento de tus modestos infortunios;
Te oí, antes de la estrella de la mañana,
Llorar en la oscuridad, y llorabas solo.
A menudo te he visto
Sobre la cálida rodilla materna;
En vida fuiste su regocijo,
Y ahora su deudo.
Ella duerme bajo la joven lápida
Que proclama: te han dejado solo.
Seca tus lágrimas, sobre la colina
Tañen las campanas del pueblo;
La caña alegre, deportes recios,
Los juegos rústicos te llaman desde lejos.
¿Entonces por qué llora y suspira
Un niño solo en la multitud?
No puedo subir la escarpada colina,
No puedo cruzar el prado en la meseta;
No puedo llegar al valle
Ni oír los gritos de alegría:
Pues el mundo yace bajo una piedra
Dónde mi madre me ha dejado solo.
No puedo juntar flores
Para vestir las rosadas tertulias,
No puedo pasar las horas de la tarde
Entre la muchedumbre ruidosa;
Pues todo es oscuridad y soledad.
Mi madre duerme bajo la piedra joven.
Observa como las estrellas comienzan a brillar,
-El perro pastor ladra- Es tiempo de volver;
Zumban las filas de caza bajo el rayo de la luna,
Atisbadas desde la silueta vaga del tejo:
Blanca cae sobre el mármol,
Donde mi querida madre duerme sola.
No me retengas, pues debo partir,
El camino de la meseta es lento;
Y allí la primavera comienza a vivir,
Vistiendo el lecho de mi madre.
Solo la cuida durante el día,
Un lecho que se desmorona en soledad.
Mi padre fue llevado sobre el mar tempestuoso
Hacia extrañas tierras distantes,
Mi madre permaneció conmigo,
Barrió con llantos las noches y el frío.
Nunca dejaré esta piedra helada
Donde ella duerme en soledad.
Mi padre ha muerto, incluso allí encontré
Una madre cariñosa y amable;
Sentí su pecho extasiado
Cuando jugaba en su falda,
Ella bendijo mi tono infantil,
Y poco pensaba yo en lápidas.
Nunca más escucharé su voz,
Nunca más veré su sonrisa;
No te preguntes porqué desgarro mi corazón,
Pues ella habría muerto para seguirme.
Ahora duerme bajo el mármol,
Y yo estoy vivo, para llorar en soledad.
Ella amó a su niño juguetón,
De un alto risco fue vista al caer;
Oí de lejos el tañido de las campanas,
Parecía en vano ayudarla;
Oí el gemido desgarrador,
Un lamento por haberlo dejado solo.
Nuestro fiel perro enloqueció y murió,
El relámpago golpeó nuestra choza,
Sin morada nos quedamos,
Y supe adonde debíamos ir:
A la pobre casa de un corazón de piedra
Que nunca palpitará en los gemidos de la miseria.
Mi madre sobrevivía por mí,
Ella me condujo a la alta montaña,
Me miró, mientras allá en el árbol
Me senté y tejí entre las ramas;
Y ella me gritaba: No temas, muchacho,
No te he dejado solo.
La ráfaga sopló fuerte, el torrente se elevó
Y barrió nuestra humilde choza:
Y donde el arroyo claro fluye veloz,
Sobre el césped, al amanecer del día,
Cuando el brillante astro latía,
Yo vagué desvalido, y solo.
Pero no lo estás, muchacho, ya que he visto
Tus diminutas huellas en el rocío,
Y mientras el cielo de la mañana, sereno,
Se esparce sobre la colina,
Oí tu gemido triste y lastimero,
Junto a la fría piedra sepulcral.
Y cuando las horas del mediodía estival
Se extienden por el paisaje,
Te he visto, tejiendo flores fragantes
Para adornar el lecho silencioso de tu madre.
No solo en la piedra simple del cementerio,
Donde tu, muchacho, estás solo.
Te seguí a lo largo del valle,
Y encima del camino hacia el bosque:
Te oí contar tu historia triste
Mientras lenta moría la estrella del día:
Ni siquiera cuando su luz se desvaneció
Tu has vagado totalmente solo.
¡Oh, si! Era yo, y todavía seré
Un andariego, un peregrino desesperado;
-El mundo está vacío para mi-
¿Dónde está la belleza del rocío?
Si ella me ha dejado solo,
Durmiendo sueños de oscuridad.
Ningún hermano me llorará,
Pues no conocí ningún hermano;
Ningún amigo lamentará mi destino,
Ya que los amigos son escasos, y pocas sus lágrimas;
A nadie veré, salvo esta lápida,
Donde me quedaré eternamente solo.
Mi padre nunca volverá,
Él descansa bajo las olas verdes,
Ningún hombro amigo donde llorar
Cuando me oculto allá en la tumba:
No uno para vestir con flores la piedra
Sino para existir en completa soledad.
En la ribera del camposanto
Tu cabello ondulado en finas rebanadas se oculta,
Tus lágrimas oscurecen el azul;
¿Por qué suspiras quedamente,
Por qué lloras, si te han dejado solo?
No te han dejado solo, muchacho,
Los viajeros se detienen al oír tu historia:
¡Ningún corazón es ajeno a ella!
Aunque la mejilla de tu madre sea pálida,
Y se marchita bajo la piedra,
No te han dejado solo.
Te conozco bien. Cabellos dorados
En ondas sedosas a menudo veía:
Tu rostro arrugado, tan fresco y plácido,
Tu risa pícara, tu aire juguetón,
Eran todo para mí, pobre huérfano,
Antes de que el Destino te abandone.
Tu abrigo rojizo se ha rasgado,
¡Tu mejilla cultiva pálidos gusanos!
Tus ojos se apagan, miran desesperados,
El pecho desnudo se encuentra con el viento fuerte;
Y a menudo escucho gemir en las profundidades
Que te han dejado solo.
Tus pies desnudos están llagados,
Aquella cruz que diariamente recorres;
Vientos invernales rugen a tu alrededor,
El camposanto es tu triste morada;
Tu almohada una gélida piedra.
Y allí eres libre de sufrir, en soledad.
La lluvia es espesa allí, nocturna;
La helada desgarra tu pecho;
Más el tejo te resguarda del cielo.
Oí el lamento de tus modestos infortunios;
Te oí, antes de la estrella de la mañana,
Llorar en la oscuridad, y llorabas solo.
A menudo te he visto
Sobre la cálida rodilla materna;
En vida fuiste su regocijo,
Y ahora su deudo.
Ella duerme bajo la joven lápida
Que proclama: te han dejado solo.
Seca tus lágrimas, sobre la colina
Tañen las campanas del pueblo;
La caña alegre, deportes recios,
Los juegos rústicos te llaman desde lejos.
¿Entonces por qué llora y suspira
Un niño solo en la multitud?
No puedo subir la escarpada colina,
No puedo cruzar el prado en la meseta;
No puedo llegar al valle
Ni oír los gritos de alegría:
Pues el mundo yace bajo una piedra
Dónde mi madre me ha dejado solo.
No puedo juntar flores
Para vestir las rosadas tertulias,
No puedo pasar las horas de la tarde
Entre la muchedumbre ruidosa;
Pues todo es oscuridad y soledad.
Mi madre duerme bajo la piedra joven.
Observa como las estrellas comienzan a brillar,
-El perro pastor ladra- Es tiempo de volver;
Zumban las filas de caza bajo el rayo de la luna,
Atisbadas desde la silueta vaga del tejo:
Blanca cae sobre el mármol,
Donde mi querida madre duerme sola.
No me retengas, pues debo partir,
El camino de la meseta es lento;
Y allí la primavera comienza a vivir,
Vistiendo el lecho de mi madre.
Solo la cuida durante el día,
Un lecho que se desmorona en soledad.
Mi padre fue llevado sobre el mar tempestuoso
Hacia extrañas tierras distantes,
Mi madre permaneció conmigo,
Barrió con llantos las noches y el frío.
Nunca dejaré esta piedra helada
Donde ella duerme en soledad.
Mi padre ha muerto, incluso allí encontré
Una madre cariñosa y amable;
Sentí su pecho extasiado
Cuando jugaba en su falda,
Ella bendijo mi tono infantil,
Y poco pensaba yo en lápidas.
Nunca más escucharé su voz,
Nunca más veré su sonrisa;
No te preguntes porqué desgarro mi corazón,
Pues ella habría muerto para seguirme.
Ahora duerme bajo el mármol,
Y yo estoy vivo, para llorar en soledad.
Ella amó a su niño juguetón,
De un alto risco fue vista al caer;
Oí de lejos el tañido de las campanas,
Parecía en vano ayudarla;
Oí el gemido desgarrador,
Un lamento por haberlo dejado solo.
Nuestro fiel perro enloqueció y murió,
El relámpago golpeó nuestra choza,
Sin morada nos quedamos,
Y supe adonde debíamos ir:
A la pobre casa de un corazón de piedra
Que nunca palpitará en los gemidos de la miseria.
Mi madre sobrevivía por mí,
Ella me condujo a la alta montaña,
Me miró, mientras allá en el árbol
Me senté y tejí entre las ramas;
Y ella me gritaba: No temas, muchacho,
No te he dejado solo.
La ráfaga sopló fuerte, el torrente se elevó
Y barrió nuestra humilde choza:
Y donde el arroyo claro fluye veloz,
Sobre el césped, al amanecer del día,
Cuando el brillante astro latía,
Yo vagué desvalido, y solo.
Pero no lo estás, muchacho, ya que he visto
Tus diminutas huellas en el rocío,
Y mientras el cielo de la mañana, sereno,
Se esparce sobre la colina,
Oí tu gemido triste y lastimero,
Junto a la fría piedra sepulcral.
Y cuando las horas del mediodía estival
Se extienden por el paisaje,
Te he visto, tejiendo flores fragantes
Para adornar el lecho silencioso de tu madre.
No solo en la piedra simple del cementerio,
Donde tu, muchacho, estás solo.
Te seguí a lo largo del valle,
Y encima del camino hacia el bosque:
Te oí contar tu historia triste
Mientras lenta moría la estrella del día:
Ni siquiera cuando su luz se desvaneció
Tu has vagado totalmente solo.
¡Oh, si! Era yo, y todavía seré
Un andariego, un peregrino desesperado;
-El mundo está vacío para mi-
¿Dónde está la belleza del rocío?
Si ella me ha dejado solo,
Durmiendo sueños de oscuridad.
Ningún hermano me llorará,
Pues no conocí ningún hermano;
Ningún amigo lamentará mi destino,
Ya que los amigos son escasos, y pocas sus lágrimas;
A nadie veré, salvo esta lápida,
Donde me quedaré eternamente solo.
Mi padre nunca volverá,
Él descansa bajo las olas verdes,
Ningún hombro amigo donde llorar
Cuando me oculto allá en la tumba:
No uno para vestir con flores la piedra
Sino para existir en completa soledad.
domingo, 29 de mayo de 2011
JUST HOLD ME, DE MARÍA MENA.
¡¡¡EN OCASIONES NO PODEMOS EVITAR ESTAR TRISTES O DEPRIMIDOS, PERO UN ABRAZO PUEDE CONSEGUIR QUE OLVIDEMOS POR UN MOMENTO NUESTRAS PENAS!!! NO QUIERO VERTE TRISTE, SÉ FELIZ Y SONRIE.
viernes, 27 de mayo de 2011
SONETO II, DE GARCILASO DE LA VEGA.
En fin, a vuestras manos he venido,
do sé que he de morir tan apretado,
que aun aliviar con quejas mi cuidado,
como remedio, me es ya defendido;
mi vida no sé en qué se ha sostenido,
si no es en haber sido yo guardado
para que sólo en mí fuese probado
cuanto corta una espada en un rendido.
Mis lágrimas han sido derramadas
donde la sequedad y la aspereza
dieron mal fruto dellas y mi suerte:
¡basten las que por vos tengo lloradas;
no os venguéis más de mí con mi flaqueza;
allá os vengad, señora, con mi muerte!
que aun aliviar con quejas mi cuidado,
como remedio, me es ya defendido;
mi vida no sé en qué se ha sostenido,
si no es en haber sido yo guardado
para que sólo en mí fuese probado
cuanto corta una espada en un rendido.
Mis lágrimas han sido derramadas
donde la sequedad y la aspereza
dieron mal fruto dellas y mi suerte:
¡basten las que por vos tengo lloradas;
no os venguéis más de mí con mi flaqueza;
allá os vengad, señora, con mi muerte!
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