martes, 13 de diciembre de 2011

CUANDO ENTRE LA SOMBRA OSCURA, DE GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER.


Cuando entre la sombra oscura
perdida una voz murmura
turbando su triste calma,
si en el fondo de mi alma
la oigo dulce resonar,

Dime: ¿es que el viento en sus giros
se queja, o que tus suspiros
me hablan de amor al pasar?

Cuando el sol en mi ventana
rojo brilla a la mañana
y mi amor tu sombra evoca,
si en mi boca de otra boca
sentir creo la impresión,

Dime: ¿es que ciego deliro,
o que un beso en un suspiro
me envía tu corazón?

Y en el luminoso día
y en la alta noche sombría,
si en todo cuanto rodea
al alma que te desea
te creo sentir y ver,

Dime: ¿es que toco y respiro
soñando, o que en un suspiro
me das tu aliento a beber?

lunes, 12 de diciembre de 2011

EL VAMPIRO EN EL CONVENTO, DE LOUIS-ANTOINE DE CARACCIOLI.


Ilustre Dama:

Pues que desde ahora lo relativo a los muertos me interesa más que lo concerniente a los vivos, releía no hace mucho lo que me escribísteis un día sobre los vampiros, esos pretendidos cadáveres deambulantes que se suponía existieron en Hungría y en Polonia. Vuestras reflexiones a propósito son maravillosas, es decir dignas de vos. Lamentábais razonablemente los errores de la ignorancia y de la superstición y os apenaba que Dom Calmet hubiera prestado fe a la quimera de los vampiros.

¡Qué ilusión, en realidad, no es creer en alguna ocasión que cuerpos separados de las almas hayan podido dejar sus tumbas para darse una vuelta chupándole la sangre aquí y allá a los vivos! ¡Ah, cómo dejar de advertir que, como decís muy bien, "ese color vivo y esas carnes firmes que se encuentran en los cadáveres de los supuestos vampiros luego de la exhumación, no tenían otra causa fuera de la calidad de una tierra propia para obrar aquellos prodigios"!; y esta apuntación fue luego confirmada por los experimentos hechos en Hungría, los cuales sirvieron para desengañar a la gente, como quiera que aun hoy hay personas escrupulosamente fieles a esas ridículas supersticiones.

Nada me ha convencido tanto de la flaqueza del espíritu humano, como la obstinación que un religioso polaco, que también vos conocísteis, me sostuvo haber visto con sus ojos un vampiro, y haber sido testigo de los atroces hechos que él cometió en un convento.

"Era superior en nuestra casa de Lublín", me contaba, "cuando murió uno de nuestros padres. Apenas fue expuesto su cadáver en la Iglesia, donde debía quedar hasta el día siguiente, cuando vinieron a avisarme que el rostro se le había encendido sorprendentemente y que lo vieron pasear por el dormitorio. Corrí a su ataúd y efectivamente reconocí que estaba rojo como el fuego; en consecuencia le ordené, en virtud de la santa obediencia, no perturbar el reposo de nadie, y le previne que si intentaba hacer así fuera un mínimo movimiento, le haría cortar la cabeza y meter un palo en el corazón. (Es el modo que se usaba en las verificaciones de quienes eran creídos vampiros; secreto infalible para poner fin a sus trágicas hazañas.)

"Pero algunas horas más tarde recomenzó el alboroto y entonces fui a la iglesia con toda la comunidad, y dije al muerto, que tenía siempre la cara encendida: «¡Tú lo has querido, padre, y no me culpes; y para castigarte por tu sedición, apelando al derecho que me es conferido como tu superior, ordeno que te corten la cabeza y que te traspasen el corazón!»

"La cosa fue cumplida al instante, y el vampiro levantó los pies varias veces, y exhaló un fuerte grito. Pensé que, desde entonces, estaríamos tranquilos: pero una gritería espantosa difundió la alarma en el monasterio durante la noche; y duró hasta el día siguiente, cuando fui una vez más donde el cadáver para informarle que, desde el momento que la amputación no había servido para hacerlo volver a la razón, sería quemado a la tarde, en el medio del mismo patio. Se preparó la hoguera, y el cuerpo, arrojado entre las llamas, en breve se redujo a cenizas, pero suscitando una tan horrible tempestad que la casa parecía que iba a desplomarse.

Sí, esto es exactamente lo que he escuchado contar de viva voz por un religioso -que por otra parte fue destituido por el obispo de Cracovia por haber hecho tal demostración en público, pero lo cual no obstante no le impedía creer y referir a la redonda una historia tan absurda: en verdad, el fanatismo no razona. Aquel hecho estuvo en labios de todos, en Polonia, al igual que el otro, acontecido en Lemberg, en el que anduvo de por medio un estudiante declarado vampiro, y como tal castigado.

Pero ¿qué os pueden importar las palabras, ahora que estáis en la fuente de la verdad? ¡Ay, excusadme; pues soy un alma extraviada en el dolor y que a todo se aferra, sin saber por qué! Así hace el viajero que ha perdido el camino; va y viene, y advierte vagas huellas que a cada paso más y más le debían...

domingo, 11 de diciembre de 2011

DONDE ELLA CONFESÓ SU AMOR, DE JOHN CLARE.


La vi arrancar una rosa
Al comenzar el día, temprano,
Y fui a besar aquel páramo
Donde ella rompió su rosa;
Entonces vi los anillos
Donde su estilo era un secreto,
Y me enamoré de todos los objetos
Donde sus ojos habían caído.
Si ella viese el abismo
O las cálidas hojas dobles,
Ya sea de un olmo o un viejo roble,
Jamás sabría lo caras que esas cosas son para mi.

Poseo una agradable colina,
Allí me siento por horas, erráticas,
Donde ella arrancó hierbas aromáticas
Y otras pequeñas flores;
Allí murmuró ella, como la
la belleza canta en sueños,
Y la amé cuando derramó sobre su pecho
Algo similar a un llanto pequeño,
Bañando el lunar oscuro de su cuello,
Que a mis ojos era un diamante eterno;
Entonces mis labios ardieron
Y en mi corazón se consumieron.

Hay un pequeño espacio verde
Donde pasa indolente el ganado,
Donde descubrí un pálido sábado
La cosa más querida del mundo.
Un pequeño roble se extiende sobre él,
Arrojando una sombra redonda,
La hierba oscura allí se demora,
El verde más intenso que haya conocido:
Allí no hay penas ni dolor
No hay bosques ni arboledas,
Pero fue en aquella mágica tierra
Donde ella confesó su amor.

viernes, 9 de diciembre de 2011

CRIMINAL, DE BRITNEY SPEARS.

Buena patada de Britney donde más duele, se la tenía bien merecida, jejejeje....

Cuanto más escucho esta canción más me gusta.

jueves, 8 de diciembre de 2011

LO QUE TRAE LA LUNA, DE H. P. LOVECRAFT.


Odio a la Luna –le temo -, ya que, cuando brilla sobre ciertas escenas familiares y amadas, a veces las convierte en desconocidas y odiosas.

Fue durante el espectral verano cuando el brillo de la Luna se derramó sobre el viejo jardín por el que yo deambulaba; el espectral verano de narcóticas flores y húmedos mares de follajes que provocan sueños extraños y multicolores. Y mientras paseaba junto a la poca profunda corriente de cristal, vi ondas inesperadas, rematadas en luz amarilla, como si esas plácidas aguas se vieran arrastradas, por irresistibles corrientes, rumbo a extraños océanos que no pertenecen a este mundo. Silenciosas y centelleantes, brillantes y funestas, esas aguas condenadas se dirigían hacia no sabía yo dónde, mientras que, en las riberas de verdor, blancas flores de loto se abrían una tras otra al opiáceo viento nocturno y caían sin esperanza a la corriente, arremolinándose en forma horrible, yendo hacia delante, bajo el puente arqueado y tallado, y mirando atrás con la siniestra resignación de las fuerzas calmas y muertas.

Y, mientras corría por la orilla, aplastando flores dormidas con pies descuidados, enloquecido en todo momento por el miedo a seres desconocidos y la atracción de las caras muertas, vi que el jardín, a la luz de la luna, no tenía fin; ya que, allí donde durante el día se encontraban los muros, ahora se extendían tan sólo nuevas visiones de árboles y senderos, flores y arbustos, ídolos de piedra y pagodas, y meandros de corriente iluminada en amarillo, pasando herbosas orillas y bajo grotescos puentes de mármol. Y los labios de los rostros muertos del loto susurraban con tristeza, y me invitaban a seguir, así que no me detuve hasta que la corriente llegó a un río y desembocó, entre pantanos de agitadas cañas y playas de resplandeciente arena, en la orilla de un inmenso mar sin nombre.

La espantosa luna brillaba sobre ese mar, y sobre sus olas inarticuladas pendían extraños perfumes. Y al ver desvanecerse en sus profundidades las caras de loto, lamenté no tener redes para poder capturarlas y aprender de ellas los secretos que la luna había transportado a través de la noche. Pero, cuando la luna derivó hacia el oeste y la silente marea refluyó de la sombría ribera, vi, bajo esa luz, viejos chapiteles que las olas casi cubrían, así como columnas blancas con festones de algas verdes. Y sabiendo que ese lugar estaba completamente poseído por la muerte, temblé y no deseé más hablar de nuevo con los rostros de loto.

Entonces vi de lejos, sobre el mar, a un gran cóndor negro que descendía del cielo para buscar descanso en un gran arrecife; y de buena gana le hubiera preguntado, para informarme sobre aquellos que había conocido cuando estaba vivo. Se lo hubiera preguntado de no estar tan lejos; pero lo estaba, y mucho, y desapareció totalmente al estar demasiado cerca de ese arrecife gigante.

Así que observé cómo la marea se retiraba bajo esa luna en declive, y vi resplandecer los chapiteles, las torres y los tejados de esa ciudad muerta y goteante.

Mientras miraba, mi olfato tuvo que debatirse contra el sobrecogedor olor de los muertos del mundo; ya que, en verdad, en ese lugar ignoto y olvidado estaba toda la carne de los cementerios, reunida por hinchados gusanos marinos que roen y se atiborran de ella.

La maligna luna colgaba ya muy baja sobre esos horrores, pero los gordos gusanos no necesitan a la luna para poder comer. Y, mientras observaba las ondulaciones que delataban el rebullir de gusanos debajo, sentí un nuevo frío venido de lejos, que me indicó que el cóndor había alzado el vuelo, como si mi carne hubiera detectado el horror antes de que mis ojos pudieran verlo.

No se había estremecido mi carne sin motivo, ya que, cuando alcé los ojos, vi que las aguas se habían retirado hasta muy lejos, mostrando mucho del inmenso arrecife cuyo borde avistara antes. Y cuando vi que ese arrecife no era más que la negra corona basáltica que culminaba a un estremecedor ser monstruoso, cuya terrible frente brillaba ahora a la tenue luz de la luna, y cuyas viles pezuñas debían hollar el fango infernal, situado a kilómetros de profundidad, grité y grité hasta que el oculto rostro surgió de las aguas, y hasta que los escondidos ojos me miraron, luego de la desaparición de esa lasciva y traicionera luna.

Y, para escapar de ese ser implacable, me zambullí contento y sin dudar en las hediondas bajuras donde, entre muros llenos de algas y hundidas calles, los gruesos gusanos de mar hozan en los cadáveres de los hombres.

LEAVE OUT ALL THE REST, DE LINKIN PARK.