martes, 26 de julio de 2011

EL MUCHACHO DANÉS, DE WILLIAM WORDSWORTH.

Entre dos páramos hay una quebrada
Y un espacio que parece sagrado
A las flores de las colinas,
Y sagrado al cielo encima.
En este valle pequeño y abierto
Hay un árbol por la tempestad golpeado;
El rayo ha cortado una piedra angular,
La última piedra de una solitaria choza;
Y en este valle pequeño puedes ver
Algo que las tormentas no destruyen,
La sombra de un muchacho danés.

De las nubes altas se oye a la alondra,
Pero las gotas no caen en esta tierra;
En este rincón solitario las aves
Nunca construyen sus nidos.
Ni bestia ni pájaro levanta aquí su casa;
Las abejas, llevadas sobre el aire ventoso,
Pasan encima de aquellas campanas fragantes
Hacia otras flores, hacia otros pequeños valles
Llevan su mercancía de polen;
El Muchacho danés deambula solo:
El valle pequeño es todo suyo.

Un espíritu meridiano es él;
Aunque parece hecho de carne y sangre;
No es un pastor ni lo será nunca,
Peón de los campos jamás será.
Porta un chaleco real de piel,
Oscuro como las alas del cuervo;
No teme lluvias, ni vientos ni rocío;
Pero en la tormenta se ve fresco y azul
Como pinos en ciernes de la primavera;
Su casco posee una gracia vernal,
Brillante como la flor en su rostro.

El arpa cuelga de su hombro;
Y luego descansa sobre su rodilla,
A las voces de una lengua olvidada
Él les regala su melodía.
Por multitudes en la vieja colina
Él es el querido y alabado;
Y a menudo, sin causa aparente,
Los corceles del monte escuchan,
Oyen al muchacho danés,
Mientras en el valle pequeño él canta solo
Junto al árbol y la piedra angular.

Allí se sienta él; en su rostro no encontrarás
Ningún rastro de su antiguo aire feroz,
Ni amplios cielos despejados
O estáticas nubes estivales.
El muchacho danés es bendito
Y feliz en su ensenada florida:
Su mente viaja por distantes hechos de sangre;
Y aún él susurra sus canciones de amor
Que suenan como cantos de guerra,
Pues tranquilo y apacible es su semblante;
Sereno como un muchacho muerto.

GET BACK, DE ALEXANDRA STAN.

SOMEONE LIKE YOU, DE ADELE.

lunes, 25 de julio de 2011

UNA NUEVA VIDA. 15ª Parte: Divina Locura.




- Ya veo, aun sentís algo muy fuerte por mi difunta hija.- me dijo la Madre de Ella.
- Sí, así es.- le respondí bajando la cabeza.- Siento haberos hablado así, os pido disculpas, no quería hablaros en un tono tan alto, ni ofenderos. En absoluto esa era mi intención.
- ¿Ofenderme?- preguntó muy sorprendida, mientras se le saltaban las lágrimas.- Pero querido, como podría ofenderme por eso. Es más, como Madre me siento muy orgullosa, de que aun améis a mi hija. Siempre la amasteis mucho y ahora he comprobado que seguís amándola aún.
- Gracias, eso significa mucho para mí.- le agradecí, mientras se me saltaban las lágrimas.- Os agradezco lo que me habéis dicho.
- No tenéis que agradecerme nada, soy yo quien debería agradeceros que mantengáis vivos los recuerdos de Ella.- me respondió.
- Para mí es todo un honor.- le dije.- Cada uno de esos recuerdos los tengo guardados en lo más profundo de mi corazón.
- ¡Bueno! y cambiando de tema, ¿cómo están vuestros padres?- me preguntó.
- Ellos siguen en América.- le respondí.
- Si, recuerdo que se fueron a América antes de irme yo a Nápoles.- me dijo.
- Y allí continúan, mi padre esta algo delicado del corazón, y como que el viaje de regreso a España no le sentaría muy bien. Mis padres han decidido quedarse allí para siempre.- le conté a la Madre de Ella.
- Es una lástima, me hubiese gustado mucho volver a ver a vuestros padres, hace tanto desde la última vez que nos vimos.- me dijo.- ¡Oh Querido, perdonad mi torpeza! Aún no os he presentado formalmente a mi nieta.
La Madre de Ella, llamó a los chicos y tanto Carlos como Annabella se acercaron velozmente hasta nuestra posición.
- Os presento a mi nieta Annabella.- me dijo la Madre de Ella, señalando a su nieta.
- Es todo un placer conoceros, Señorita Annabella.- le saludé cordialmente con una reverencia.
- Es un honor conoceros.- me dijo Annabella devolviéndome la reverencia.- Hace como dos años os vi tocar el piano en el "Nuovo Regio Ducale Teatro alla Scala" de Milán, y me encantó vuestro recital. 
- Realmente es un teatro fantástico, recuerdo ese concierto, no era la primera vez que tocaba allí, pero me sentía tan nervioso como si hubiese sido mi primera vez.- le dije a la pequeña.
- Sois un pianista extraordinario.- me dijo.- Y me sorprendió mucho cuando mi padre y mi abuela me contaron que os conocía desde que eráis niño.
- Vos también tocáis muy bien el arpa, igual que lo hacía vuestra tía.- le dije.
- Gracias, pero aún tengo que mejorar mucho.- señaló.- y para eso estoy aquí, cuando mi abuela me informó que estabais a punto de abrir un Conservatorio de Música quise venir a estudiar aquí, y mi abuela me ha acompañado ya que ella tiene aquí su residencia.
- Será todo un honor teneros como alumna en este humilde Conservatorio.- le dije con una gran sonrisa en los labios.
- Os agradezco que me aceptarais como alumna, temía que no me aceptarais.- me agradeció devolviéndome la sonrisa.
- Vuestra carta me dejó bastante intrigado.- le confesé.- Como no iba a aceptarla. Estaba ansioso por conoceros, pero nunca hubiese sospechado quien sois en realidad.
- Yo también os doy las gracias por aceptar a mi nieta como alumna.- me agradeció la Madre de Ella.
- No son necesarias.- le dije.- Permitidme que os presente a mi hijo, Carlos.
- Había oído hablar de vuestro hijo, pero no sabía que este chico era él, ya nos hemos conocido antes.- me informó la Madre de Ella.
- Padre, ¿conocéis a Annabella y a esta Señora tan agradable?- me preguntó Carlos.
- A Annabella, la acabo de conocer, pero a la Señora la conozco desde hace muchísimos años.- le respondí a mi hijo.- La Señora es la Madre de Ella y por lo tanto Annabella resulta ser su sobrina.
- ¡¿La Madre de Ella?!- exclamó Carlos muy sorprendido.- ¡¿Y su sobrina?!
- Así es, veo que vuestro Padre os ha hablado de mi hija.- le respondió la Madre de Ella.
- Pues sí, mi Padre me contó su historia.- le dijo Carlos bajando la cabeza algo apenado.- Lamento mucho su perdida.
- Muchas gracias, Querido.- le dijo.- no te preocupes por ello, hace ya mucho tiempo que esos hechos ocurrieron.
- Disculpadme que os interrumpa, pero creo que me estoy perdiendo algo.- comentó Annabella con curiosidad.
- Perdonadme Querida, lo que ocurre es que el padre de Carlos y tu tía Ella, fueron muy buenos amigos desde muy pequeños, y solían tocar juntos, Ella tocaba el arpa y el Señor el piano.- le dijo la Madre de Ella a su nieta.- Hacían muy buena pareja tocando, eran fantásticos.
- Os parecéis tanto a vuestra tía Ella, que cuando os he visto antes tocando el arpa, pensé que veía visiones.- le dije a Annabella.
- ¡Ahhh! Por esa causa antes me habéis llamado "Ella".- comentó Annabella.
- Vuestro parecido con vuestra tía es asombroso.- le dije.- os parecéis como dos gotas de agua.
- Mi padre y mi abuela, ya me habían hablado de mi parecido con mi difunta tía, ¿realmente tanto nos parecemos?- preguntó Annabella.
- Realmente si que os parecéis, sois idéntica a vuestra tía cuando tenía vuestra edad.- le dije.- Pero bueno, ¿que hacemos aquí parados?, ¿que tal si damos un paseo por las instalaciones?
- Esta bien, quisiera conocer mi nuevo Colegio.- agregó Annabella.- Tengo curiosidad por ver como es todo esto.
- Yo ya conocía esta casa, pero también tengo curiosidad por saber como está ahora.- comentó la Madre de Ella.
- Yo le haré de guía por la casa y por las demás instalaciones.- se ofreció Carlos muy amablemente.
Durante unas horas estuvimos caminando por todas las instalaciones, no sólo por las aulas, por los dormitorios y por los comedores, sino también por los jardines, por las cuadras y por las plantaciones. Disfrutando de un agradable paseo con una querida y antigua conocida con la que tenía muchos y agradables recuerdos, muchos de esos recuerdos llenaron mi mente, y al contemplar a Annabella esos recuerdos cobraban más fuerza, como si estuviese viviendo de nuevo todos esos recuerdos, todos hermosos y bellos recuerdos sobre Ella. Después del paseo nos despedimos y la Madre de Ella y Annabella se fueron a la casa que la familia de Ella poseía en la Villa, muy cerca de mi Hacienda y del Colegio, pero no si antes haberles invitado a cenar esta noche en mi Hacienda, para seguir conmemorando viejos tiempos, a lo ellas dos aceptaron gustosamente.
Una vez que se instalaron los alumnos que se alojarían en el Colegio, tras haber almorzado en los comedores del Colegio, donde fueron invitados también los padres, para que pudieran degustar las mismas comidas de las que iban a disfrutar sus hijos mientras estudiasen aquí, lo cual les pareció muy bien a los padres, por suerte teníamos a unos buenos cocineros. Pues como iba diciendo después de todo esto, Carlos, María y yo nos fuimos a casa, las clases empezarán mañana, y los alumnos tenían la tarde libre para disfrutar de las instalaciones, y como algunos profesores también se alojaban en el Colegio, ellos se ocuparían de todos los problemas que pudieran surgir, y en el caso de algo grave sucediera sabían donde poder localizarme.
Nada más llegar a la casa le pedí a Juan, que para la cena se preparara la mesa para dos comensales más, pues tendríamos invitadas.
- ¿Tendremos invitadas a cenar?- me preguntó Juan muy animado.- ¡que sorpresa!
- Efectivamente, es una alumna y una familiar de ésta.- le respondí.
- No sabía nada de eso.- comentó María.
- He conocido a la chica que me escribió desde Italia, y he decidido invitarla a cenar, junto a su abuela.- les dije a María y a Juan.
- ¿Y cual es su nombre?- preguntó María con su habitual curiosidad.- Recuerdo que no lo decía en su carta.
- Su nombre es Annabella.- se apresuró a contestar Carlos.- y además toca el arpa, y lo hace muy bien.
- No se preocupe Señor.- dijo Juan.- Todo estará preparado para recibir a nuestras dos invitadas.
- ¡Gracias, Juan!- le agradecí.- Sabía que podía contar contigo.
- Estoy intrigada.- dijo María.- tengo muchas ganas de conocer a Annabella y también a su abuela.
- Jajajaja..., vos siempre tan curiosa, María.- le dije.- Bueno, yo me retiro, quisiera asearme y arreglarme para la cena de esta noche.
- Tenéis razón, yo haré lo mismo.- dijo María.
- Yo también.- dijo Carlos.
- Daré instrucciones a la servidumbre para la cena, y después yo también me prepararé para la cena.- dijo Juan.
- Pues de acuerdo, para la cena nos vemos todos.- les dije.
Después de esta conversación cada uno de nosotros nos fuimos a nuestras habitaciones, excepto Juan que antes de eso avisó a los cocineros y a los criados que teníamos invitadas a cenar y que se esmeraran en la cena de esta noche, todo tenía que salir perfecto.
En mi alcoba me dí un baño y después estaba poniéndome uno de mis mejores trajes, la oportunidad lo merecía, no todos los días teníamos invitados en casa, y además unos invitados tan especiales.
- Permitidme que os ayude con esa abotonadura.- me dijo una voz detrás de mí.- parece que se os resiste un poco.
- Os estaba esperando, mi Vida.- le dije.
- ¿Es que no sabéis vestiros sin ayuda?- bromeó Ella, poniéndose frente a mí y ayudándome con los botones de la camisa y de la casaca.
- No es eso.- le dije.- ¿Así que fue vuestra Madre quien visitó vuestra tumba?
- ¿A que ha sido toda una sorpresa?- preguntó Ella con una pícara sonrisa.
- Sí, lo ha sido.- le respondí.- Pero lo más sorprendente es lo mucho que vuestra sobrina Annabella se parece a vos.
- Realmente el parecido es sorprendente.- exclamó Ella.
- Es la primera vez que la veo, y al verla me quedé perplejo.- le dije.- No podía creer lo que mis ojos estaban viendo.
- Yo tampoco me esperaba que se pareciese tanto a mí.- dijo Ella.- Annabella es mi misma imagen.
- Es increíble, aún me cuesta asimilarlo.- le dije.
- Bueno esto ya está.- dijo Ella al terminar de abrocharme los botones.- Estáis muy elegante, Caballero.
- Todo gracias a vos, Bella Dama.- le agradecí con una reverencia.
- Ha sido todo un placer, Caballero.- me dijo devolviéndome la reverencia.
- Creo que ya es hora de bajar para recibir a vuestra Madre y a vuestra sobrina.- le dije a Ella algo apenado, nunca quería que estos encuentros con Ella terminasen.
- Suerte, Amor mio.- me deseó a la vez que me dio un cálido beso en los labios.
- Con vos a mi lado, eso es algo que no necesito.- le dije conforme abandonaba la alcoba, no sin antes lanzarle un beso.
- Sois un necio, pero aún así os amo.- me dijo Ella antes de que yo cerrase la puerta de mi habitación.
Cuando bajé las escaleras me sorprendió en ser el último en bajar, tanto María, como Juan y como Carlos, ya estaban en la planta baja preparados para la cena, y parecían entusiasmados por tener invitados en casa para la cena, se les notaba a la vez nerviosos y muy contentos.
- ¡Ohh! Estáis muy elegante.- observó María con los ojos abiertos como platos.
- ¡Muchas gracias, María!- le agradecí.- Vos también estáis muy bella esta noche, lo cierto es que todos estáis muy elegantes también.
- ¡Gracias, Padre!- me agradeció Carlos.
Juan simplemente hizo un movimiento asintiendo con la cabeza, en señal de agradecimiento.
- ¿Han llegado ya nuestras dos invitadas?- pregunté con mucha curiosidad.
- Lo siento, aún no han llegado.- me respondió Juan.
Justamente en ese momento, sonó la campanilla de la entrada, indicando que nuestras invitadas habían llegado, todos salimos a recibirlas a la entrada.
- ¡Buenas noches!, ¡Bienvenidas!- le dí la bienvenida a las dos.
- ¡Muchas gracias por esta recepción!- agradeció la Madre de Ella.
- No tiene la menor importancia.- le dije.
- ¡Señora!, es un placer volver a veros.- le saludó Juan.
- ¡Hola, Juan!- le saludó.- Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.
- Así es Señora, ha pasado mucho tiempo.- observó Juan.
- Permitidme que os presente a María, ella es la directora del Colegio.- les dije a nuestras invitadas.- María, ellas son Annabella y la Madre de Ella.
- ¡¿La Madre de Ella?!- exclamó muy sorprendida, casi gritando.
- Mucho gusto.- le dijo Annabella.
- Es todo un honor conoceros.- dijo la Madre de Ella.
- El... el honor es mio.- dijo María aún muy sorprendida.- He oído hablar de vos y de vuestra hija.
- Cosas buenas, espero.- dijo la Madre de Ella con una sonrisa en su rostro.
- De eso, no os quede la menor duda. Solamente tengo buenos recuerdos vuestros.- le dije.- ¡Por favor, pasemos al comedor!
Acompañamos a nuestras invitadas hasta el comedor y las ayudé a acomodarse en sus asientos, en la gran mesa ya estaba servida la comida, que constaba de faisanes acaramelados, cordero asado, también había pasta italiana ( en honor a nuestras invitadas, y un plato que le gustaba mucho a María, ya que ésta no suele comer carne ), una ensalada de productos de la Hacienda y como siempre también había fruta de los frutales de la plantación, y para beber teníamos el mejor vino de nuestras bodegas y limonada fresca para los más jóvenes o para quien no quisiera beber vino.
La cena transcurrió muy amena y divertida, con una agradable conversación, interrogando a nuestras invitadas y a la vez contándoles las cosas que habían sucedido por la zona durante su ausencia. Lo que más le llamó la atención a la Madre de Ella era el noviazgo de Juan y María.
- ¡Vaya, Juan! Eso me ha sorprendido, no sabía nada de eso.- dijo la Madre de Ella.- Algunos amigos con los que me carteaba me contaron cosas de la Villa.
- Bueno, Señora, lo cierto es que pocos saben de esta noticia.- le dijo Juan.
- Y vos, María, ¿sois feliz en esta tierra?- preguntó nuestra invitada.
- Si mucho, las gentes de aquí se han portado muy bien conmigo, me siento como en familia. Y soy muy feliz con Juan.- le respondió María con mucha alegría.
- También me sorprendió la noticia de que habíais adoptado un hijo.- me dijo.- Pero lo comprendí todo cuando conocí a Carlos, es un buen chico.
- Siempre he anhelado ser padre y gracias a Carlos ese sueño se ha hecho realidad.- le comenté.
- Cuanto me alegro por vos, se que merecéis ser feliz.- me dijo la Madre de Ella.
- Yo también me siento muy feliz por tener un nuevo padre, que es tan bueno conmigo.- comentó Carlos.
- ¡Tenéis suerte!- le dijo la Madre de Ella a Carlos.- habéis encontrado a un gran hombre para ser vuestro padre.
- ¡Gracias por vuestras palabras!- le agradecí.
- No las merece, solamente he dicho la verdad.- dijo nuestra invitada.- Sois un hombre extraordinario.
- ¿Puedo pediros un favor?- me pidió Annabella interrumpiendo la conversación.
- Decidme, ¿qué es lo que deseáis?- le pregunté a la joven.
- Me gustaría poder escucharos tocando el piano.- me respondió.- me encantaría volver a escucharos de nuevo.
- Para mí sería un placer tocar para vos.- le concedí.
- ¡Muchas gracias!- me agradeció Annabella.- Sois muy amable.
Y así fue como después de la cena todos nosotros nos encaminamos hacia la sala donde se encontraba mi antiguo piano, allí mientras los adultos tomaban una copa de brandy y los más pequeños tomaban un vaso de limonada fresca, yo interpretaba al piano una hermosa melodía, a la vez que todos ellos me escuchaban con mucha atención, y muy entusiasmados.
En mitad de mi interpretación me percaté de que Annabella estaba justo a mi lado, estaba de pie junto a mí, a mi derecha, en completo silencio y con una expresión de alegría en su rostro, escuchando entusiasmada la melodía que estaba interpretando. Pero a la vez sentía como Ella estaba a mi izquierda, apoyando su mano derecha sobre mi hombro, notaba como su tersa mano acariciaba mi hombro izquierdo, conforme yo iba acariciando las teclas de mi piano.
Era como tener a dos Ellas a mi lado, una la adulta que tanto amo; y la otra, la niña aquella que era mi mejor amiga y que con el paso del tiempo consiguió convertirse en la dueña de mi corazón para siempre. Me resultaba una situación extraña, pero a la vez tan placentera, me encantaba esta situación, sentir a las dos tan cerca, a Ella y a Annabella. Esos breves minutos que estuve tocando el piano fueron unos minutos muy intensos que no olvidaré jamás, otro bello recuerdo para guardar para siempre en el fondo de mi corazón.
Después de mi interpretación musical decidimos salir a los jardines para respirar el aire fresco de la noche. Como era habitual en ellos Juan  y María se separaron del grupo mientras daban un paseo juntos, cuando paseaban así agarrados de la mano se le ve tan enamorados. Carlos y Annabella también se separaron de nosotros parecían que se habían hecho muy buenos amigos los dos, ambos jugaban y charlaban juntos. Por mi parte yo me senté en un banco, a la vez que la Madre de Ella me hacía compañía, mientras contemplábamos las estrellas, algo muy habitual en mí.
- Me ha encantado vuestra interpretación.- me dijo mi invitada.
- Muchas gracias, viniendo de vos es todo un honor.- le agradecí.
- Siempre me sorprende escucharos tocar.- me dijo.- Es como si cada vez lo hicierais mejor.
- Aunque ya no haga conciertos, sigo practicando todos los días.- le dije.
- Quizás me esté volviendo loca.- comenzó a hablar.- Pero cuando tocabais el piano y Annabella se acercó a vos, poniéndose a vuestro lado, hubiese jurado haber visto a mi difunta hija a vuestra izquierda, apoyada en vuestro hombro. Se que es una locura lo que digo, o quizás sólo sea que mis cansados ojos ya no son lo que eran, o tan sólo sea que al veros tocar me he acordado mucho de Ella.
- No digáis esas cosas.- le dije.- Ni os estáis volviendo loca, ni os fallan vuestros ojos. En numerosas ocasiones siento la presencia de vuestra hija junto a mí, su presencia es tan fuerte que en ocasiones dudo de que haya muerto, su presencia para mí es muy real. O tal vez sea que este volviéndome loco yo también, "nos estamos volviendo locos los dos".
- Divina locura.- dijo con lágrimas en los ojos.- al volver a casa sus recuerdos inundan mi mente, cada paisaje, cada casa, cada árbol, cada persona de la Villa me la recuerda mucho. Y vos, vos me la recordáis más que nadie, me la recordáis tanto.
- ¡Tranquila!, no lloréis.- le dije a la vez que le daba un abrazo intentando consolarla, y las lágrimas comenzaron a rodar por mi rostro también.- Ella se sentiría triste si os viese llorar.
Al mirar por encima del hombro de la Madre de Ella, pude ver a su hija como nos observaba, con los ojos llorosos, pero a la vez se le veía sonriente, nos miraba a los dos mientras me sonreía. Yo aún con lágrimas en mi rostro le devolví la sonrisa.
- No quisiera llorar.- me dijo mi querida amiga.- pero hecho tanto de menos a mi queridísima hija, Ella nos dejó siendo tan joven. Para una madre como yo, fue muy doloroso ver morir a mi hija, con gusto hubiese dado mi vida por Ella.
- Gustosamente, yo también, hubiese dado mi vida, si con ello hubiese evitado su muerte.- le dije a la vez que mis lágrimas volvían a brotar de mis ojos, como el agua de un manantial surge de la tierra.
- Lo sé cariño.- me dijo la Madre de Ella.- Vos sois la persona que más la ha querido en este mundo, y Ella a vos también os amaba mucho.
- Somos muchos los que la hemos amado.- le dije.- Cada uno de forma diferente, pero todos la hemos querido y aún la queremos mucho.
- Nunca podremos olvidarla.- continuó.- su recuerdo siempre estará vivo en todos nosotros.
- Mientras sus recuerdos sigan vivos en nosotros.- le dije.- Ella continuará viviendo en todos los que la queremos.
- Cuanta razón tenéis.- dijo la Madre de Ella algo más animada.
- Estoy seguro..., no, sé con certeza que allá donde Ella se encuentre, siempre estará velando por nosotros.
Al decir estas palabras, mi querida amiga me abrazó algo más sonriente. Y pude comprobar como Juan y María nos observaban desde la distancia, al igual que lo hacían Carlos y Annabella, todos los miraban atónitos, pero en silencio y muy extrañados.
Pero lo mejor de todo fue el notar como Ella se acercaba a nosotros y nos dio un abrazo a los dos, noté como su brazo me rodeaba, y a mi parecer creo que su Madre también notó como la abrazaba con el otro brazo. Los tres nos fundimos en un cariñoso abrazo, uniendo nuestros tres corazones, en uno solo, como si fundiésemos nuestras almas en una.
- ¡Es extraño!- comentó la Madre de Ella.- Pero noto la presencia de mi hija, aquí junto a nosotros, incluso estoy notando el tacto de su piel y el delicado aroma de su perfume. ¡Que locura es esta!
- En ese caso los locos somos dos.- le dije mientras seguíamos abrazados los tres.- Pues yo siento lo mismo en este momento.
- ¡DIVINA LOCURA!- dijo Ella mientras nos daba un beso en la cabeza a su Madre y a mí.
Allí estabamos los tres, Ella, su Madre y yo, fundidos en un abrazo y a la vez llorando.

BITTER SWEET SYMPHOY, DE THE VERVE.

viernes, 22 de julio de 2011

miércoles, 20 de julio de 2011

LA AVENTURA DEL ESTUDIANTE ALEMÁN, DE WASHINGTON IRVING.

Una noche tormentosa, durante la época de la Revolución francesa, a altas horas de la noche, un joven alemán regresaba a su alojamiento, cruzando la parte antigua de París. Relampagueaba y en las calles estrechas resonaba el batir de los truenos; pero primero debo decir algo acerca de este joven alemán.

Gottfried Wolfgang era un joven de buena familia. Durante algunos años había estudiado en la Universidad de Gotinga, pero como tenía un espíritu entusiasta y era un visionario, se dedicó a esas extrañas doctrinas especulativas, que durante tanto tiempo han fascinado a los estudiantes alemanes. Su vida retirada, su intensa dedicación y la rara naturaleza de sus estudios produjeron un extraño efecto sobre su cuerpo y espíritu.

Su salud se resintió y su imaginación enfermó. Se entregó a fantásticas especulaciones acerca de la esencia del espíritu, hasta que, como Swedenborg, se encerró en un mundo ideal, que construyó a su alrededor. Se imaginaba, sin que se sepa cómo ni por qué, que sobre él pesaba una influencia maligna; que un genio o espíritu desencarnado buscaba posesionarse de él y perderlo. El peso de esta idea produjo sobre su temperamento melancólico los resultados más sombríos; se dejó agobiar por el abatimiento. Sus amigos descubrieron la enfermedad mental y decidieron que el mejor remedio era un cambio de ambiente; así, se decidió que fuera a continuar sus estudios en la alegre y esplendorosa París.

Wolfgang llegó a París cuando empezaba la revolución. El delirio popular capturó de inmediato su entusiasmo y se dejó dominar por las teorías políticas y filosóficas de la época, pero las escenas sangrientas que siguieron sacudieron su naturaleza sensible y, asqueado con la sociedad y el mundo, se aisló aún más. Se enclaustró en un apartamento solitario en el Quartier Latin, el barrio de los estudiantes, Allí, en una lóbrega calleja, no lejos de los austeros muros de la Sorbona, continuó sus estudios favoritos. A veces pasaba horas enteras en las grandes bibliotecas de París, catacumbas de autores antiguos, revolcando obras obsoletas entre nubes de polvo, en busca de alimento para su apetito enfermo. En cierta forma, era como un ave de rapiña, que se alimentaba en el osario de la literatura decadente.

Aunque Wolfgang era un solitario, tenía un temperamento ardiente. Era demasiado tímido e ignorante del mundo para hacer proposiciones a las mujeres hermosas, aunque era un apasionado admirador de la belleza femenina y, en su solitaria habitación, a menudo soñaba con formas y rostros que había visto y su fantasía creaba imágenes de belleza que sobrepasaban toda realidad.

Durante uno de estos sueños, su mente excitada le produjo un extraño efecto. Era un rostro femenino de extraordinaria belleza. Tan poderosa fue la impresión recibida, que una y otra vez soñó con él; de día perseguía sus pensamientos y de noche sus sueños; en suma: se enamoró apasionadamente de esta sombra de sus sueños. Tanto duró, que se convirtió en una de esas ideas que están siempre presentes en los melancólicos y que a menudo se confunden con la locura.

Tal era Gottfried Wolfgang y tal su estado en la época a que me refiero.

Regresaba a su apartamento una noche tempestuosa, por unas callejas viejas y sombrías del Marais, en la parte antigua de París. Los truenos resonaban sobre las elevadas casas de las estrechas calles. Llegó a la Place de Greve, donde tenían lugar las ejecuciones públicas. Los relámpagos temblaban sobre los pináculos del antiguo Hotel de Ville y esparcían rayos que centelleaban en el espacio abierto. Al pasar frente a la guillotina, Wolfgang retrocedió con horror. El reinado del terror estaba en su apogeo y la guillotina, espantoso instrumento de tortura, estaba siempre lista; en el cadalso continuamente corría la sangre de los virtuosos y los valientes. Ese mismo día había estado muy activa en su habitual carnicería humana y cruelmente se erguía, en medio de una ciudad silenciosa y dormida, esperando nuevas víctimas.

Wolfgang se angustió, y ya se apartaba tembloroso del horrible instrumento, cuando notó la sombra de una figura que se agachaba al pie de los escalones que conducían al patíbulo. Una sucesión de relámpagos la reveló más claramente: se trataba de una mujer vestida de negro. Estaba sentada en uno de los escalones inferiores, inclinada hacia adelante y con la cara escondida en el regazo; sus largas trenzas desgreñadas le llegaban hasta el suelo, mezclándose con el agua que caía a torrentes. Wolfgang hizo una pausa. Había algo de terrible en ese solitario monumento de dolor. La mujer parecía estar por encima de lo normal. Wolfgang sabía que los tiempos eran azarosos y que muchas hermosas cabezas que antes descansaban sobre cómodos cojines, ahora vagaban desposeídas de hogar. Quizá se tratase de una doliente con el corazón destrozado, a quien la temible hacha había dejado solitaria, a quien le habían arrebatado sus seres más queridos para arrojarlos a la eternidad.

Se acercó a ella y le habló en tono compasivo. Ella alzó la cara y lo miró salvajemente. ¡Cuál sería su asombro al observar, a la luz de un relámpago, que era el mismo rostro que le perseguía en sus sueños! Estaba pálido y desconsolado, pero era el mismo rostro pasmosamente bello.

Tembloroso y dominado por emociones opuestas, Wolfgang se acercó de nuevo a ella. Le habló de estar expuesta a la intemperie a tal hora y con tan violenta tempestad y se ofreció a llevarla a donde sus amigos.

-¡No tengo amigos sobre la tierra! -dijo ella.
-Pero tiene hogar -replicó Wolfgang.
-Sí, ¡en la tumba!
-Si un extraño puede haceros tal ofrecimiento -dijo él- sin peligro de ser mal interpretado, os ofrezco mi habitación como refugio y yo me ofrezco como un amigo devoto. Yo mismo carezco de amigos en París y soy extranjero, pero si mi vida puede seros de utilidad, está a vuestra disposición y estoy dispuesto a sacrificarla antes de que os ocurra algún daño o deshonra.

Había tanta honestidad en la actitud de este joven, que sus palabras tuvieron efecto. Su acento extranjero, también, estaba a su favor: demostraba que no era un habitante común de París. Ciertamente, no se puede dudar de la elocuencia del verdadero entusiasmo. La desconocida se entregó, sin reservas, a la custodia del estudiante.

La sostuvo en su andar vacilante a través del Pont Neuf y por el sitio donde el populacho había derribado la estatua de Enrique IV. La tormenta había cedido y los truenos sólo se oían a lo lejos. Todavía la ciudad estaba tranquila; el gran volcán de pasiones humanas dormitaba, mientras de nuevo recobraba fuerzas para la explosión del día siguiente. El estudiante llevó su carga a través de las antiguas callejas del Quartier Latin y junto a las negruzcas paredes de la Sorbona, hasta el sucio hotel donde habitaba. La vieja portera que les franqueó la entrada, se sorprendió ante el extraño espectáculo de Wolfgang en compañía femenina.

Al entrar en el apartamento, por primera vez el estudiante se sonrojó de ver la pobreza de su habitación. No tenía sino una alcoba, un salón pasado de moda, densamente tallado y fantásticamente amueblado con los restos de una antigua magnificencia, porque era uno de esos hoteles en el barrio del Luxemburgo, que antes perteneciera a la nobleza. Estaba cargado de libros y papeles y todo lo demás que es corriente en un estudiante; su cama estaba en un rincón.

Una vez que Wolfgang hubo encendido una luz y contemplado a la desconocida, más que antes se extasió con su belleza. Su rostro era pálido, pero de una deslumbrante belleza, que resaltaba por la profusión de su brillante cabello, que colgaba como en un racimo a su alrededor. Sus ojos eran grandes y fulgentes y tenían una expresión casi salvaje. Hasta donde su negro vestido permitía observar su figura, esta era casi perfecta. Su apariencia general era en extremo impresionante, aunque estaba vestida muy sencillamente. Lo único que parecía un adorno, era una ancha banda negra que llevaba en el cuello y que estaba adornada con diamantes.

Para el estudiante comenzó la preocupación de cómo ayudar a aquel ser que se había entregado a su custodia. Pensó en dejarle su habitación y buscar alojamiento en otra parte. Pero estaba tan fascinado por sus encantos; parecía haber tal hechizo sobre sus sentidos y su pensamiento, que no podía apartarse de ella. Sus modales, también, eran extraños e indescriptibles. Dejó de hablar de la guillotina. Su pesar había desaparecido. Con sus atenciones, el estudiante se había ganado su confianza y, aparentemente, su corazón. Evidentemente, ella también tenía un espíritu entusiasta como él y las personas así se entienden prontamente.

En el apasionamiento del momento, Wolfgang le confesó su amor. Le contó sus misteriosos sueños y de cómo ella se había adueñado de su corazón, aun antes de que la hubiera conocido. Ella quedó extrañamente impresionada por esta declaración accedió a reconocer que se había sentido impulsada hacia él de una manera igualmente indescriptible. Era la época de las teorías desenfrenadas y de las acciones impetuosas. Se suprimían los viejos prejuicios y supersticiones; todo estaba bajo el dominio de la diosa razón. Entre los disparates de los viejos tiempos, se empezaban a considerar las formas y ceremonias del matrimonio. Los acuerdos sociales estaban de moda. Wolfgang era teórico en demasía para no dejarse tentar por las teorías liberales de su época.

-¿Por qué separarnos? -dijo él- Nuestros corazones se han unido; ante los ojos de la razón y el honor somos uno solo. ¿Qué necesidad hay de formas sórdidas para unir las almas?

La desconocida escuchaba con atención: evidentemente, había aprendido en la misma escuela.

-No tenéis ni hogar ni familia, -prosiguió él- permitidme ser todo para vos, o mejor, seámoslo todo el uno para el otro. Si las formas son necesarias, las respetaremos. Aquí está mi mano. Me entrego a ti para siempre.
-¿Para siempre? -dijo la desconocida, con solemnidad.
-¡Para siempre! -repitió Wolfgang.

La desconocida apretó la mano extendida y murmuró:

-Entonces soy tuya. -Luego se reclinó en el pecho de Wolfgang.

A la mañana siguiente, el estudiante dejó a su esposa durmiendo y salió en busca de un apartamento más grande y más apropiado para su nuevo estado. Cuando regresó, encontró acostada a su recién desposada, con la cabeza fuera de la cama y un brazo colgando. Le habló, pero no recibió respuesta alguna. Tomó su mano: estaba fría y sin pulso; su cara estaba pálida y cadavérica. Estaba muerta.

Horrorizado y fuera de sí, llamó a los de la casa. Siguió una escena de confusión. Se llamó a la policía. El oficial de policía entró en la habitación y retrocedió al observar el cuerpo.

-¡Cielos! -exclamó- ¿cómo llegó esta mujer aquí?
-¿Qué sabe usted de ella? -preguntó ansiosamente Wolfgang.
-¿Qué sé? -dijo el oficial- ayer fue guillotinada.

Avanzó; deshizo el nudo del collar negro que tenía el cadáver; ¡y la cabeza rodó por el suelo! El estudiante perdió el control de sí mismo.

-¡El demonio!, ¡el demonio ha tomado posesión de mí! -chillaba- ¡estoy perdido para siempre!

Trataron de calmarlo, pero todo fue en vano. Estaba dominado por la horrible idea de que un demonio había reanimado el cadáver para apoderarse de él. Enloqueció y murió en un sanatorio.

Un anciano de cabeza fantasmal terminó su relato.

-¿Es este un hecho verdadero? -preguntó el caballero.
-Un hecho del cual no se puede dudar -replicó el primero- Lo obtuve de la mejor fuente. El estudiante mismo me lo contó. Lo conocí en el manicomio de París.

LA CANCIÓN DE LAS SOMBRAS, DE WALTER DE LA MARE.

Barre las delicadas cuerdas, Músico,
Con tu larga y hábil mano en llagas;
Abajo arden las velas estrelladas,
Se hunden suavemente en la arena;
El viejo sabueso en sueños se queja,
Las brasas arden apenas;
A través de los muros las sombras llegan,
Pasan y se quedan.

Barre tiernamente las cuerdas, Músico,
Los minutos se tornan horas;
La helada sobre el marco sin viento
Teje un laberinto de flores;
En el aire que oscurece los fantasmas se demoran,
Oyendo por la puerta abierta;
La música los llama, los invita a soñar,
Una vez más, con regresar al hogar.

UN DESEO, DE SAMUEL ROGERS.

Mía será la cabaña junto a la colina;
El zumbido de la colmena calmará mi oído;
Un arroyo esbelto, de largos sonidos,
Hará girar el viejo molino.

La golondrina bajo mi techo
Gorjeará cerca de su palacio de arcilla;
A menudo el peregrino llegará a mi casilla
A compartir el pan, y será bienvenido.

Alrededor de mi pórtico la primavera
Dejará cada flor que bebe el rocío;
Y Lucy, ocupada en su tejido,
Cantará vestida de rojos y azules.

La iglesia del pueblo, entre los árboles,
Donde nuestros votos fueron dichos,
Con alegres tañidos flotarán en el viento,
Y en el repique de la aguja ascenderán al cielo.

domingo, 17 de julio de 2011

NOW OR NEVER, DE EMILIA DE PORET.

LET IT RAIN, DE SARAH BRIGTHMAN.

" ME ENCANTA PASEAR BAJO LA LLUVIA, PORQUE ASÍ NADIE NOTA QUE ESTOY LLORANDO ".

¡¡¡ GRACIAS POR LA VELADA MUSICAL !!!


ROLLING IN THE DEEP, DE ADELE.

INDESEADO, DE MARY COLERIDGE.

Éramos jóvenes, éramos alegres y éramos muy, muy sabios,
Y la puerta estaba abierta a nuestro banquete,
Cuando pasó una mujer con el Oeste en sus ojos,
Y un hombre con su espalda hacia Oriente.

Todavía crecen los corazones que golpeaban tan rápido,
La voz más fuerte todavía sonaba.
Las bromas murieron en nuestros labios cuando ellos pasaron,
Y los rayos de julio, gélidos, golpearon.

Las copas de vino empalidecieron,
El pan se volvió negro como el carbón.
El sabueso olvidó la mano de su señor,
Ella se hincó ante sus pies.

Déjame dormir donde yace el perro muerto,
Antes de sentarme nuevamente al banquete,
Donde pasa una mujer con los ojos llenos de Oeste,
Y un hombre con la espalda hacia Oriente.

jueves, 14 de julio de 2011

ORGASMOS DE SANGRE, DE CARTER SCOTT.

¿Sabré describir a Verónica Aisworth del mismo modo que he venido sufriéndola «apasionadamente» a lo largo de estas dos últimas semanas... tan alucinantes? ¿Encontraré las exactas palabras que me permitan comunicar a quienes no la han visto nunca su belleza extraordinaria, tan singular e irresistible, que le convierte a uno en su esclavo, aunque luche desesperadamente contra su fascinación devoradora, canibalesca? Y por último, ¿existirá imaginación capaz de soportar los grandes horrores que yo he padecido en esta mansión... sin volverse loco?

Admito que me enfrento a la posibilidad de no ser creído por quienes lean estas cuartillas atiborradas de letras temblorosas y regadas de borrones, porque el pulso se me encabrita, y las ideas se agolpan en mi cerebro queriendo salir todas al mismo tiempo... (La vela se agita ante mí, provocando sombras que parecen ser hijas de los terrores que emanan de este lugar tétrico. Se escucha el silencio, y mi respiración se hace cada vez más débil... Tengo sed, ¡mucha sed! Pero no beberé de ese vaso que me espera, cuyo contenido envenenado doblegaría los últimos vestigios de mi vieja y fraterna integridad... ¡Dios, Dios! ¿Por qué me entrego a esta pausa absurda cuando la muerte puede llegarme en cualquier instante...?).

Hace no sé cuanto tiempo yo era un periodista cotizado, que trabajaba para el London Reporter. Jamás me había llamado la atención eso que empezaba a estudiarse como «criminología», hasta que tres de mis mejores amigos desaparecieron. Luego, no conseguí localizarles a pesar de que visité las comisarías, los hospitales, las agencias inmobiliarias, las empresas de viaje, y todos los demás organismos públicos y privados a los que cualquier ciudadano recurriría en el caso hipotético de que deseara esconderse durante una temporada. Terminé por acudir a la más prestigiosa agencia de detectives de Inglaterra, y sólo obtuve una factura de mil quinientas libras esterlinas por un portafolios en el que no encontré ninguna información aprovechable.

Dado que soy reportero, se ha de entender que también dispuse de la colaboración desinteresada de quienes, por lo general, disponían de mejores fuentes de noticias que Scotland Yard. Sin embargo, mis compañeros sólo me hicieron partícipe de sus suposiciones, todas muy lógicas y apasionadas, con lo que aumentaron mi confusión, sin que me arrebatasen ni un ápice de la necesidad de llegar al final de una investigación que ya se había convertido en mi obsesión...

El primero que desapareció fue Joshua Bennington, un magistral violinista de treinta y dos años, tan hermoso y arrogante como un semidiós griego, junto al cual yo había gozado de infinidad de aventuras sentimentales y de borracheras, tanto de alcohol como de morfina, y últimamente veníamos compartiendo a dos chiquillas, deliciosamente calientes y atrevidas, que descubrimos en un cabaret del Soho. Al segundo que dejé de ver se llamaba Charles Vuderhill, y era un discutido novelista de éxito. Pese a sus veintiocho años de edad, ya había publicado más de quince títulos que las mujeres inglesas devoraban porque, sabiendo él bordear la frontera de la cada vez menos rígida censura victoriana, combinaba como nadie la sensualidad, el morbo, la tragedia y la aventura. Acostumbraba a ser mi pareja en los juegos de naipes y en el billar, y gracias a su aportación valiosísima yo pasaba por ser uno de los hombres más afortunados de Londres.

Y el tercero, Frederick Schwartz, contaba treinta y tres años y dirigía uno de los más solicitados bufetes de abogados. Tan atractivo como los anteriores, así como tan conquistador de corazones apasionados y fáciles en el terreno sexual, se había ganado su prestigio defendiendo y «salvando de las garras de la Justicia» a varias damitas que corrían el peligro evidente de acabar en la horca. Pero como gustaba del deporte, para no perder la forma física, solía telefonearme dos veces por semana con el fin de que nos enfrentásemos en un partido de tenis o en un combate de boxeo, y siempre recurría a mí cuando su conquista de turno le imponía la presencia de una fiel amiga. En vista de lo que acabo de exponer, es fácil deducir que yo quería a estos tres personajes como si fueran mis hermanos. De ahí mi obsesión por localizarles. A tal extremo llegué en mi empeño, que convencí a los dos propietarios de mi periódico con el propósito de que me concedieran unas páginas en las ediciones de la mañana. Me concentré con tanta intensidad en esta tarea, que los lectores y lectoras reaccionaron de una forma muy positiva, sólo en el terreno comercial, por lo que mis editores se vieron obligados a duplicar la tirada del London Reporter. Creo que recibimos decenas de miles de cartas, con lo que se nos impuso contratar a una veintena de especialistas en clasificación de correspondencia. También hubo semanas que dispusimos de la colaboración de centenares de detectives, la mayoría aficionados, y de una cantidad similar de informantes anónimos.

No sé cómo pude desarrollar una actividad que llegó al límite del agotamiento físico y mental, pues calculo que llegué a dormir unas tres horas diarias durante aquel mes de locura. Porque me empeñé en comprobar personalmente las pistas que me parecieron más válidas: recorrí Inglaterra cinco veces, navegué a las costas españolas, francesas, danesas y hasta a las finesas... ¡Sin encontrar a uno solo de mis amigos! La muerte de la Reina Victoria puso fin a nuestra empresa, debido a que no podía haber otra noticia más importante. Y así me encontré viviendo unas noches de relativa calma. Por eso decidí abandonar Londres. Estaba convencido de que jamás lograría localizar a mis «hermanos»...

¡Y, de pronto, Ella apareció!

Los ojos se me llenan de lágrimas, la piel de mi cuello palpita en la demanda del encuentro esclavizador y mis instintos me exigen que me someta. Porque el premio será tener derecho a verla cerca de mí un día más, a sentir su presencia fascinante, a escuchar sus palabras embriagadoras, y a extasiarme ante su belleza sobrenatural, única... ¡No es cierto!

«¡Ella supone la muerte...! ¡Mi muerte tan próxima e irremediable!» Debo escribirlo todo, aunque sólo exista una remotísima posibilidad de que alguien llegue a leer estos papeles...».

Recuerdo que era de noche. Yo permanecía sentado en una hamaca de la terraza del balneario, sujetando con la mano derecha la última novela de Stevenson, The Weir of Hermiston, y los pensamientos se me habían recargado de sensualidad bajo la luna llena... ¡Entonces pasó ante mí una figura de mujer! Mis pupilas casi no la vieron; sin embargo, todo mi ser acusó su presencia, como si cada uno de los poros de mi piel se hallaran cargados de limaduras de hierro, que hubieran sido sometidas a una actividad prodigiosa por el imán extraordinario que poseía aquella criatura excepcional.

Para un mujeriego como yo, que siempre contaba con un montón de damitas entre las que poder elegir mi pareja para la velada de aquella noche o para disfrutar de una corta temporada, ese comportamiento de chiquillo enamoradizo me resultó digno de ser experimentado. La seguí sin esconderme, y dejando bien patente mi interés por Ella. En cierto momento eché a correr, temiendo haberla perdido en la conjunción intrincada de paseos que atravesaban el jardín del balneario. Pero no tardé en verla sentada en un banco, sola. Me quedé inmóvil, a unos diez pies de distancia, mirándola extasiado... ¿Es posible que tanta hermosura se pudiera concentrar de aquella sublime manera en una sola mujer?

Yo jamás había visto una perfección de líneas, de formas y de expresiones como las que tenía ante mí. Supongo que debí manifestar el mismo arrobamiento que domina a un amante de cualquiera de las Bellas Artes cuando, por fin, se encuentra frente al regalo contemplativo, también auditivo e intelectual, de esa cumbre, única, que supone el techo supremo de sus apetencias y de sus sensibilidades. A punto estuve de caer de rodillas, para adorarla igual que si yo fuera un indígena primitivo e ignorante, y ella la diosa pagana que siempre había estado esperando. Pero me contuvo el orgullo y el civilizado reconocimiento de que estaba siendo víctima de una «enfermedad romántica» generada por los días que llevaba sin tratar con el sexo femenino. Cuando estimé que era dueño de mi aplomo habitual, me aproximé a la desconocida.

—¡Buenas noches! —saludé forzando un tonillo despreocupado, aunque sin dejar de vigilar cada una de sus reacciones.
—Buenas noches...

Su voz llegó a mis oídos como los arpegios más divinos del violín de Paganini, y mi seguridad de conquistador se quebró. No obstante, intenté combatir la extraña timidez que me invadía.

—Hace una noche deliciosa... Es la primera vez que la veo por aquí... ¿Es usted cliente del balneario, miss...?
—Miss Aisworth; pero llámeme Verónica —dijo Ella, mirándome directamente a los ojos—. Sólo estoy de paso. He venido a saludar a una amiga... Conocía este jardín, y he querido disfrutar de su tranquilidad, de su soledad...
—¿Debo entender que la molesto, Verónica? —pregunté con un tono solícito, propio de quien ya únicamente podía vivir para obedecerla.
—No, por favor, no me interprete mal. La soledad compartida pierde toda su frialdad para hacerse un placer comunicativo: sobran las palabras, debido a que la respuesta del acompañante la captamos a través de su respiración y de esas otras emociones que sólo los necios llaman mudas. En este mundo herido por los pragmatismos, siempre conviene fomentar el goce de lo cotidiano... de lo eterno. La noche, la luna, el aire en reposo, toda la vida que nos rodea y el hecho tan palpable de que usted y yo empezamos a ser los protagonistas de unas vivencias que tardaremos en olvidar.
—¡Yo nunca la olvidaré a usted, Verónica!

La exclamación brotó espontánea, incontrolada, dando testimonio de que ya no me pertenecía: era su esclavo, su admirador más fiel y menos exigente, y un pelele que Ella podía controlar a su capricho. Pero de esto último tardé demasiado tiempo en darme cuenta.

—Sé que usted nunca me olvidará, Ronald.

(¿Cómo no me extrañó que conociese mi nombre y que se mostrara tan segura de su dominio sobre mi cerebro? Yo no era un periodista famoso fuera de los círculos profesionales de Londres, por lo que debió resultarme ilógico que aquella desconocida pudiese identificarme. Además, me había relacionado con cientos de mujeres... ¡Qué borracho me sentía de vanidad, qué ciego y qué torpe!)

—Tengo que irme, Ronald.
—¿Me permite que vuelva a acompañarla, Verónica? ¿Dónde reside usted? ¿Me autoriza a que vaya a buscarla a su domicilio? ¿Le parece bien mañana, a la hora del té?
—¡Cuántas preguntas a la vez, Ronald! Ya veo que es usted un amigo apasionado y muy cordial, lo que me agrada. Le ruego que tenga paciencia durante unas horas. La situación actual de mi familia me aconseja que no le dé mi domicilio, ni que le permita que me visite... Le recomiendo que no empiece a cavilar sobre mi suerte, pues le aseguro que ésta es pasajera. Dentro de dos noches, a esta misma hora, yo estaré aquí para ofrecerle todas las satisfacciones que merece la amistad que usted acaba de ofrecerme... Ahora le pido que no me siga. Me ocasionaría un gran disgusto si no me obedeciese. También le aconsejo que no cuente a nadie que nos hemos visto. Estas vivencias son sólo nuestras, de nadie más. ¡Gracias por su compañía y por su amistad, Ronald!

Se marchó de mí, y yo me quedé mirándola, aceptando el papel de un perro amaestrado a pesar de que toda mi voluntad me exigía ir tras de Ella. Luego, abandonado en aquella isla del jardín, me di cuenta de que estaba deseando que transcurriesen las cuarenta y ocho horas que iba a tener que esperar... ¿Qué tipo de satisfacciones me proporcionaría el reencuentro?

Estaba enamorado. Era como un colegial que pierde el sueño aguardando el encuentro con la amada. Después, no conseguí entretenerme con la lectura, ni con el tenis, y tampoco atendí las repetidas llamadas telefónicas que sonaron en mi habitación. Respecto a las comidas, creo que me limité a probar algunos platos. Porque mi hambre era otra: tan poderosa que anulaba a todas las demás. Llegó el momento de la cita. Me arreglé con el mayor esmero, me perfumé discretamente, elegí un bastón de nácar, que no necesitaba, pero que tenían la costumbre de llevar los elegantes londinenses. Aparecí en el jardín diez minutos antes. Por nada del mundo me hubiese retrasado. Procuré que nadie me viese, dado que a Verónica le gustaba tanto la soledad. Por eso me encontré junto al banco en el momento que era mayor la calma del aire y de la naturaleza. Sin dejar de fijarme en que el viento acababa de desaparecer, repentinamente, y que hacía calor. En la bóveda celeste la luna llena me miraba.

Formé una sonrisa idiota, eché un vistazo a mi reloj de cadena, que marcaba las diez y cuarto, y comencé un paseo cada vez más intranquilo. Pero en ningún momento me distancié más de veinte pies del banco. Un miedo a que Ella se hubiera olvidado de mí comenzó a perforarme el cerebro. Varias gotas de sudor se formaron sobre mi bigote y en mis pabellones nasales; mis manos no encontraron lugar en el que aquietarse, y el silencio me dañó los oídos de tanto esperar a que lo rompiese el sonido de unos pasos, que yo sería capaz de distinguir entre un millón.

Repentinamente, en una acción relampagueante, escuché un ruido anormal, me volví sobresaltado y algo me atrapó todo el cuerpo, después de superar el obstáculo de mi cabeza en movimiento. Una especie de lazo me rodeó por los brazos y por la cintura. Intenté luchar contra aquel ataque inesperado, pero mi enemigo era dueño de una fuerza descomunal. Me acababa de inmovilizar por completo, ya que hasta había tenido tiempo de atarme las piernas. Sintiéndome víctima de una situación incomprensible, quise gritar con todas mis fuerzas. Pero me enfrentaba a alguien que conocía su oficio. Presionó su manaza sobre mi boca, localizándola a pesar de que yo estaba cubierto con un saco y, a la vez que me impedía mover los labios, se cuidó de hacerme inhalar algún narcótico de efectos casi fulminantes. A los pocos segundos el cerebro se me llenó con el rostro de Verónica, precisamente en el momento que me decía: «...yo estaré aquí para ofrecerle todas las satisfacciones que merece la amistad que usted, acaba de ofrecerme»; seguidamente, la imagen comenzó a agigantarse y a dar vueltas como si estuviera en el centro de una espiral de curvas enloquecidas o de un torbellino de ondulaciones cargadas de agresividad; y la larga frase comenzó a acortarse hasta quedar sólo en la palabra «satisfacciones». Entonces, esta voz, irónica fue decreciendo, sin cesar de repetirse, hasta que dejé de oírla.

Es lo último que recuerdo antes de perder el sentido. Me desperté vomitando una papilla verde. El narcótico había sido éter. La certeza debió nacer de un rincón intacto de mi mente. Me sentía mareado, muy débil y en la boca mantenía una náusea, que era el reflejo del estado total de mi organismo. Cerré los ojos, sin darme cuenta de dónde estaba y de qué había sucedido. Ignoro el tiempo que permanecí entregado a aquel denso sopor, en cuyo interior comencé a vislumbrar retazos de la realidad circundante: un ventanal, en el que unas cortinas de seda eran mecidas por el aire; las llamitas oscilantes de un candelabro; el techo de la estancia, donde la imaginación de un pintor rococó parecía haber representado un aquelarre —no distinguía bien los personajes, pero el motivo principal lo formaba un riente diablo de impresionante aspecto—; supe que era de noche; y...

¡¡¡Ella estaba ante mí!!!

Vestía una túnica blanca, de seda transparente. Su desnudez era estatuaria, fríamente perfecta, excitable. Sus ojos y su boca poseían la fascinación de los misterios por los que todo ser humano entregaría la vida. El mensaje insondable, a la vez que retador, erizó cada vello de mi cuerpo, confirió claridad a mi mente, hizo que mis brazos temblasen y llevó a mis genitales las palpitaciones del deseo. Sin embargo, me fue imposible realizar movimiento alguno. Con los párpados abiertos exageradamente, las pupilas inmovilizadas y los iris convertidos en espejos llenos de su imagen, supe que yo era la sumisión y Ella la acción dominadora, mi dueña.

Se detuvo a mi lado. Su fascinación me deslumbraba sin forzarme a cerrar los ojos. Olía a unas flores que no supe identificar, pero que me embriagaban. Elevó su diestra, de dedos largos y blanquísimos, y movió ligeramente mi mentón hacia la derecha. La piel de mi cuello se entregó a vibrar en una irresistible llamada de deseo, como si adivinara antes que mi cerebro lo que iba a suceder. Con el rabillo del ojo contemplé cómo la boca de Verónica se abría voluptuosamente, cómo su lengua producía un chasquido de glotonería, y cómo aparecían sus caninos, afilados y sobresalientes cual dagas diminutas. Lentamente, en un proceso similar a la penetración masculina en el coito, sus armas incisivas se aproximaron a los puntos de perforación. ¡Sentí un dolor doble, agudo y muy breve, y en seguida Ella se entregó a sorber y a chupar, porque mi sangre manaba de las heridas como un manantial virgen que necesita abandonar el subsuelo!

A medida que Verónica se apoderaba de mi líquido vital, yo acusaba el enervamiento propio del acto sexual, porque todo mi sistema nervioso estaba gozando con la entrega. De pronto, me creció una tromba de fuego en las ingles, fruto de los pequeños eructos de satisfacción que mi dueña estaba soltando. Y eyaculé cuando volví a sentir la entrada de sus dientes en mi cuello.

Luego, en una entrega fuera de toda valoración humana, continué aceptando la transfusión que le estaba brindando a cambio de mi incontrolado placer carnal, siendo consciente de que ésas eran las «satisfacciones» que yo merecía. Unos segundos después de que Ella cesara de morder en mi cuello, abandonando la succión de mi sangre, recuerdo que volví a perder el conocimiento. Ahora me resulta imposible cuantificar los «orgasmos de sangre» que llegué a conquistar en aquel instante sublime.

(¿Bajo qué maldito influjo califico de sublime lo que fue una auténtica posesión satánica o vampírica? Ahora que confío al papel aquel instante, con la ilusa esperanza de impedir que otros sean reos de este maleficio, para mí ineludible, combaten en mi ánimo el insulto, la rabia y el odio al infernal verdugo con la necesidad de ser objetivo al narrar todo lo sucedido.

«Pero, ¿se encuentra a mi alcance la objetividad cuando sé que mi muerte es cuestión de unas horas o de unos minutos...? ¡Dios, Dios! Tengo que seguir, aunque sólo sea por solidaridad con todos los seres humanos...»).

Al día siguiente desperté sintiéndome presa de una mayor debilidad que la noche anterior. Pero las ideas y los temores eran nítidos: en un tropel llegaron a mi cerebro, y no me costó clasificarlos. Supe que había sido raptado por alguien que, después, me trajo a la casa de Verónica Aisworth. ¡Ella era una mujer vampiro!

Todo estaba muy claro: el encuentro misterioso, la fascinación esclavizadora, la petición de silencio, mi espera anhelante y la caza miserable de mi persona. Cada fase de esta trampa únicamente había perseguido mi desaparición, sin que nadie pudiera suponer cuál era mi actual paradero. «¡Pero yo conseguiré escapar de aquí!», me dije sobrevalorando mis propias fuerzas. Abandoné la cama con pasos vacilantes, me puse una bata que vi colocada en el respaldo de una silla, me calcé unas babuchas hindúes y me dirigí hasta una de las puertas. Abrí la que correspondía al cuarto de baño. Pensé que no me vendría mal darme un buen remojón, porque necesitaba eliminar, aunque sólo fuera en una mínima parte, el aturdimiento que me agobiaba. El agua fría me ayudó a reaccionar, a la vez que transmitía a mi ánimo una audacia que iba a precipitar el macabro y repulsivo desenlace de mi secuestro.

La otra parte del dormitorio se abría a un corredor alfombrado, al final del cual descendía una escalera con pasamanos del siglo XVI. Pero el edificio no parecía contar con más de cincuenta años. Me decidí a iniciar una exploración del lugar, siempre deseando encontrar un medio de evasión. En seguida abrí las fallebas de un ventanal de cristales pintados con motivos satánicos, y me tropecé con una reja formada con barrotes de acero de unas cinco pulgadas de diámetro. También encontré una especie de malla o mosquitero de bambú, o de un material similar, que servía para tamizar aún más la luz del día. «Los vampiros no resisten la claridad solar», recordé con una tenue sonrisa en mis labios y en mis ojos. «¿Significarán estas medidas que Verónica puede vivir a otras horas que no sean las nocturnas? Seguro que aquí no encontraré ajos; pero si me resultará sencillo realizar una tosca cruz defensiva...».

El simulacro de libertad que creía estar disfrutando era de estas estúpidas disquisiciones. Cerré el ventanal con decisión, me quedé mirando a una de las encendidas lámparas de gas, y seguí con mi ilusa acumulación mental de elementos defensivos. Seguidamente, descendí a la planta baja con paso más firme. Continuaba rodeándome una semipenumbra, a la que mis ojos se habían habituado, y las alfombras del suelo amortiguaban mis pasos. Repentinamente, escuché la introducción del Concierto en la mayor de Bach, y el corazón se me subió a la garganta: ¡era Joshua Bennington, mi amigo desaparecido, el que estaba tocando ese violín maravilloso! Corrí a la estancia de la que salía la melodía, ¡y le vi, en el fondo, con toda su concentración mayestática, logrando como siempre que el violín formase parte de su cuerpo!

Mis piernas se detuvieron, un ahogo de emoción me inundó la garganta imposibilitándome el habla, y las lágrimas acudieron a mis ojos... ¡Joshua, mi «hermano», estaba vivo! Sin embargo, cuando había conseguido que la emoción no me impidiera avanzar unos pies, la realidad me golpeó de lleno. Porque el espejismo acababa de ser destrozado igual que un cristal al recibir el brutal impacto de una pedrada... Entonces acusé la segunda evidencia del poderío sobrenatural de Verónica: ¡aquella figura no era real, sino un autómata de una gran perfección!

(Pienso que de no haber visto otros ingenios parecidos, ninguno de la calidad suprema de aquél, hubiese tardado más tiempo en descubrir la morbosa añagaza...)

Unos dedos de hielo presionaron mi corazón, me puse a balbucir frases incomprensibles, como de disculpa y desesperación, y me detuve ante el muñeco violinista. ¡Ni los más afamados museos de cera hubiesen conseguido un parecido tan exacto... tan real dentro de su irrealidad! Sólo fijándome detenidamente, advertí que el arco del violín y los dedos que presionaban las cuerdas no coincidían con las notas que se escuchaban. Además, el sonido, rico en un principio, iba perdiendo calidad debido a que el fonógrafo, oculto en alguna parte, ya no giraba a las mismas revoluciones. Todo mi cuerpo se hallaba bañado de sudor. Sin saber porqué lo hacia, levanté la mano derecha para tocar el rostro del autómata. ¡Estaba cubierto de piel humana auténtica, porque yo desconocía que se hubiera inventado una materia que la pudiera sustituir con tal perfección!

Por eso grité, vociferé y aullé, aplastado por el silencio en el instante que recuperé la lucidez, mental. Con aquella figura quieta ante mis ojos, cruelmente burlona al estarme mirando fijamente, me asaltó la realidad de mi absoluta indefensión. Pero las sorpresas no habían concluido: a mi derecha y a mi izquierda se encendieron dos puntos de luz, sin que yo advirtiese cómo se habían prendido las lámparas de gas, ¡y en unos pequeños escenarios aparecieron Frederick Schwartz, el abogado, y Charles Vuderhill, el novelista! Mi primera reacción fue la de quererme unir a cada uno de ellos en un abrazo emocionado... Me contuve a tiempo, porque sólo eran muñecos tan perfectos como el anterior. ¿Qué significaban estos tres hallazgos? ¿Debía suponer que mis amigos habían sido secuestrados, como yo, para entregarle su sangre y su vida a Verónica Aisworth, y luego servir al diabólico constructor de los autómatas? ¿Cómo valoraría esto: una demostración excepcional de fetichismo o el trofeo «casi real» que necesitaba la vanidad de una criatura satánica?

La tromba de preguntas me obligó a permanecer quieto durante unos instantes. Después eché a correr lejos de aquella habitación, impulsado por una cólera instintiva y con la razón desbocada por el pánico. Quería evadirme de aquella pesadilla. Pero, en la misma puerta, me tropecé con un gigante de más de ocho pies de estatura y ciento veinte libras de peso, de cráneo rapado, tuerto y con el rostro cruzado por unos costurones sanguinolentos. Las aspas descomunales de sus brazos y piernas me cerraron totalmente el paso.

—Acompáñeme al comedor, mister Frayser. La cena está servida y la Señora le espera —dijo con una voz gangosa—. No me gustaría romperle los huesos del cuello antes de tiempo...

Quise retroceder, y él me atenazó por el antebrazo derecho. Materialmente fui arrastrado por las gruesas alfombras que cubrían el suelo de tres habitaciones. Durante este forzado recorrido, comprendí que aquel energúmeno era el que me había raptado en el jardín del balneario. Y aprecié, al mismo tiempo, que sus manos poderosas se formaban con unos dedos excesivamente largos y sensitivos. Me recordaron a los de Joshua Bennington, aunque no había duda de que los superaba en longitud y en flexibilidad.

—Buenas noches, Ronald —me saludó Verónica desde la cabecera de una mesa de banquetes, en la que se habían colocado los cubiertos para un solo comensal—. Como no quiero infravalorar su inteligencia, he de suponer que ya se habrá hecho usted una idea del peligro al que se enfrenta, ¡y de las inmensas «satisfacciones» que va a proporcionarnos, a la vez, que nosotros le proporcionaremos a usted!

El coloso me sentó en una silla tapizada de rojo terciopelo, manejándome como si yo fuera un crío, y se quedó a mi lado, sin dejar de vigilarme con su único ojo. Tragué saliva, aunque era muy escasa la que quedaba en mi boca, y repliqué:

—¿Por qué nos ha elegido a los cuatro?
—Veo que su sagacidad es intuitiva, lo que admiro. También aplaudo que haya dado con su pregunta una gran importancia a la amistad. No esperaba menos de usted... Verá, procurando ser concisa, le diré que ha resultado muy fácil la selección, porque ustedes formaban el grupo de «calaveras» más popular de Londres.
—¿No me hará creer que una mujer como usted, una vampira, es enemiga de los machos seductores, como las sufragistas? —pregunté con una sorpresa acaso nacida de una lógica deformación profesional.
—¡No, ciertamente que no! Ustedes cuatro no son los «calaveras» enfermizos, más bien tísicos, que puede una encontrar en París, en Roma o en Baden Baden, sino jóvenes deportistas, llenos de vitalidad física y amorosa y poseedores de una sangre de primerísima clase... ¡Hace siglos que no sorbía una sangre igual, se lo aseguro!

Un velo de desesperación se formó ante mis ojos, y quise abandonar el asiento; pero el carcelero me lo impidió sujetándome por los hombros, para incrustarme materialmente en la tapicería de la silla.

—No maltrates «nuestra comida», querido Joseph —recomendó Ella haciendo gala de una cruel ironía—. ¿Por qué palidece usted, Ronald? Le advierto que el terror enriquece su fluido sanguíneo, yo diría que hasta lo oxigena... A pesar de que su mente no debe estar para muchas deducciones, supongo que no le habrá pasado por alto que he dicho «nuestra comida»... En efecto, Joseph, que es un fantástico constructor de ingenios mecánicos, también reúne la cualidad de ser un caníbal auténtico: un degustador del corazón, de los hígados y de todos los órganos internos del cuerpo humano. Pero no le atraen las primeras capas de piel, quizá porque éstas las necesita para conferir tanto «realismo» a sus autómatas. Le diré que él mismo diseca los cadáveres, y luego...

No pude escuchar más atrocidades.

Sin dejar de vomitar, me tapé los oídos con las dos manos, rabiosamente. De pronto, en un impulso de supervivencia, creí que contaba con una baza de salvación. Por eso cogí los cubiertos y formé una cruz, que intenté elevar frente a mi diabólica enemiga. Al instante recibí unos golpes brutales en las manos y en el cuerpo, que me hicieron rodar por los suelos. Quedé aturdido. La alfombra impidió que se me rompiera la cabeza. Aún no me explico cómo encontré fuerzas para echar a correr. Lo hice por los pasillos, habitaciones, escaleras, corredores y sótanos de la mansión. En todos los lugares me fue imposible vencer la resistencia de los barrotes y de las mallas de bambú, aunque siempre dispuse del tiempo suficiente para abrir las fallebas y las cerraduras. Sólo se me resistió la que correspondía a la puerta principal. Entregado a una creciente desesperación, con las pupilas casi fuera de las órbitas, ahogado por la fatiga y dominado por el terror, me adentré por el pasillo más tétrico.

Acaso creyendo que la oscuridad me podía brindar alguna posibilidad de salvación, o la oportunidad de disponer de unos minutos para razonar. Los suficientes para hallar una solución. ¡No, no! Sólo me impulsaba el instinto de supervivencia, los últimos testimonios de una voluntad que no quería entregarse a la muerte sin luchar. Repentinamente, encontré mi camino cerrado por una pared. No veía nada. Tanteando localicé la manija de una puerta, que cedió ante mi primera presión... Crujieron las bisagras con un sonido precursor de lo que me aguardaba, y una fetidez de sepulcros abiertos me golpeó de lleno. Retrocedí unos pasos, quizá intuyendo que iba a encontrarme con un nuevo peligro.

Pero, ¿podía ser mayor que ese otro que representaban Verónica, la vampira, y Joseph, el caníbal constructor de autómatas? Sin dudarlo ni un segundo más, rebasé el umbral apoyándome en las paredes. Seguía moviéndome en la más absoluta oscuridad, por lo que debía asegurarme del lugar donde pisaba. Llegué al final de un descansillo, y con la parte delantera de la babucha localicé el comienzo de una encharcada escalera de piedra. Mis dedos se aferraron a una gruesa maroma salitrosa, que tal vez fuera un pasamanos descendente. La tomé como referencia y asidero. Contando con esta débil seguridad física, comencé a descender escalón tras escalón, muy despacio. Cerca escuché el correteo de las ratas, y una cayó encima de mí, sobre mi hombro derecho... ¡A punto estuve de perder la sujeción por culpa del escalofrío de repugnancia que convulsionó todo mi cuerpo!

Pero conseguí recuperar el equilibrio, no queriendo caer rodando hacia el abismo de negrura, hedores y frialdades que se extendía delante de mí. Proseguí el lento descenso, notando que cada vez, se iba adueñando de mi cerebro una sensación de impotencia, de un cobarde fatalismo. De pronto, sin causarme asombro, ya que mis fuerzas y mi mente se hallaban sumidas en un letargo casi absoluto, se encendieron varias lámparas de gas en distintos puntos de las paredes.

(Algún oculto mecanismo debía haber producido las llamas, con el único fin de que aquel teatro de horror me fuese totalmente visible... ¡Porque se me reservaba el más envenenado de los encuentros!)

A pesar de la relativa claridad, ya que la luz, artificial no conseguía eliminar las penumbras en muchos de los extremos y recodos, me costó varios minutos hacerme una idea exacta de la estancia donde había entrado: un sótano-bodega en el que unas grandes cubas formaban un semicírculo alrededor de cuatro ataúdes. Uno de éstos, el que ocupaba el centro, descansaba sobre un pedestal de negro alabastro, su madera había sido barnizada con un rojo oscuro y se hallaba totalmente abierto, por lo que se veía el terciopelo brillante que recubría su interior. Además, la tierra del suelo se encontraba empapada de un líquido cenagoso, que servía de zona de correteo a cientos de enormes ratas.

Sin saber por qué lo hacía, ya que allí no había ninguna otra salida, continué descendiendo los últimos escalones. Sin dejar de sujetarme a la maroma verdosa cubierta de musgo. Mi voluntad era la de un hipnotizado que avanzaba, lentamente, hacia las fauces abiertas de un implacable depredador. ¡Súbitamente, antes de que me llegase sonido alguno, vi cómo se empezaban a desplazar las tapas de los otros tres ataúdes! Clavado en el suelo, con los dedos entumecidos y la voluntad rendida, asistí a un proceso alucinante: las maderas se estaban moviendo pausadamente, a la vez que surgían unas manos humanas desprovistas de piel, con los nervios, las venas y los tendones montando sobre los huesos. ¡Y largos momentos después, aparecieron unos cadáveres desnudos, a los que les faltaba toda la parte externa del cuerpo, lo que les hubiese podido individualizar o hacerles reconocibles!

Eran unos auténticos monstruos... ¡Qué se acercaban a mí, balanceantes, con los brazos extendidos y las bocas «siempre rientes» al faltarles los labios!

—¡Necesitamos tu sangre... Tu preciosa sangre... No puedes negárnosla, Ronald...!

Las exclamaciones susurrantes, desesperadas, unido a la circunstancia de que supieran mi nombre, me permitieron comprender que aquellos no muertos eran mis tres amigos... ¡Lo que quedaba de mis «hermanos» después de haber sido víctimas de Verónica, la vampira, y de Joseph, el caníbal!

¡No, no me unía ningún vínculo de afinidad, de fraternidad, con aquellos repugnantes cadáveres!
Por eso encontré las fuerzas suficientes para retroceder, necesitando escapar de aquel horror venenoso, que era mucho mayor que todos los anteriores que había sufrido en esta mansión infernal. Conseguí superar cuatro o cinco escalones, sin dejar de mirar a mis enemigos... Se hallaban tan cerca, que pude comprobar que estaban exangües, y que sus caninos eran afilados, tanto como los de Ella... ¡Se habían convertido en vampiros!

Esta terrible evidencia me obligó a olvidar mi propia seguridad. Por este motivo resbalé en la piedra empapada, con tal violencia que de nada me sirvió la sujeción que me proporcionaba la maroma posamanos de la escalera. ¡Y caído en el suelo, temblando de impotencia, contemplé cómo las bocas de los tres no muertos se abrían, horripilantes, buscando el bocado que suponía mi cuerpo aún repleto de líquido vital!

—Tu sangre es nuestra, Ronald... La necesitamos... —susurraron gangosamente, muy cerca de mi cuello.

Sus gargantas vomitaban la fetidez de un aliento corrompido y sus ojos, sin párpados, eran el reflejo de la más repelente de las hambres... Me tapé la cara con el brazo izquierdo, me arrastré por el suelo y conseguí balbucir:

—¡No, no... Por la memoria de nuestra amistad..., dejadme vivir...! ¡Volved a vuestros ataúdes... Os lo suplico...!
—Seguirás vivo, Ronald... ¡Nada más que nos tienes que dar un poco de tu sangre... tan preciosa para todos nosotros...!

No sé quién se adelantó a los demás, porque resultaba imposible reconocerlos. De lo que sí estoy seguro es de que su respiración llegó a abrasarme la piel, muy cerca de la carótida... ¡Iba a clavarme sus colmillos en los puntos de succión, en las mismas cárdenas heridas dejadas por Ella! De repente, igual que si se hubiera desatado un huracán de viento y chispas eléctricas, todos fuimos desplazados violentamente contra las paredes. Quedamos formando un círculo, en cuyo centro se alzó la figura de Verónica Aisworth.

—¡Fuera de aquí, gusanos! ¡Este hombre es mío, SOLO MÍO! —gritó con una voz tronante.

Los tres no muertos la obedecieron protestando rastreramente, en una demostración de sumisión infrahumana... ¡Y, en aquel instante, supe que ese era el destino que me esperaba si continuaba en la mansión! La amenaza me pareció tan abyecta y terrorífica que, haciendo el último acopio de fuerzas, conseguí escapar del sótano. Para correr sin ninguna dirección fija, forzando las manijas de las puertas, las fallebas de las ventanas y los cerrojos siguiendo una inercia de supervivencia. Finalmente, jadeante y sin fuerzas, vencido, quedé inmóvil en un rincón, sabiendo que Joseph, el caníbal que convertía la piel de los cadáveres humanos en la cubierta de sus autómatas, venía a por mí. Le vi aparecer sin dar muestras de cansancio, muy seguro. Me pegué a la pared, sabiendo que ya era totalmente imposible seguir resistiéndome.

Después, el coloso me sumió en la inconsciencia con un simple puñetazo. Volví a la realidad en varias etapas, debido a mi gran debilidad. Más tarde, cuando acababa de darme cuenta de que me habían devuelto al dormitorio, escuché unos gritos alucinantes. La idea de que allí se encontraba un compañero de sufrimientos impulsó mi curiosidad. Conseguí llegar a la puerta apoyándome en los muebles y en las paredes. Salí al corredor. Los gritos venían de una habitación cercana.

(En ningún momento pensé que podía tratarse de alguno de mis ex amigos. Porque cada uno de mis actos se hallaba fuera de todo autocontrol racional.)

No obstante, a medida que iba acercándome a aquel lugar, lo que me había parecido una protesta se fue convirtiendo en una demanda amorosa, en una súplica de mayores castigos. Así me encontré con un nuevo espectáculo dantesco: Verónica estaba azotando con un knut a Joseph, el cual ofrecía su desnudez, sus risas y sus lamentos a quien le estaba satisfaciendo sus placeres masoquistas. Encima debí reconocer que Ella se exhibía tan hermosa, tan «sublime», como en el momento que se acercaba a morder mi cuello rendido. Podía haber aprovechado la ocasión para repetir el intento de fuga; sin embargo, permanecí quieto, hasta que el coloso, cuyo rostro y cuerpo aparecían cruzados por infinidad de costurones sanguinolentos, me condujo a mi encierro.
¡Cómo se reía el maldito al comprobar mi mansedumbre!

Nada más que me volví a encontrar solo, comencé a reprocharme no haber peleado hasta la muerte. Mientras tanto, en el fondo de mi cerebro, algo me decía que mi sumisión era la del esclavo, porque mi único deseo era repetir las «satisfacciones», los orgasmos de sangre de la noche anterior..., ¡a pesar de que me esperase el destino de a mis tres «hermanos»!

No tenía hambre, a pesar de que llevaba cuarenta y ocho horas sin probar bocado. Pero la sed ardía en mi garganta. Bebí el contenido de un vaso, que estaba junto al candelabro; y, al momento, me desplomé fulminado por un narcótico. Y fui a despertar en el instante infernal que Ella se encontraba a mi lado: con sus sedas transparentes, su cuerpo perfecto totalmente expuesto a mis ojos y su boca abierta. La aparición de sus colmillos, afiladísimos, despertó mil vibraciones de pasión en la piel de mi cuello. Un conocido enervamiento se apoderó de mi cuerpo, para que se disparara la excitación orgásmica, más fuerte que la vez anterior. ¡Y cuando se efectuó la doble penetración, para que su garganta comenzase a succionar mi líquido vital, mi mente quiso hacerse una protesta; sin embargo, todo mi organismo se rendía, aceptando un destino que me iba a arrastrar más allá de la muerte. A la esclava existencia de los vampiros!

Las velas del candelabro se están consumiendo y casi no queda tinta. Debo terminar en este punto. Ya han transcurrido veinte horas desde que Ella me chupó la sangre por segunda vez. Sé que moriré cuando repita su festín y que, más tarde, convertirán mi cadáver en el alimento del caníbal que también utilizará mi piel para uno de sus autómatas... ¡Quedaré transformado en un monstruo vampirizado, como mis tres amigos!

«Pero, quizá, consiga alertar a alguien si enrollo cada una de estas cuartillas. Las haré pasar por los orificios de la malla que cubre una de las ventanas. Debo intentarlo. Aunque...

¿No me habrán dejado mis enemigos el material de escritorio para que crea en la ilusa posibilidad de escapar de esta tumba, de este lugar donde me ha traído la fascinación devoradora de una mujer vampiro?... ¡Ya siento su proximidad... Cómo la amo! ¡No, no...!

¡Ella volverá a morderme en el cuello, para succionar hasta la última gota de mi sangre, hasta darme muerte...! ¡Pero la tendré tan cerca, tan hermosa... Tan monstruosamente devoradora! ¡¡Cómo necesito los orgasmos de sangre que Ella me permite conquistar!!

miércoles, 13 de julio de 2011

CANCIÓN DE AMOR CADUCADA, DE MELENDI.

EL NÁUFRAGO, DE WILLIAM COWPER.

La noche más oscura envolvió el cielo,
Las olas Atlánticas rugieron,
Cuando un desgraciado como yo,
Fue arrojado precipitadamente por la borda,
De amigos, de esperanza, de todo privado,
Dejando su hogar flotante para siempre.

De ningún jefe más valiente podría jactarse Albión
Que aquel con quien fué,
Ni otro barco dejó la costa de Albión,
Con deseos más cálidos.
Él amó a los dos, pero a los dos en vano,
Ni él ni ella fueron vistos otra vez.

No yació mucho tiempo bajo la marea salitre,
Experto como era para nadar;
Ni pronto sintió que sus fuerzas menguaban,
O que el coraje se desvanecía;
Arremetió contra la muerte una lucha interminable,
Estimulado por una desesperación de vida.

Y gritó: sus amigos no habían errado
Al comprobar el curso de la embarcación,
Pero entonces la ráfaga furiosa prevaleció,
Por eso, una necesidad despiadada,
Olvidaron a su compañero perdido,
Deslizándose rígido contra el viento.

Algún socorro podían permitirse;
Tal como tormentas permiten,
El barril, el gancho, la cuerda puesta a flote,
Con retraso pero sin ceder.
Aunque él (ellos lo sabían), ni barco, ni orilla,
No importa cuántas sogas, volvería a ver.

Así, cruel como parece, podía él
Acelerar su propia condena,
Consciente que volar, en un mar como aquel,
Era lo único que podía salvarlo;
Pero más amargo era sentirse abandonado,
Con sus amigos tan cerca.

Durante mucho sobrevivió, eso es una hora
En el océano, aislado;
Y por largo tiempo, con incansable poder,
Fue rechazando su destino;
Alguna vez, cuando los minutos volaron,
Ensayó una súplica, un adiós.

Por fin, el pasado reciente volvió,
Sus camaradas, quienes antes
Habían oído su voz en cada ráfaga,
Ningún sonido podían apreciar.
Por entonces, abatido por el duro trabajo,
Bebió de la ola sofocante y se hundió.

Ningún poeta lloró él:
Pero una página sincera
Señala su nombre, su valor, su edad,
Húmeda por la lágrima de Anson.
Y lamentos de bardos o héroes
Que inmortalizan a los muertos.

Por lo tanto no es mi intención, o sueño,
Cantar sobre su destino,
Dar a esa textura de melancolía
Una fecha más duradera:
Pero la miseria todavía goza al trazar
Su semejanza en el destino de otros.

Ninguna voz divina alivió la tormenta,
Ningún haz propicio brilló en el cielo;
Cuando, arrebatados de toda ayuda,
Perecemos, cada uno en soledad:
Yo bajo un mar más áspero,
Soportando golfos aún más profundos

VENUS Y LA MUERTE, DE COVENTRY PATMORE.

En áureos grilletes yacían sus pies cautivos,
Dulcemente asoleados;
En aquella palma la amapola, el Sueño;
En ésta la manzana, la Dicha;
Contra el flanco suave de su Esposa y Madre,
Un pequeño Dios prosperó.
Y en ellos una Muerte En Vida asquerosamente respiró
Por un rostro que era una reja de dientes.
Levantaos, oh Ángeles, levantad sus párpados,
¡No sea que él los devore a los dos!

sábado, 9 de julio de 2011

UNA NUEVA VIDA. 14ª Parte: Annabella.



El asunto del Colegio y el Conservatorio de Música iba viento en popa, todo se estaba resolviendo muy bien, hicimos todos los arreglos pertinentes en la casa de Don Gabriel para adaptarla a nuestros fines. Tuvimos que comprar el mobiliario necesario: pupitres, pizarras, instrumentos musicales, camas para los dormitorios, todos los muebles que necesitábamos para el Colegio. Y después de unas cuantas semanas de duro trabajo todo estaba listo para la apertura. En una semana abriríamos las puertas del Nuevo Colegio y del Conservatorio de Música.
Hicimos correr la voz de la apertura del Colegio y del Conservatorio de Música, y al cabo de poco tiempo las solicitudes de admisión comenzaron a llegar, nos llegaron muchas solicitudes de los niños de la Villa para el colegio, hasta aquí todo normal. Pero para el Conservatorio de Música nos llegaron solicitudes de toda la Alpujarra, de toda Andalucia, y de toda España. Incluso nos llegaron solicitudes del extranjero, y una que me llamó mucho la atención, era la de una muchacha que me escribió desde Nápoles, en Italia, me decía que conocía mi fama como concertista de piano y quería estudiar en mi Conservatorio, quería estudiar con el mejor. Tanto me llamó la atención esa petición que la acepté de momento, pero lo más extraño de todo esto era que en ningún momento esta chica mencionó cual era su nombre.
Por supuesto que cuando todo esto ocurría no dejamos de lado nuestras tareas habituales, María seguía dando sus clases a Carlos y a los demás niños de la Hacienda, yo seguía con mis trabajos administrativos de la Hacienda, en los que Juan me ayudaba mucho, pues pronto le daría el relevo y tendría que hacerlo él solo. Y por supuesto seguía dándole las clases a Carlos, las clases de piano, de equitación y de esgrima. Carlos insistía en que también le enseñara el uso de armas de fuego, pero esa idea no me gustaba mucho, seguía pensando que era demasiado joven para usar armas de fuego, me asustaba que pudiera hacerse daño con ellas, aún tendría que esperar para aprender esas cosas.
Era sábado, un estupendo día de finales del verano, no era un día muy caluroso, a pesar de ser aún verano. El día transcurrió en completa tranquilidad y descanso, era lo propio pues para el lunes estaríamos muy ocupados, el lunes será la gran apertura.
Durante la tarde decidimos ir a merendar al río, para relajarnos y alejarnos de todo este ajetreo de los últimos días. Y después de disfrutar de una deliciosa merienda en compañía de mi hijo y de mis grandes amigos Juan y María, estaba con mi familia, una familia fuera de lo común, pero al fin y al cabo, mi familia, Carlos disfrutaba jugando en el río con los pies metidos en el agua, intentando atrapar a los peces con sus propias manos. María y Juan paseaban por la orilla del río a la sombra de la arboleda, disfrutando de una conversación que parecía muy amena, y de vez en cuando se les podía ver ndose un fugaz beso, un romántico paseo de enamorados. Me sentía muy contento viendo a los demás tan felices y disfrutando de un hermoso día en el río, por mi parte yo me aparte a la sombra de un gran álamo, y sentado a su pie apoyando mi espalda en su tronco, disfrutaba de la lectura de un libro, un libro de poesía.
Así transcurrió la tarde, disfrutando todos junto al río, disfrutando de tanta paz, en momentos como estos suelo acordarme de momentos del pasado, de aquellos momentos con Ella, de como jugábamos en el río cuando eramos niños, chapoteando en el agua, como hoy lo hace Carlos, y unos cuantos años después como solíamos ir a merendar y a pasear por la orilla del río, igual que ahora lo hacía Juan y María, y como olvidar aquel día que le pedí en matrimonio, pero en el que Ella me rechazó y ya sabemos todos por qué lo hizo.Normal que en estos momentos esté acordándome de Ella, pues mañana es un día muy especial.
Después de pasar toda la tarde en el río, volvimos a casa y al llevar la calesa a las cocheras, le ordené al mozo de cuadras que me ensillara a Lucero Negro para salir más tarde, tenía un asunto que resolver, un asunto privado y muy personal.
Tras la cena y después de pasar unos agradables momentos de charla con "mi familia", cuando todos ellos se retiraron a sus alcobas, recogí ciertos utensilios, que metí en las alforjas de mi caballo, monté en él y partí rumbo a la Villa. Era una hermosa noche de Luna Llena, esta noche la Luna brillaba con un tono rojizo, que le daba a la noche un toque de misterio, seguro que los ancianos supersticiosos dirían que es un mal augurio, pero a mí me parecía que la Luna estaba más hermosa que nunca.
Crucé el pueblo en completo silencio, nadie había en sus calles, ni siquiera se veían a los gatos y perros callejeros que siempre estaban rondando por las calles.
A los pocos minutos de cruzar el pueblo había llegado por fin a mi destino, me bajé de la montura, la até al picadero, y después de coger los objetos guardados en las alforjas, abrí la puerta del cementerio, que como siempre chirreaba haciendo un gran estruendo, y pasé adentro.
Me dirigí hacia la tumba de Ella, coloqué las cosas que llevaba sobre la tumba. Los objetos que coloqué sobre la tumba de Ella eran, una manta, dos rosas, una roja y una negra, una botella de vino blanco, y dos copas, y por supuesto un sacacorchos. Extendí la manta en el suelo junto  a la tumba y utilizando el sacacorchos, abrí la botella de vino y serví las dos copas de vino. Justamente en ese momento, en el reloj de la Iglesia del pueblo sonaban las doce campanadas que daba paso a un nuevo día. Levantando mi copa de vino, mirando hacia la tumba, dije:
- ¡Feliz Cumpleaños, Mi Amor!
- Ya veo, que os habéis acordado.- me dijo Ella que apareció tras de mí.
- Como podría olvidarme de vuestro cumpleaños.- le dije a la vez que me giré para poder verla, y le ofrecí una de las copas de vino blanco.
- ¡Gracias Amor mio! Tú siempre tan detallista.- dijo muy sonriente y se acercó para darme un beso.
- ¡Por tu cumpleaños!- dije levantando mi copa, para hacer un brindis.
- ¡Por nosotros!- replicó Ella, golpeando ligeramente mi copa con la suya.
Ambos bebimos unos sorbos de vino de nuestras copas, y Ella tras beber de su copa, me abrazó y volvió a besarme, mucho más apasionadamente de lo que lo hizo antes, y después nos a pusimos cómodos sobre la manta extendida en el suelo, más bien nos tumbamos, los dos en el suelo mientras seguíamos abrazados.
- ¡Gracias por todo, Mi Vida!- me agradeció Ella.- ¡Gracias por este detalle, y por no olvidarte de mi cumpleaños!
- ¡Ehh! Ya sabéis que tengo buena memoria, para las fechas de los cumpleaños.- le informé en tono algo burlón.
- Si ya, tenéis memoria de elefante.- comentó siendo Ella también algo burlona.
- Os he traído unas rosas.- le comenté.
- Ya las he visto.- me replicó, cogiéndolas y acercándoselas a su pequeña nariz para oler su delicado perfume.- me encantan las rosas, siempre me traéis rosas.
- La primera vez que estuve aquí, os traje una rosa negra y otra roja.- le comenté.- y siempre os traigo lo mismo. La rosa roja representa el amor que siento por vos y la rosa negra, esa rosa representa ese terrible dolor que sentí al conocer la noticia de vuestra muerte.
- ¡Un momento!, no os pongáis triste.- me dijo Ella mientras me regalaba una sonrisa y me acariciaba la mejilla.- ahora estoy aquí con vos, siempre estaré con vos.
- Si eso es algo que ya sé.- le repliqué algo apenado.
- ¿Pero?- me preguntó clavando su mirada en mis ojos.
- Pero me gustaría que estuviéseis viva.- le dije.- Para poder despertaros todos los días con un beso y llevaros el desayuno a la cama, para daros las buenas noches con otro beso cada noche, para sentir la suavidad de vuestra piel y el perfume de vuestros cabellos mientras dormimos en nuestro lecho, para regalaros flores todos los días para celebrar un día más con vos, para tocar todos los días el piano mientras vos tocáis el arpa, para poder abrazaros y consolaros cuando estéis triste y apenada, para cuidar de vos cuando os sintáis enferma, para sentir vuestra lida mano sobre mi frente cuando yo esté enfermo, para miraros a los ojos y deciros "Os Amo" tan solo con la mirada miles de veces al día, para escuchar vuestras risas siempre que os riáis de mis chistes, para poder ver todos los atardeceres con vos a mi lado, para estrecharos contra mi pecho y que podáis oír los latidos de mi corazón, oír como con cada latido de mi corazón os digo: "Os Amo, Os Amo, Os amo,..."
- Lo lamento mucho, que no podamos hacer esas cosas.- me dijo Ella.
- No lo lamentéis.- le dije mientras le sonreía.- Cierto es que me gustaría hacer todas esa cosas, pero estoy contento de teneros así.
- A veces pienso que es mejor que me olvidéis.- me dijo Ella.- y que busquéis a una mujer para vivir esas experiencias.
- Nada de eso.- le repliqué mirándole a los ojos muy serio.- Todas esas experiencias solo quisiera vivirlas con vos, con nadie más, solamente con vos, nadie podría ocupar vuestro lugar.
- Es por todas estas cosas que os amo tanto.- me dijo Ella, mientras apoyaba su cabeza sobre mi pecho.- Es cierto, puedo escucharlo.
-¿Qué es lo que estáis escuchando?- le pregunté.
- Vuestros latidos.- me respondió.- realmente dice: "Os Amo, Os Amo", en cada latido, se escucha "Os Amo".
- Recordad siempre que ese corazón late por vos.- le declaré.- Solamente por vos, y que os pertenece por completo.
- Eso es algo que nunca podré olvidar. De igual modo, mi corazón os pertenece a vos.- me dijo Ella antes de volver a besarme.
- ¿Sabeis? Mañana será la apertura de la Escuela y del Conservatorio de Música.- le informé.
- Mañana es el gran día.- comentó Ella.- Seguro que todo será perfecto.
- Eso espero.- le repliqué.- Hemos trabajado mucho en ello.
- Todo ese trabajo se verá recompensado.- afirmó Ella.- ya lo veréis, tened confianza en ello.
- Lo cierto es que me siento muy nervioso con todo esto.- le conté.- ¿Y si todo es un fracaso?
- No fracasareis.- me animó.- Nunca habéis fracasado en nada, y no lo haréis ahora.
- Gracias por vuestro voto de confianza.- le agradecí.
- Siempre confiaré en vos.- me dijo.
- Y yo siempre os estaré agradecido por ello.- le repliqué.
Ella volvió a besarme de nuevo y permanecimos abrazados, tumbados sobre la manta durante mucho tiempo, totalmente en silencio mientras contemplábamos la Luna Llena y ese bello cielo tan lleno de estrellas brillando en el firmamento.
No sé cuanto tiempo estuvimos así, en silencio y abrazados, solamente sé que el sueño y el cansancio lograron vencerme, y al final me quedé dormido, dormido pero abrazado a Ella.
A la mañana siguiente me desperté en el cementerio junto a la tumba de Ella, hacia como un par de horas que ya había amanecido, pero al estar a la sombra de un ciprés, el sol no me molestó en absoluto. Me desperté totalmente descansado y feliz, muy feliz, pero algo me llamó la atención, estaba cubierto por una manta, que no era la mía, era una manta desconocida para mí, y además sobre la tumba de Ella había flores frescas, además de mis dos rosas, había otro ramillete de flores, un ramillete de rosas blancas, a Ella le gustaban mucho las rosas, sin importarle cual fuese su color. Estaba claro que alguien había visitado la tumba de Ella muy temprano, alguien que había depositado esas flores sobre la tumba y que me había abrigado a mí con esa manta mientras dormía.
En primer lugar llegué a pensar en la familia de Ella, pero hacía algo más de un año que sus Padres se habían marchado fuera de España, así que eso lo hacía imposible. En segundo lugar pensé que podía ser cualquiera de la Villa, cualquier amigo que se acercó a visitar la tumba de Ella en esta mañana, en este pequeño pueblo todo el mundo conoce a todo el mundo, y mucha gente quería a Ella. ¿Quien podría haber estado por aquí mientras yo dormía? El número de sospechosos era demasiado elevado.
Dejé de pensar en este hecho y me levanté del suelo, recogí las dos mantas, la botella vacía de vino y las copas. Por unos minutos me quedé mirando la tumba de Ella, le dije:
- ¡Buenos días, mi Amor!
- ¡Buenos días, Cariño!- me respondió Ella.
- ¿Podéis decidme quien ha estado por aquí en esta mañana?- le pregunté.
- ¡No, no, no!- me respondió moviendo su dedo índice en señal de negación.- Eso es un secreto.
- Sois mala, pero que muy mala.- le dije mientras le sonreía.
- Si, ya lo sé.- presumió y acto seguido me sacó la lengua para burlarse de mí.
- Además de mala sois muy graciosa.- le dije en tono burlón.
- Y también soy muy perversa.- añadió en un tono algo tétrico.
- Jajaja...- me reí.- Creo que ya va siendo hora de regresar a casa, deben de estar preocupados por mí en la casa.
- Si, seguramente, se preocupan por vos porque os quieren.- afirmó Ella.- ¡Gracias por una velada tan maravillosa!
- ¡A sido todo un placer, y un honor!- le agradecí mientras le hacia una reverencia y le sonreía.
- Marchaos ya, no seáis necio.- se burló Ella de mí.
Yo me despedí lanzándole un beso y me encaminé hacia la salida del cementerio, donde me esperaba mi montura, guardé todo lo que llevaba en las alforjas de Lucero Negro, monté sobre su lomo y nos pusimos en camino hacia la Hacienda. A estas horas había mucha gente por las calles, y por donde pasaba todo el mundo me saludaba y me daban los buenos días, y yo hacía lo propio con todos ellos. El pueblo parecía tan vivo ahora, todo lo contrario que durante la noche anterior, que parecía un pueblo fantasma, sin un alma por las calles.
No tardé más de media hora en llegar a la casa, dejé a mi caballo en las cuadras, y entré en casa. En el salón-comedor me encontré a Carlos, a Juan y a María, que estaban tomando el desayuno, y como me esperaba Carlos y María parecían preocupados, Juan por el contrario parecía más tranquilo, él me conoce desde hace muchos años y seguramente le sería fácil imaginarse donde he pasado la noche.
- ¡Buenos días!- me saludó Juan tranquilamente.- Por favor, sentaos y tomaos el desayuno.
- ¡Gracias, Juan!- le agradecí.- estoy hambriento.
- ¡Padre!, ¿Donde estabais?- me preguntó Carlos.- Casi os perdéis el desayuno.
- Os vi salir en la noche a caballo.- me informó María.- Y estábamos preocupados, al saber que no habéis pasado la noche en casa.
- ¡Tranquilos!- les dije para calmarlos un poco.- Estuve en el cementerio.
- ¿En el cementerio de noche?- preguntó María muy alterada.
- Pues si, es un lugar muy tranquilo en la noche.- bromeé intentando tranquilizarlos.- Los vecinos no hacen nada de ruido.
- ¡Dejad de bromear!- gritó María muy enfadada.- Estábamos preocupados por vos.
- Pero María.- le recriminó Juan, muy sorprendido.
- Tranquilo Juan.- le interrumpí.- María tiene razón.
- ¡Lo siento!- se disculpó María.- Creo que me he extralimitado.
- No la culpa es mía, quizás debí haberos avisado.- me lamenté.- Hoy es el cumpleaños de Ella, y quise ser el primero en darle mis felicitaciones. Y al final me quedé dormido y acabé durmiendo en el cementerio junto a su tumba, cuando me desperté me volví hacia la casa.
- Me suponía que era algo de eso.- comentó Juan.
- ¡Oh! Ha sido..., ha sido un bonito gesto por vuestra parte.- exclamó María.
- Muy cierto.- comentó Carlos.
- Gracias amigos.- les agradecí.- La próxima vez que haga algo así, os lo avisaré antes.
- Sí, será lo mejor, así no nos preocuparemos tanto por vos.- apuntó María algo burlona.- Antes me he pasado un poco con mi preocupación.
- No tenéis que disculparos.- le dije.- Vuestra preocupación demuestra el cariño que me tenéis.
- Exactamente.- me confirmó María, que se acercó a mi y me dio un abrazo, acto seguido se separó un poco de mí y me dio un ligero coscorrón en la cabeza.- Así que no volváis a preocuparnos más.
- Si mama, no lo volveré a hacer nunca más.- le dije en tono burlón, juntando mis manos pidiéndole perdón.
Después de esta actuación mía todos nos reímos mucho. Es algo formidable sentirse querido y esa preocupación de mis amigos por mí, demuestra claramente lo mucho que me quieren. Es por esta causa que a estos amigos mios los considero como de la familia.
Después de todo esto, desayuné tranquilamente acompañado por los que considero mi familia, mientras seguíamos charlando y bromeando por todo lo ocurrido con anterioridad. Cuando terminé mi desayuno, decidimos ir a la antigua casa de Don Gabriel, para dejar todo listo para la gran apertura del día de mañana. También habíamos citado para este día a todos los trabajadores que trabajarían en el Colegio y en el Conservatorio, no solamente a los profesores sino también a los trabajadores de la casa, criados, mayordomos, cocineros, y todo el personal de servicio.
Al llegar a la Hacienda de Don Gabriel todo el mundo estaba esperando, así que los reuní a todos y les conté cual era los objetivos que perseguíamos. No solo era enseñar a los chavales, sino también educarlos, inculcándole unos buenos valores y prepararlos para el mañana, para que sean capaces de conseguir todos sus sueños, y ayudarles a que sean capaces de lograrlo. Esta reunión también sirvió para que se presentasen entre ellos y que se fuesen conociendo todos los empleados. Una vez acabada la reunión, los nuevos profesores inspeccionaron las instalaciones donde el día de mañana tendrían que dar sus clases, y como algunos de ellos venían de lejos también inspeccionaron sus recámaras, ya que se alojarían en el mismo edificio.
Después de todo esto nos reunimos en el comedor para almorzar y conocernos mejor. Todos, absolutamente todos comimos juntos, sin importar las funciones que íbamos a desempeñar, quería conseguir una hermandad entre todos, como si todos fuésemos una gran familia.
María estuvo hablando durante mucho tiempo con los profesores del Colegio, ya que ella sería su Directora, yo por mi parte hice lo propio con los profesores de música, todos parecían ser muy buenos profesores y se les veía con muchas ganas de empezar a trabajar.  A Juan se le veía como a un pez fuera del agua, lo cierto es que no se le veía muy cómodo, pero en ningún momento se separó de María, y Carlos estaba de un lado para otro conociendo a todo el mundo, aunque se le veía un poco aburrido, supongo que estar rodeado solamente por adultos, no es algo muy divertido para un chico.
Tras un par de horas de charla unos con otros la gente se fue retirando, algunos se retiraron a descansar un poco, otros se fueron a pasear por las instalaciones, entre ellos Juan y María, mientras Carlos y yo nos fuimos a la sala de música, bueno, a una de las salas de música, ya que había varias, fuimos a la más grande donde había un gran piano de cola y un gran arpa.
- ¿Qué hacemos aquí, Padre?- me preguntó Carlos.
- Hemos de afinar el piano, para dejarlo listo para mañana.- le respondí.- y a la vez podemos aprovechar para dar una clase.
- Esta bien, la verdad, es que me estaba aburriendo mucho antes.- me informó Carlos.
- Ya me había fijado.- le dije mientras tocaba las teclas una a una, y afinaba las notas una a una.- ¿te has aburrido mucho, no es cierto?
- Si, como una ostra, algunos adultos no son nada divertidos.- me respondió conforme caminaba acercándose al arpa.- ¿Y esto que es?
- Eso es un arpa.- le respondí.- Es otro instrumento musical.
- Nunca había visto antes algo así.- me dijo mientras tocaba sus cuerdas.- No suena muy bien.
- Jajaja..., También hay que afinar el arpa.- le dije.- verás como luego suena mejor.
Una vez que terminé de afinar el piano, me encaminé hacia el arpa, y fui ajustando sus llaves hasta que el sonido fue el deseado. Cuando terminé de afinarlo intenté tocar algunas notas del arpa, bajo la atenta mirada de Carlos.
- Mejor lo dejáis.- comentó Carlos, mientras se reía y se tapaba la boca con las manos.
- ¿Como?- pregunté intrigado arqueando las cejas.
- No tocáis muy bien.- me respondió, aún riéndose.- mejor os dedicáis al piano.
- ¿Tan mal lo hago?- pregunté mientras miraba el arpa, recordando la veces que he visto a Ella tocar un arpa.
- Pues, lo cierto es que lo hacéis fatal.- me contestó.
- Es verdad, es que el arpa no es lo mio.- le dije.
- ¡Padre! Os veo algo triste.- observó Carlos.- ¿Os ha molestado mis comentarios?
- ¡No, Hijo Mio!- le dije.- Solamente estaba recordando cosas del pasado.
- ¿Cosas tristes?- me preguntó algo preocupado.
- No, en realidad cosas felices.- le respondí a Carlos.- pero son cosas que hecho de menos.
- ¿Es sobre Ella?- preguntó Carlos.
- Pues si.- le contesté, esa pregunta me sorprendió mucho, pero aún así le respondí.- Hace muchos años Ella y yo solíamos tocar juntos, Ella tocaba el arpa y yo hacía lo propio con el piano. Y eso era algo que nos hacía muy felices a ambos, nos gustaba tanto tocar juntos.
- He escuchado muchas historias de Ella y de vos.- me dijo Carlos.- ¿Por qué no me contáis más cosas de vuestro pasado con Ella?
No sé cual fue la causa, quizás fue nostalgia al ver el arpa y acordarme de Ella, pero le conté a Carlos muchas cosas de mi pasado con Ella. Le conté como nos conocimos, como jugábamos juntos cuando eramos críos, de como con el paso del tiempo esa amistad se fue transformando en cariño, y el cariño en amor. Le conté como me declaré a Ella y le pedí en matrimonio, como Ella me rechazó, y a causa de eso yo me marché lejos, muy lejos huyendo de esa tristeza que me estaba destruyendo. Como viajé por el mundo tocando el piano, y sobretodo de como me enteré que una terrible enfermedad estaba acabando con la vida de Ella y regrese corriendo a su lado, pero que cuando llegué ya era demasiado tarde, pues Ella ya había muerto.
Carlos escuchó mi relato en silencio, sin comentar nada, y al final de éste algunas lágrimas rodaron por sus mejillas.
- Es una historia muy triste.- me comentó Carlos.
- Todo lo contrario.- le dije.- Fui muy feliz junto a Ella.
- Pero Ella murió.- me reprochó.
- Pero mientras la recuerde, Ella seguirá viva en mi corazón.- le informé.
- ¡Padre! Después de escuchar esa historia, no tengo muchas ganas de dar clase de piano.- me pidió Carlos.
- Esta bien, Carlos, como queráis.- le concedí.
- Pues yo, entonces me voy.- me dijo.
- Yo me quedo un momento más aquí.- le dije a Carlos.
Carlos se marchó y me dejó solo en la sala, yo me senté al piano y poco a poco empecé a acariciar las teclas del piano y a tocar una delicada melodía. Mientras tocaba el piano, el arpa comenzó a sonar y al alzar la vista pude comprobar que Ella estaba sentada al arpa, tocándola. Yo le sonreí, y Ella me devolvió la sonrisa, y sin decir ni una sola palabra, ambos seguimos tocando nuestros instrumentos musicales, de la misma manera que lo hacíamos cuando Ella aún vivía. Ambos interpretábamos esta melodía sin dejar de mirarnos a los ojos y sin dejar de sonreirnos. Ella parecía muy feliz, y yo realmente si que era feliz, me sentía el hombre más feliz del mundo, volviendo a tener juntos a Ella y a la música.
Estuvimos tocando juntos durante horas, hasta la puesta de Sol. Juntos y abrazados, junto a la gran ventana de la sala, vimos la puesta de Sol, los dos mirando como se escondía el Sol, y sin decir ni una palabra, pues no era necesario, Ella sabía lo que yo sentía, y yo sabía de igual modo lo que Ella sentía. Mirábamos al Sol como intentando atrapar la última pizca de calor del día, y justo en el momento que el último rayo de Sol dejó de brillar, Ella se esfumó de entre mis brazos, pero no sentía pena ni tristeza, como en otras ocasiones, me sentía pletórico y feliz, me sentía completamente lleno de felicidad.
Después de esta experiencia volví a casa, donde me estaban esperando para cenar mi Hijo, Juan y María. La cena transcurrió muy silenciosa se notaba que todos estábamos algo nerviosos por lo de mañana, excepto por alguna que otra mirada de complicidad entre Juan y María, lo que me divertía mucho, se notaba que ambos se querían mucho.
Tras la cena todos se retiraron a sus alcobas a descansar, pero yo no tenía sueño así que salí al jardín, para tomar el aire fresco de la noche, con un vaso de limonada fresquita y tomé asiento para poder contemplar ese cielo tan estrellado, la luna llena brillaba esta noche, y parecía que esta noche las estrellas tenían mucho más brillo. Tomé un par de sorbos de mi limonada, mientras miraba las estrellas, cuando alguien habló a mis espaldas.
- Ya veo que vos tampoco podéis dormir.- me dijo una voz.
- ¡Buenas noches, María!- le saludé.- Los nervios me consumen, y creo que no podré pegar ojo en toda la noche.
- Pues para conciliar el sueño, nada mejor que un vaso de leche calentita.- me aconsejó a la vez que me mostraba un vaso de leche que llevaba en su mano.- Esta noche también me cuesta dormir.
- ¿También estáis nerviosa?- pregunté a María.
- Me temo que sí.- me contestó mientras tomaba asiento junto a mí.
- ¡Uff!- suspiré mirando el estrellado cielo.
María bebió leche de su vaso y miró hacia el cielo, los dos estuvimos durante unos cuantos minutos en silencio, mirando la Vía Láctea, solamente se escuchaba el canto de los grillos.
- El cielo esta muy bello esta noche.- comentó María rompiendo el silencio.
- Realmente esta precioso, hacía mucho tiempo que no veía brillar las estrellas de esta manera.- respondí a su comentario.
- Creo que ya es hora de retirarse a descansar.- dijo María levantándose de su asiento.
- ¡Que descanséis, y tengáis dulces sueño!- le deseé a María.
- ¡Buenas noches!.- me deseó María.- No tardéis mucho en iros a la cama.
María se retiró y yo permanecí allí, sentado en el jardín durante más tiempo, no sé cuanto tiempo estuve allí, hasta que por fin me retiré a mi alcoba para descansar. Me metí en la cama pero aún no podía dormir, solo pensaba en lo que nos esperaba a la mañana siguiente, tanto y tanto le daba vueltas a la cabeza que al final caí agotado y me quedé dormido.
A la mañana siguiente se me pegaron las sábanas, me desperté algo tarde, así que me vestí muy rápido y bajé al salón-comedor para desayunar, y allí me encontré con Juan, éste me informó que tanto Carlos como María, ya habían desayunado y habían salido hacia el colegio, querían llegar pronto para recibir a los estudiantes y poder darles la bienvenida.
¡Por Dios! Que vergüenza, que desastre. Quedarme dormido precisamente hoy, justo hoy que es la gran apertura. Que van a pensar de mí los profesores y los alumnos. Rápidamente tomé algo para desayunar y salí disparado de la casa para dirigirme al Colegio y al Conservatorio de Música.
Cuando llegué allí, pude observar a mucha gente, los alumnos y sus familias estaban recorriendo las instalaciones y observándolo todo con lupa, tanto los alumnos como sus parientes parecían estar satisfechos. Al ser hoy el primer día, era un día de convivencia, para que todos se adaptaran a las aulas y a las instalaciones.
Al entrar todo eran saludos y dar la bienvenida a todo el mundo, algunos eran conocidos, pero la gran mayoría eran desconocidos para mí, perdí la cuenta de la cantidad de personas a las que saludé y de los apretones de manos que dí. Al final logré encontrar a María que estaba haciendo de anfitriona, y parecía muy calmada, yo ya estaba de los nervios al ver a tanta gente por todos lados.
- ¡Buenos días, María!- le deseé.
- ¡Buenos días!- me devolvió el saludo, mientras me sonreía pícaramente.- ¿Habéis dormido bien?
- Estupendamente.- le contesté sonriente.- Lamento haber llegado tan tarde.
- No os preocupéis.- me dijo.- Es que Carlos y yo hemos venido muy pronto.
- Muchas gracias, María.- le agradecí.
- ¿Gracias, pero por qué?- preguntó muy sorprendida.
- Por estar aquí, por ayudarme tanto con todo esto, gracias por ser como sois.- le dije haciéndole una reverencia.
- De nada, pero no es para tanto.- me dijo regalándome una de sus sonrisas y dándome un leve golpe con su codo en mi hombro.
- Si que lo es, vuestra ayuda significa mucho para mí.- le volví a agradecer.
- Pues sí, ¿verdad? Si no fuese por mí, no sé que haríais, jajajaja.- me dijo María en tono burlón mientras se reía.
- Por cierto, ¿donde está Carlos?- le pregunté, ya que no lo había visto aún.
- Creo que está en alguna de las salas de música.- me contestó.
- En ese caso voy a ver si lo encuentro.- le dije.- Después nos vemos, María.
- Hasta luego, yo seguiré recibiendo a nuestros visitantes.- me informó María.
Me encaminé hacia las salas de música y al llegar pude escuchar como alguien estaba tocando el piano, pero a la vez también había alguien tocando el arpa. Al entrar en la sala de donde salía esa música pude comprobar que era Carlos quien tocaba el piano, y quien tocaba el arpa era una jovencita de cabellos largos muy negros, más o menos de la misma edad que Carlos, no podía ver su rostro pues estaba dándome la espalda, así que me quedé allí, en la entrada, escuchando como tocaban, y lo hacía realmente muy bien, lo cierto, es que me hizo recordar las veces que Ella y yo solíamos tocar.
Cuando terminaron de tocar ambos se percataron de mi presencia y se pusieron en pie y se acercaron a mí. Cuando vi su rostro, no podía creerlo, esa preciosa cara tan blanca, ese pelo largo negro como el azabache, y esos preciosos ojos verdes como esmeraldas. ¿Era cierto lo que estaba viendo, o mis ojos me estaban engañando? Parecía increíble, ese parecido era tan exacto.
- ¡Buenos días, Padre!- me saludó Carlos.- Os presento a....
- ¡¡Ella!!- dije interrumpiendo a Carlos y acercándome a ellos.
- Annabella.- dijo una voz a mi espalda.
Una voz que ya conocía, aunque hacía mucho tiempo que no la escuchaba. Ni siquiera me había percatado de que había alguien más en la sala, una persona a la que no había visto al entrar.
- ¡¡¿Annabella?!!- pregunté incrédulo, sin dejar de mirar a la muchacha.
- ¡Chicos!, pueden salir un momento y dejarnos solos, por favor.- pidió esa voz de la persona que estaba detrás de mí.
Los chicos salieron de la sala mirándome muy extrañados, y pasaron por mi lado sin decir ni una palabra.
- ¡¡Annabella!!- volví a repetir.
- Así es.- me dijo esa persona.- Hola, Querido, ¿como estas?
- Mi Señora.- le saludé girándome y haciéndole una reverencia.- Estoy muy sorprendido, su parecido es asombroso.
- Se parece tanto a mi difunta hija, ¿verdad?- afirmó.
- Es idéntica a Ella cuando tenía su edad.- le dije.- son como dos gotas de aguas.
- Annabella es mi nieta.- me informó.- y es idéntica a su tía.
- ¿Vuestra nieta?, ¿Es la hija de vuestro hijo?- le pregunté.
- Sí, es la hija de mi hijo Alberto.- me respondió la Madre de Ella.- ¿os acordáis de él?
- Claro que lo recuerdo, recuerdo que se casó hace muchos años y se marchó a Italia.- recordé.
- Sí, Alberto vive en Nápoles, desde que se casó.- me informó.
- ¿En Nápoles?, eso quiere decir que...- comencé a decir.
- Annabella os escribió, quería estudiar aquí.- me interrumpió.
- ¿Por qué no me dijo quien era?- le pregunté.
- No quería que la aceptarais solo por ser la nieta de una conocida vuestra.- me dijo la Madre de Ella.- No le gusta los favoritismos, es una chica muy orgullosa.
- Sí, al igual que lo era Ella.- le dije.- Por cierto, creo que tengo algo que os pertenece. Una manta.
- No os quise despertar cuando os encontré en el cementerio.- me dijo.- Me alegró mucho veros allí, cuando fui a dejar unas rosas blancas sobre su tumba y ver que no habéis olvidado su cumpleaños.
- Como podría olvidarme de esa fecha tan importante, no la olvidaría aun pasando mil años.- le dije.- TODAVÍA LA AMO.
- Pero, Ella esta muerta,....- dijo.
- AÚN ASÍ, LA AMARÉ SIEMPRE, POR TODA LA ETERNIDAD.- le dije a la Madre de Ella.