miércoles, 29 de febrero de 2012

EL VAMPIRO BAILARÍN, DE ALEXANDER AFANASIEV.



En un cierto Estado de un cierto Reino, vivía un viejo con su vieja; tenían ellos una hija: Marussia. En aquel país era costumbre festejar a san Andrés apóstol: las mozas se reúnen en una isba, cuecen docetas al horno y se divierten toda la semana, a veces aún más. Y he aquí que se aguarda esa fiesta; las mozas se reunieron, prepararon y cocinaron lo necesario: a la noche llegaron los mozos con los pífanos, trajeron vino, ¡y comenzaron las danzas, los divertimentos, la zambra! Todas las mozas bailan bien, pero Marussia mejor que todas.

Algún tiempo después entró en la isba un joven, ¡una verdadera maravilla! ¡Un cutis de leche y rosa! Bien vestido, acicalado. “¡Salud, bellas mozas!”, dice. “¡Salud, bravo joven!” “¡Buena diversión!” “¡Si nos quieres favorecer, diviértete con nosotros!” En seguida sacó él una bolsita repleta de oro, mandó a comprar vino, nueces, pan de especias. En un instante todo estuvo pronto; comenzó él a ofrecer a las mozas y a los mozos, todo lo distribuyó. Luego se puso a bailar: ¡era delicioso contemplarle! Marussia le agradó más que cualquiera, siempre estaba a su lado.

Vino el momento de volverse cada uno a su casa. Dice el joven. “Ven, Marussia, acompáñame abajo”. Salió ella a acompañarle, él dice: “¡Marussia, corazoncito! ¿Quieres ser mi mujer?” “” Si me quieres, yo soy feliz. Pero tú ¿de dónde eres?” “Soy de cierto lugar, trabajo como empleado de un comerciante” Aquí se dijeron adiós y cada uno se fue por su camino. Marussia volvió a su casa, la madre le pregunta: “¿Te has divertido, hija mía?” “¡Mucho, mamita!” y quiero darte una alegría: estaba allí un buen joven venido de afuera, hermoso y colmado de monedas; ha prometido desposarme. “Escucha, Marussia: mañana, cuando vayas con las mozas, lleva contigo un ovillo de hilo: cuando le acompañes a la cancela, átaselo con un nudito a un botín, y suelta despacio el ovillo, que luego siguiendo el hilo sabrás dónde vive”.

Al día siguiente Marussia fue a la fiesta y llevó consigo el ovillo de hilo. Llega de nuevo el bravo joven: “¡Salud, Marussia!” “Salud.” Comenzaron los juegos, las danzas; él se pega siempre más a Marussia, no se aleja un paso. Es hora de volver a casa. “¡Acompáñame, Marussia!”, dice el huésped. Ella fue al camino, comenzó a saludarle, y despacito le ató el nudo al botón; se va él por el camino, y ella firme desenrolla el ovillo: lo desenrolla todo y luego corre a ver dónde vivía su prometido. Al principio el hilo seguía el camino, luego se tendió a través de una empalizada en medio de las fosas conduciendo a Marussia derecho a la iglesia, a su portal grande. Marussia prueba; el portal está cerrado, da la vuelta a la iglesia, encontró una escalera, la apoyó en una ventana y encaramose a mirar lo que sucedía ahí dentro. Sube, mira: su prometido está sobre el ataúd, comiéndose al muerto; aquella noche un cadáver estaba expuesto en la iglesia. Ella quiso bajar despacito por la escalera, pero por el miedo no puso atención y dio un golpe; huyó a su casa, le parecía ser perseguida; ¡llegó media muerta!

Por la mañana la madre le pregunta: “Bueno, Marussia, ¿has visto al joven? “¡Sí, mamita!” Pero no cuenta lo que ha visto. En su casa Marussia está dubitativa: ¿debe ir a la fiesta, o no? “Ve”, dice la madre, “¡diviértete mientras seas joven!” Ella va a la fiesta, y allí está el maligno. Reanudan los juegos, la risa, las danzas; ¡las mozas no se dan cuenta de nada! Cuando empiezan a dispersarse hacia sus casas, dice el maligno: “¡Marussia! Ven, acompáñame” ella no va, tiene miedo. Entonces todas las mozas se precipitan sobre ella: “¿Qué te sucede? ¿Acaso tienes vergüenza? ¡Ve, acompaña al bravo joven!” no había nada que hacer, fue: ¡sea lo que Dios quiera! Apenas salidos al camino, él le pregunta: “¿Estuviste ayer en la iglesia?” “¡No!” “¡Bien, mañana morirá tu padre!” Dijo, y desapareció.

Marussia llegó a su casa triste y afligida; a la mañana se despertó: su padre yace muerto. Lloraron por él, y lo pusieron en el ataúd; a la noche la madre se fue a lo del pope, y Marussia quedose en casa; tiene miedo de estar sola. “¡Iré a lo de mis amigas!”, piensa. Llega y el maligno allí está. “¡Salud, Marussia! ¿Por qué estás triste?”, le preguntan las mozas. “¿Cómo quieres que esté alegre? Ha muerto mi padre” “¡Oh, pobrecita!” todas se afligen por ella; él también se aflige, el maldito, como si no fuera obra suya. Comienzan a saludarse, ha dispersarse hacia sus casas. “Marussia”, dice él, “acompáñame”. Ella no quiere. “Vamos, anda, pequeña, ¿qué temes?” ¡Acompáñale!, insisten las mozas. Fue a acompañarle, salen al camino. “Dime, Marussia, estuviste en la iglesia” “¡No!” “¿Has visto lo que hacía?” “¡No!” “Bien, ¡mañana morirá tu madre!” Dijo y desapareció.

Marussia regresa a su casa aún más desolada; pasó la noche; a la mañana se despertó: la madre yacía muerta. Todo el día llora ella; y he aquí que el sol tramontó; a su alrededor comenzó a observar; Marussia tiene miedo de estar sola; fue a lo de las amigas. “¡Salud! ¿Qué te sucede? ¡Tienes una cara espectral!”, dicen las mozas. “¿Cómo queréis que esté alegre? Ayer murió mi padre, hoy mi madre.” “¡Pobrecita, desdichada!”, la compadecen todas. Llega el momento de decirse adiós. “Marussia, acompáñame”, dice el maligno. Salió a acompañarle. “Dime, ¿estuviste en la iglesia?” “¡No!” “¿Y has visto lo que hacía?” “¡No!” “Bien, ¡mañana por la noche morirás tú misma!” Marussia pasó la noche con las amigas, a la mañana despertó, y piensa: ¿qué hacer? Se acordó que tenía una abuela vieja archivieja, ciega de tan decrépita que era. “Iré a pedirle consejo a ella”.

Fue a lo de la abuela. “¡Salud, abuelita!” “¡Salud, nietita! ¿Cómo estás? ¿Cómo estan tu padre y tu madre?” “¡Han muerto, abuelita!”, y le contó todo lo que había sucedido. La vieja la escucha, luego dice: “¡Ah, pobrecita! Ve pronto a lo del pope, pídele que si tú mueres, cave un hoyo a través del umbral, y que te saque de la isba no por la puerta sino a través de ese agujero; y pídele también que te entierren en un cuadrivio, allí donde se cruzan los caminos.” Marussia fue a lo del pope, y llorando cálidas lágrimas le pide que haga todo como la abuela le instruyera; regresó a su casa, compró el ataúd, se tendió en él, y enseguida murió. Y he aquí que se lo hicieron saber al sacerdote; él enterró primero al padre y a la madre de Marussia, y luego también a ella. La sacaron por debajo del umbral, y la enterraron en un cuadrivio.

Pronto le sucede al hijo de un boyardo pasar junto a la tumba de Marussia; mira: sobre la tumba crece una florecilla maravillosa, como él no había nunca visto. Dice el señor a su siervo: “Ve y toma esa flor con toda la raíz; la llevaremos a casa y la plantaremos en un tiesto: ¡así florecerá para nosotros!”. Recogieron la flor, y se la llevaron a su casa, la plantaron en un tiesto de terracota y la pusieron en la ventana. La florecilla comenzó a crecer, a hacerse hermosa. Una noche que el siervo no podía dormir, miró hacia la ventana y vio una cosa milagrosa: de improviso la florecilla comenzó a oscilar, cayó del tallo, fue a dar al suelo y convirtiose en una bella moza; ¡la florecilla era bella, pero la moza aún más! Entró ella en el aposento, se procuró de beber y comer, saciose el hambre y la sed, se echo al piso, tomó a ser una florecilla como antes, se encarnó a la ventana y se volvió al tallo.

Al día siguiente el siervo contó a su amo el milagro que había visto durante la noche. “Ah, hermano, ¿por qué no me despertaste? Esta noche haremos guardia los dos”. Baja la noche, ellos no duermen: aguardan. A las doce en punto la florecilla comenzó a moverse, a sacudirse de uno a otro lado, cayó luego a tierra, y apareció una bella moza, se buscó de beber y comer, sentose y cenó. Corrió el amo, la tomó de las blancas manos y la llevó a su cámara; no termina de contentarse de mirarla, de contemplar cuán bella es. A la mañana, dice al padre y a la madre: “Permitidme casar; he encontrado una novia”. Los progenitores dieron el consentimiento. Dice Marussia: “Me casaré contigo, pero con un pacto: no ir a la iglesia durante cuatro años”, “¡Está bien!”.

Y he aquí que se desposaron; vivieron juntos un año y dos, y engendraron un hijo. Una vez llegaron a su casa unos huéspedes; hubo diversión, bebieron, y comenzaron a vanagloriarse de sus mujeres, uno la tenía hermosa, otro más aún. “Sea como querráis”, dice el amo, “¡pero más bella que mi mujer en el mundo no hay!” “¡Es bella, sí, pero no está bautizada!”, responden los huéspedes. “¿Por qué lo decís?” “Sí, no va a la iglesia”. Ese discurrir pareció ofender al marido; esperó el domingo y ordenó a la mujer vestirse para la misa. “¡No quiero!”. “¡Arréglate en seguida!” Se prepararon y fueron a la iglesia: el marido entra, y no ve nada, pero ella observó: en la ventana estaba el maligno. “¡Ah, con que estáis aquí! Recuerda las cosas pasadas: ¿fuiste a la iglesia aquella noche?”. “¡No!” “¡Bueno, mañana se te morirán hijo y marido!”.

Marussia corrió derecho de la iglesia a la casa de su vieja abuela. Ella le dio una botella de agua bendita y otra de agua de vida, y le dijo cómo obrar. Al día siguiente se le murieron marido e hijo a Marussia; y el maligno llega y le pregunta. “Dime, ¿estuviste en la iglesia?” “Sí”. “¿Y viste lo que hice?” “¡Te comiste el muerto!” dijo, pero como le roció por encima el agua bendita, aquel se deshizo en polvo. Luego roció el agua de vida sobre el marido y el hijo, y en seguida resucitaron; y desde entonces no conocieron dolores ni separaciones, sino que vivieron juntos, por largo tiempo y dichosos.

martes, 28 de febrero de 2012

NO HACE MUCHO,,, DE EDGAR ALLAN POE.


No hace mucho, el autor de estas líneas
afirmaba, con loca vanidad intelectual,
«el poder de las palabras», y descartaba
que en el cerebro humano hubiesen
pensamientos ajenos al reino de la lengua.
Ahora, como burlándose de tal jactancia,
dos palabras -dos suaves bisílabos extraños
de ecos italianos, labrados sólo para los labios
de ángeles que, bajo la luna, sueñan «en rocío
que pende del Hermón como perlas hilvanadas»-
han emergido de los abismos de su corazón, como
increíbles pensares que son el alma del pensamiento,
como visiones más ricas, más rústicas y divinas
que cuantas Israfel, el serafín del arpa («aquel que,
de todas las criaturas de Dios, tiene la voz más dulce»),
pudiera articular. ¡Y se han roto mis hechizos!
Impotente, la pluma cae de mi mano temblorosa.
Si el texto ha de ser, como me pides, tu dulce nombre,
no puedo escribir, no puedo hablar o pensar,
ay, ni sentir; pues no creo que sea un sentimiento
esta inmovilidad que me ata frente al dorado
portal de los sueños abierto de par en par,
con la mirada absorta en la espléndida visión,
extasiado y conmovido al comprobar que a un lado
y a otro, a lo largo y ancho,
entre vapores púrpuras, y aún más allá
de donde acaba el paisaje... sólo estás tú.

domingo, 26 de febrero de 2012

AIRE FRÍO, DE H. P. LOVECRAFT.


Me piden que explique por qué temo las corrientes de aire frío, por qué tiemblo más que otros al entrar en una habitación fría. Parece como si sintiera náuseas y repulsión cuando el fresco viento del ocaso se desliza entre la calurosa atmósfera de un apacible día otoñal. Según algunos, reacciono frente al frío como otros lo hacen frente a los malos olores, impresión que no negaré. Lo que haré es referir el caso más espeluznante que me ha sucedido, para que ustedes juzguen en consecuencia si constituye o no una razonada explicación de esta particularidad.

Es una equivocación creer que el horror se asocia íntimamente con la oscuridad, el silencio y la soledad. Yo lo sentí en plena tarde, en pleno ajetreo de la gran urbe y en medio del bullicio propio de una destartalada y modesta pensión, en compañía de una prosaica patrona y dos fornidos hombres. En la primavera de 1923 había conseguido un trabajo rutinario y mal pago en una revista de la ciudad de Nueva York; y viéndome imposibilitado de pagar un sustancioso alquiler, me mudé de una pensión barata a otra que reuniera las cualidades mínimas limpieza, un mobiliario decente y un precio lo más razonable posible. Pronto comprobé que no quedaba más remedio que elegir entre soluciones malas, pero tras algún tiempo recalé en una casa situada en la calle Catorce Oeste que me desagradó bastante menos que las otras en que me había alojado hasta entonces.

El lugar en cuestión era una mansión de piedra rojiza de cuatro pisos, que debía datar de finales de la década de 1840, y provista de mármol, cuyo herrumboso y descolorido esplendor era muestra de la exquisita opulencia que debió tener en otras épocas. En las habitaciones, amplias y de techo alto, empapeladas con el peor gusto, había un persistente olor a humedad y a dudosa cocina. Pero los suelos estaban limpios, la ropa de cama podía pasar y el agua caliente apenas se cortaba o enfriaba, de forma que llegué a considerarlo como un lugar cuando menos soportable para hibernar hasta el día en que pudiera volver realmente a vivir. La patrona, una desaliñada y casi barbuda mujer española apellidada Herrero, no me importunaba con habladurías ni se quejaba cuando dejaba encendida la luz hasta altas horas en el vestíbulo de mi tercer piso; y mis compañeros de pensión eran tan pacíficos y poco comunicativos como desearía, tipos toscos, españoles en su mayoría, apenas con el menor grado de educación. Sólo el estrépito de los coches que circulaban por la calle constituía una auténtica molestia.

Llevaría allí unas tres semanas cuando se produjo el primer extraño incidente. Una noche, a eso de las ocho, oí como si cayeran gotas en el suelo y de repente advertí que llevaba un rato respirando el acre olor característico del amoníaco. Tras echar una mirada a mi alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteaba; la humedad procedía, al parecer, de un ángulo de la fachada que daba a la calle. Deseoso de cortarla en su origen, me dirigí apresuradamente a la planta baja para decírselo a la patrona, quien me aseguró que el problema se solucionaría de inmediato.

-El doctor Muñoz- dijo en voz alta mientras corría escaleras arriba delante de mí -, ha debido derramar algún producto químico. Está demasiado enfermo para cuidar de sí mismo, cada día que pasa está más enfermo, pero no quiere que nadie lo asista. Tiene una enfermedad muy extraña. Todo el día se lo pasa tomando baños de un olor espantoso y no puede excitarse ni acalorarse. El mismo se hace la limpieza; su pequeña habitación está llena de botellas y de máquinas, y no ejerce de médico. Pero en otros tiempos fue famoso, mi padre oyó hablar de él en Barcelona, y no hace mucho le curó al fontanero un brazo que se había herido en un accidente. Jamás sale. Todo lo más se le ve de vez en cuando en la terraza, y mi hijo Esteban le lleva a la habitación la comida, la ropa limpia, las medicinas y los preparados químicos. ¡Dios mío, hay que ver la sal de amoníaco que gasta ese hombre para estar siempre fresco!

La señora Herrero desapareció por la escalera, y yo volví a mi habitación. El amoníaco dejó de gotear y, mientras recogía el que se había vertido y abría la ventana para que entrase el aire, oí arriba los macilentos pasos de la patrona. Nunca había oído hablar al doctor Muñoz, a excepción de ciertos sonidos que parecían más bien propios de un motor de gasolina. Su andar era calmo y apenas perceptible. Por unos instantes me pregunté qué extraña dolencia podía tener aquel hombre, y si su obstinada negativa a cualquier auxilio proveniente del exterior no sería sino el resultado de una extravagancia sin fundamento aparente. Hay, se me ocurrió pensar, un tremendo pathos en el estado de aquellas personas que en algún momento de su vida han ocupado una posición alta y posteriormente la han perdido.

Tal vez no hubiera nunca conocido nunca al doctor Muñoz, de no haber sido por el ataque al corazón que de repente sufrí una mañana mientras escribía en mi habitación. Los médicos me habían advertido del peligro que corría si me sobrevenían tales accesos, y sabía que no había tiempo que perder. Así pues, recordando lo que la patrona había dicho acerca de los cuidados prestados por aquel enfermo al obrero herido, me arrastré como pude hasta el piso superior y llamé débilmente a la puerta. Mis golpes fueron contestados en buen inglés por una extraña voz, situada a cierta distancia a la derecha de la puerta, que preguntó cuál era mi nombre y el objeto de mi visita; aclarados ambos puntos, se abrió la puerta contigua a la que yo había llamado.

Un soplo de aire frío salió a recibirme a manera de saludo, y aunque era uno de esos días calurosos de finales de junio, me puse a tiritar al traspasar el umbral de una amplio cuarto, cuya elegante decoración me sorprendió. Una cama plegable desempeñaba ahora su diurno papel de sofá, y los muebles de caoba, lujosas cortinas, antiguos cuadros y añejas estanterías hacían pensar más en el estudio de un señor de buena crianza que en la habitación de una casa de huéspedes. Pude ver que el vestíbulo que había encima del mío, llena de botellas y máquinas a la que se había referido la dueña, no era sino el laboratorio del doctor, y que la principal habitación era la espaciosa pieza contigua a éste cuyos confortables nichos y amplio cuarto de baño le permitían ocultar todos los aparadores y engorrosos ingenios utilitarios. El doctor Muñoz, no cabía duda, era todo un caballero culto y refinado.

La figura que tenía ante mí era de estatura baja pero extraordinariamente bien proporcionada, y llevaba un traje formal. Un rostro de nobles facciones, de expresión firme aunque no arrogante, adornada por una recortada barba de color gris metálico, y unos anticuados quevedos que protegían unos oscuros y grandes ojos coronando una nariz aguileña, conferían un toque moruno a una fisonomía por lo demás predominante celtibérica. El abundante y bien cortado pelo, que era prueba de puntuales visitas al barbero, estaba partido con gracia por una raya encima de su respetable frente. Su aspecto general sugería una inteligencia fuera de lo corriente y una crianza y educación excelente.

No obstante, al ver al doctor Muñoz en medio de aquella ráfaga de aire frío, sentí una repugnancia que nada en su aspecto podía justificar. Sólo la palidez de su tez y la extrema frialdad de su tacto podrían haber proporcionado un fundamento físico para semejante sensación, e incluso ambos defectos eran excusables habida cuenta de la enfermedad que padecía aquel hombre. Mi desagradable impresión pudo deberse a aquel extraño frío, pues no tenía nada de normal en un día tan caluroso, y lo anormal suscita siempre aversión, desconfianza y miedo.

Pero la repugnancia cedió ante la admiración, pues las extraordinarias dotes de aquel singular médico se pusieron al punto de manifiesto a pesar de aquellas heladas y temblorosas manos por las que parecía no circular sangre. Le bastó una mirada para saber lo que me pasaba, siendo sus auxilios de una destreza magistral. Al tiempo, me tranquilizaba con una voz finamente modulada, aunque hueca y carente de todo timbre, diciéndome que él era el más implacable enemigo de la muerte, y que había gastado su fortuna personal y perdido a todos sus amigos por dedicarse toda su vida a extraños experimentos para hallar la forma de detener y extirpar la muerte. Algo de benevolente fanatismo parecía advertirse en aquel hombre, mientras seguía hablando en un tono casi locuaz al tiempo que me auscultaba el pecho y mezclaba las drogas que había cogido de la pequeña habitación destinada a laboratorio hasta conseguir la dosis debida. Evidentemente, la compañía de un hombre educado debió parecerle una rara novedad en aquel miserable antro, de ahí que se lanzara a hablar más de lo acostumbrado a medida que rememoraba tiempos mejores.

Su voz tenía un efecto sedante; y ni siquiera pude percibir su respiración mientras las fluidas frases salían con exquisito esmero de su boca. Trató de distraerme de mis preocupaciones hablándome de sus teorías y experimentos, y recuerdo con qué tacto me consoló acerca de mi frágil corazón insistiendo en que la voluntad y la conciencia son más fuertes que la vida orgánica. Decía que si lograba mantenerse saludable y en buen estado el cuerpo, se podía, mediante la ciencia de la voluntad y la conciencia, conservar una especie de vida nerviosa, cualesquiera que fuesen los graves defectos, disminuciones o incluso ausencias de órganos específicos que se sufrieran. Algún día, me dijo medio en broma, me enseñaría cómo vivir, o al menos a llevar una cierta existencia consciente ¡sin corazón! Por su parte, sufría de una serie dolencias que le obligaban a seguir un régimen muy estricto, que incluía la necesidad de estar expuesto constantemente al frío. Cualquier aumento apreciable de la temperatura podía, caso de prolongarse, afectarle fatalmente; y había logrado mantener el frío que reinaba en su estancia, de unos 11 a 12 grados, gracias a un sistema absorbente de enfriamiento por amoníaco, cuyas bombas eran accionadas por el motor de gasolina que con tanta frecuencia oía desde mi habitación situada justo debajo.

Recuperado del ataque en un tiempo extraordinariamente breve, salí de aquel lugar helado convertido en ferviente discípulo y devoto del genial recluso. A partir de ese día, le hice frecuentes visitas siempre con el abrigo puesto. Le escuchaba atentamente mientras hablaba de investigaciones y resultados casi escalofriantes, y un estremecimiento se apoderó de mí al examinar los singulares y sorprendentes volúmenes antiguos que se alineaban en las estanterías de su biblioteca. Debo añadir que me encontraba ya casi completamente curado de mi dolencia, gracias a sus acertados remedios. Al parecer, el doctor Muñoz no desdeñaba los conjuros de los medievalistas, pues creía que aquellas fórmulas crípticas contenían raros estímulos psicológicos que bien podrían tener efectos indecibles sobre la sustancia de un sistema nervioso en el que ya no se dieran pulsaciones orgánicas. Me impresionó lo que me contó del anciano doctor Torres, de Valencia, con quien realizó sus primeros experimentos y que le atendió a él en el curso de la grave enfermedad que padeció 18 años atrás, y de la que procedían sus actuales trastornos, al poco tiempo de salvar a su colega, el anciano médico sucumbió víctima de la gran tensión nerviosa a que se vió sometido.

A medida que transcurrían las semanas, observé con dolor que el aspecto físico de mi amigo iba desmejorándose, lenta pero irreversiblemente, tal como me había dicho la señora Herrero. Se intensificó el lívido aspecto de su semblante, su voz se hizo más hueca e indistinta, sus movimientos musculares perdían coordinación y su cerebro y voluntad desplegaban menos flexibilidad e iniciativa. El doctor Muñoz parecía darse perfecta cuenta del empeoramiento, y poco a poco su expresión y conversación fueron adquiriendo un matiz de horrible ironía que me hizo recobrar algo de la indefinida repugnancia que experimenté al conocerle. El doctor Muñoz adquirió con el tiempo extraños caprichos, aficionándose a las especias exóticas y al incienso egipcio, hasta el punto de que su habitación se impregnó de un olor semejante al de la tumba de los faraones. Al mismo tiempo, su necesidad de aire frío fue en aumento, y, con mi ayuda, amplió los conductos de amoníaco de su habitación y transformó las bombas y sistemas de alimentación de la máquina de refrigeración hasta lograr que la temperatura descendiera a un punto entre uno y cuatro grados, y, finalmente, incluso a dos bajo cero; el cuarto de baño y el laboratorio conservaban una temperatura algo más alta, a fin de que el agua no se helara y pudieran darse los procesos químicos. El huésped que habitaba en la habitación contigua se quejó del aire glacial que se filtraba a través de la puerta de comunicación, así que tuve que ayudar al doctor a poner unos tupidos cortinajes para solucionar el problema. Una especie de creciente horror, desmedido y morboso, pareció apoderarse de él. No cesaba de hablar de la muerte, pero estallaba en sordas risas cuando, en el curso de la conversación, se aludía con suma delicadeza a cosas como los preparativos para el entierro o los funerales.

Con el tiempo, el doctor acabó convirtiéndose en una desconcertante y desagradable compañía. Pero, en mi gratitud por haberme curado, no podía abandonarle en manos de los extraños que le rodeaban, así que tuve buen cuidado de limpiar su habitación y atenderle en sus necesidades cotidianas. Asimismo, le hacía sus compras, aunque no salía de mi estupor ante algunos de los artículos que me encargaba comprar en las farmacias y almacenes de productos químicos.

Una creciente e indefinible atmósfera de pánico parecía desprenderse de su cuarto. La casa entera, como ya he dicho, despedía un olor a humedad; pero el olor de las habitaciones del doctor Muñoz era aún peor, y, no obstante las especias, el incienso y el acre, perfume de los productos químicos de los ahora incesantes baños (que insistía en tomar sin asistencia), comprendí que aquel olor debía guardar relación con su enfermedad, y me estremecí al pensar cual podría ser. La señora Herrero se santiguaba cada vez que se cruzaba con él, y finalmente lo abandonó por entero en mis manos, no dejando siquiera que su hijo Esteban siguiese haciéndole los recados. Cuando yo le sugería la conveniencia de avisar a otro médico, el paciente montaba en cólera. Temía sin duda el efecto físico de una violenta emoción, pero su voluntad y coraje crecían en lugar de menguar, negándose a acostarse. La lasitud de los primeros días de su enfermedad dio paso a un retorno de su vehemente ánimo, hasta el punto de que parecía desafiar a gritos al demonio de la muerte aun cuando corriese el riesgo de que el tradicional enemigo se apoderase de él. Dejó prácticamente de comer, algo que curiosamente siempre dio la impresión de ser una formalidad en él, y sólo la energía mental que le restaba parecía librarle del colapso definitivo.

Adquirió la costumbre de escribir largos documentos, que sellaba con cuidado y llenaba de instrucciones para que a su muerte los remitiera yo a sus destinatarios. Estos eran en su mayoría de las Indias Occidentales, pero entre ellos se encontraba un médico francés famoso en otro tiempo y al que ahora se daba por muerto, y del que se decían las cosas más increíbles. Pero lo que hice en realidad, fue quemar todos los documentos antes de enviarlos o abrirlos. El aspecto y la voz del doctor Muñoz se volvieron absolutamente espantosos y su presencia casi insoportable. Un día de septiembre, una inesperada mirada suscitó una crisis epiléptica en un hombre que había venido a reparar la lámpara eléctrica de su mesa de trabajo, ataque éste del que se recuperó gracias a las indicaciones del doctor mientras se mantenía lejos de su vista. Aquel hombre, harto sorprendentemente, había vivido los horrores de la gran guerra sin sufrir tamaña sensación de terror.

Un día, a mediados de octubre, sobrevino el horror de los horrores de forma repentina. Una noche se rompió la bomba de la máquina de refrigeración, por lo que pasadas tres horas resultó imposible mantener el proceso de enfriamiento del amoníaco. El doctor Muñoz me avisó dando golpes en el suelo, y yo hice lo imposible por reparar la avería, mientras mi vecino no cesaba de lanzar imprecaciones. Mis esfuerzos resultaron inútiles; y cuando al cabo de un rato me presenté con un mecánico de un garaje nocturno cercano, comprobamos que nada podía hacerse hasta la mañana siguiente, pues hacía falta un nuevo pistón. La rabia y el pánico del moribundo ermitaño adquirieron proporciones grotescas, dando la impresión de que fuera a quebrarse lo que quedaba de su debilitado físico, hasta que en un momento dado un espasmo le obligó a llevarse las manos a los ojos y precipitarse hacia el cuarto de baño. Salió de allí a tientas con el rostro fuertemente vendado y ya no volví a ver sus ojos.

El frío reinante en la estancia empezó a disminuir de forma apreciable y a eso de las cinco de la mañana el doctor se retiró al cuarto de baño, al tiempo que me encargaba le procurase todo el hielo que pudiera conseguir en las tiendas y cafeterías abiertas durante la noche. Cada vez que regresaba de alguna de mis desalentadoras correrías y dejaba el botín delante de la puerta cerrada del baño, podía oír un incansable chapoteo dentro y una voz ronca que gritaba ¡Más! ¡Más!. Finalmente, amaneció un caluroso día, y las tiendas fueron abriendo una tras otra. Le pedí a Esteban que me ayudara en la búsqueda del hielo mientras yo me encargaba de conseguir el pistón. Pero, siguiendo las órdenes de su madre, el muchacho se negó en redondo.

En última instancia, contraté los servicios de un haragán, a fin de que le subiera al paciente hielo de una pequeña tienda, mientras yo me entregaba con la mayor diligencia a la tarea de encontrar un pistón para la bomba y conseguir los servicios de unos obreros competentes que lo instalaran. La tarea parecía interminable, y casi llegué a desalentarme al ver cómo transcurrían las horas yendo de acá para allá sin aliento y sin ingerir alimento alguno. Serían las doce cuando muy lejos del centro encontré un almacén de repuestos donde tenían lo que buscaba, y aproximadamente hora y media después llegaba a la pensión con el instrumental necesario y dos fornidos y avezados mecánicos. Había hecho todo lo que estaba en mi mano, y sólo me quedaba esperar que llegase a tiempo.

Sin embargo, un indecible terror me había precedido. La casa estaba totalmente alborotada, y por encima del incesante parloteo de las voces pude oír a un hombre que rezaba con voz profunda. Algo diabólico flotaba en el ambiente, y los huéspedes pasaban las cuentas de sus rosarios al llegar hasta ellos el olor que salía por debajo de la atrancada puerta del doctor. Al parecer, el tipo que había contratado salió precipitadamente dando histéricos alaridos al poco de regresar de su segundo viaje en busca de hielo: quizá se debiera todo a un exceso de curiosidad. En la precipitada huida no pudo, desde luego, cerrar la puerta tras de sí; pero lo cierto es que estaba cerrada y, a lo que parecía, desde el interior. Dentro no se oía el menor ruido, salvo un indefinible goteo lento y espeso.

Tras consultar brevemente con la dueña y los obreros, no obstante el miedo que me tenía atenazado, opiné que lo mejor sería forzar la puerta; pero la patrona halló el modo de hacer girar la llave desde el exterior sirviéndose de un artilugio de alambre. Con anterioridad, habíamos abierto las puertas del resto de las habitaciones de aquel ala del edificio, y otro tanto hicimos con todas las ventanas. A continuación, y protegidas las narices con pañuelos, penetramos temblando de miedo en la hedionda habitación del doctor que, orientada al mediodía, abrasaba con el caluroso sol de primeras horas de la tarde.

Una especie de rastro oscuro y viscoso llevaba desde la puerta abierta del cuarto de baño a la puerta de vestíbulo, y desde aquí al escritorio, donde se había formado un horrible charco. Encima de la mesa había un trozo de papel, garrapateado a lápiz por una repulsiva y ciega mano, terriblemente manchado, también, al parecer, por las mismas garras que trazaron apresuradamente las últimas palabras. El rastro llevaba hasta el sofá en donde finalizaba inexplicablemente.

Lo que había, o hubo, en el sofá es algo que no puedo ni me atrevo a decir aquí. Pero esto es lo que, en medio de un estremecimiento general, descifré del embardunado papel, antes de sacar una cerilla y prenderla fuego, lo que conseguí descifrar aterrorizado mientras la patrona y los dos mecánicos salían disparados de aquel infernal lugar hacia la comisaría más próxima para balbucear sus incoherentes historias. Las nauseabundas palabras resultaban poco menos que increíbles en aquella amarillenta luz solar, con el estruendo de los coches y camiones que subían calle, pero debo confesar que en aquel momento creí lo que decían. Si las creo ahora es algo que sinceramente ignoro. Hay cosas acerca de las cuales es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que no soporto el olor a amoníaco y que me siento desfallecer ante una corriente de aire excesivamente frío.

-Ha llegado el final- rezaban aquellos hediondos garabatos- No queda hielo... El hombre ha lanzado una mirada y ha salido corriendo. El calor aumenta por momentos, y los tejidos no pueden resistir. Me imagino que lo sabe... lo que dije sobre la voluntad, los nervios y la conservación del cuerpo una vez que han dejado de funcionar los órganos. Como teoría era buena, pero no podía mantenerse indefinidamente. No conté con el deterioro gradual. El doctor Torres lo sabía, pero murió de la impresión. No fue capaz de soportar lo que hubo de hacer: tuvo que introducirme en un lugar extraño y oscuro, cuando hizo caso a lo que le pedía en mi carta, y logró curarme. Los órganos no volvieron a funcionar. Tenía que hacerse a mi manera pues, ¿comprende?, yo fallecí en aquel entonces, hace ya dieciocho años.
             

viernes, 24 de febrero de 2012

TITANIUM, DE DAVID GUETTA CON SIA.

POR MUCHAS TRABAS QUE ME PONGA LA VIDA Y POR MUCHAS VECES QUE CAIGA SIEMPRE ME LEVANTARÉ Y SEGUIRÉ MIRANDO AL FRENTE CON LA CABEZA ALTA,,, HASTA MI ÚLTIMO ALIENTO,,, AUNQUE YO NO SEA DE TITANIO, NI A PRUEBA DE BALAS.

jueves, 23 de febrero de 2012

LA BRUJA, DE MARY ELIZABETH COLERIDGE.


He caminado mucho sobre la nieve,
no soy alta ni mi corazón fuerte.
Mis ropas están mojadas,
y mis dientes se estremecen,
el camino ha sido largo
por el penoso sendero crujiente.
He vagado sobre la exuberante Tierra,
pero nunca he venido aquí antes.
¡Oh, levantádme sobre el Umbral
y dejádme ante la Puerta!

El filo del viento es un enemigo cruel,
no me atrevo a pararme en la tempestad.
Mis manos son de piedra,
y mi voz se lamenta.
Lo peor de la muerte ha pasado,
pero aún soy una pequeña dama.
Mis delicados pies se han llagado,
y en blancas heridas sangrado.
¡Oh, levantádme sobre el Umbral
y dejádme ante la Puerta!

Su voz era la voz que la mujeres tienen
rogando por un deseo del corazón.
Ella vino.
Ella llegó,
y la llama temblando,
hundiéndose en el fuego
finalmente murió.
Nunca más en mi alma se encendió,
desde que me agité en el suelo,
levantándola sobre el Umbral,
y dejándola ante la Puerta.

A LA MUERTE, DE AMY LEVI.

 



Si dentro de mi corazón hay hastío,
Si la llama de la poesía
Y el fuego del amor se hace frío,
Lacera mi carne sin cortesía.

Rápido, sin pausa ni demora;
No dejes el campo de mi vida sobre el huerto
Con la ceniza de los sentimientos muertos,
Deja que mi canto fluya con ternura.

lunes, 20 de febrero de 2012

OCEANUS, DE H. P. LOVECRAFT.


A veces me detengo en la orilla,
donde las penas vierten sus flujos,
y las aguas turbulentas suspiran y se quejan
de secretos incontables.

Desde las simas profundas de valles sin nombres,
y desde colinas y llanuras que ningún mortal ha hollado,
la mística marejada y el áspero oleaje
sugieren como taumaturgos malditos
un millar de horrores, henchidos por el temor
que ya contemplaron épocas hace tiempo olvidadas.

¡Oh vientos salados que tristemente barréis
las desnudas regiones abisales;
Oh pálidas olas salvajes, que recordáis
El caos que la Tierra ha dejado tras de sí;
Una sola cosa os pido:
Guardad por siempre oculto vuestro antiguo saber!